La Cosa se complica

Nos agarró la hepatitis

Nota completa publicada por Genoveva Artcaute y Jorge Goyeneche en la revista Humor.
Familia numerosa viose afectada por enfermedad apestosa. Mermaron las existencias de pan francés y mermelada. Aumentó la secreción de bilis, por motivos diversos (el principal, la histeria). Los chicos quedaron bien. La madre está a punto de ser tratada por seis psiquiatras.

 

En una familia numerosa la organización lo es todo. “La Organización vence al tiempo”, como dice Pa, puteando porque a Ma, en un tan desesperado como inútil intento ordenador, se le escapaba, irremediablemente, el tiempo.

Pero hay siniestras ocasiones en que todo se va al diablo por más prusiano que se quiera ser (que nunca es mucho). Ejemplo: la huelga docente, que en el caso de esta familia involucró y enfrentó a todos. ¡Qué divertido! Padres-docentes contra hijos-alumnos que extrañaban a sus compañeritos. Hermanos-halcones (línea dura) contra hemanos-sarmientitos-pollerudos. Pa-docente furioso contra  docente-carnero-apostólico. Ma-ma contra Ma-profe. Y así hasta el hartazgo de treinta y siete días extra de vernos las caras.

Este relato se los debemos para la próxima huelga. Lo que ahora viene trata de otro siniestro caos que asoló nuestro hogar y nos rompió estrepitosamente la férrea, rigurosa e inquebrantable organización familiar.

 

ANTE CUALQUIER DUDA

Por supuesto que semejante calamidad lo toma a uno siempre por sorpresa. Todo empieza con uno de los chicos descompuesto. De inmediato se inicia el interrogatorio.

-¿Qué porquería (o “qué mierda” según el día, la hora o la sensación térmica) comiste?

-… (como está caído no contesta “lo que vos me diste”)

-¿Turrón?

-Negativo.

-¿Chocolate berreta?

-Negativo.

-¿Mantequilla de cacahuete?

-Negativo.

-¿Garrapiñada?

-Afirmativo, me convidó el forro de Hernán.

-¡Ahhh!

Pa apaga los reflectores, envía al reo a la cama y despliega su estrategia: dieta rigurosa. Té, té y más té. Después afloja: agua con limón y azúcar, bizcocho de enfermo y como intento de soborno calificado, un litro entero de “Arriba el 7” para él solo, criaturita ‘e Dio.

Pero el virus no se rinde. Después de varios días y sin que las velas prendidas a Socolinsky dieran resultado Ma grita “¡Eureka!” desde el baño. El niño contempla lo que ha hecho: pis de color oscuro, mientras los hermanitos asombrados imitan a Ma en ejercer ilegalmente el diagnóstico.

-¿Ves? ¡Es la garrapiñada!

-Ahora que la largaste te vas a curar…

-Lo que pasa es que se te había quedado trabada.

 

PIS OSCURO, AGUACERO SEGURO

A prepararse. El médico, diplomado y todo –realmente una garantía- decreta reposo absoluto. Dieta espartana.

En la puerta del colegio Pa se entera de que van apareciendo más casos, que el agua contaminada del tanque, que en el último picnic al Zoológico todos compartieron botellas y vasos, inclusive la jirafa y un tero, que siendo nuestros niños bastante garroneros hay que esperar…

Y, sí, todo llega. El milagro se va repitiendo…. Uno a uno van haciendo pis color garrapiñada, por extraña solidaridad fraternal.

La casa se convierte en un ghetto evitado por amigos y parientes (no todo es negativo), salvo excepcionales abuelas sin duda –o aparentemente- heroicas, que se niegan sin embargo a tomar mate con sus hijos. Al fin, una viejas cagonas.

El dormitorio de los chicos es el ghetto del ghetto. Allí sólo entra Ma, que ya está jugada, protegida por un vaho a lavandina que, paradójicamente, apesta. Lleva y trae todo lo que pueda mantenerlos quietos, entretenidos, de buen humor, insoportables y que además, sea apropiado para usar en la cama: libritos, revistitas, historietas. Un día se hartan. Porque aclaremos que la hepatitis benigna, del tipo A, postra al enfermo, todo lo más, una semanita; el resto de la recuperación,-30, 40 días- se siente lo más bien, demasiado bien, insufriblemente bien. ¡Carambajo!

Pa intercede, Ma afloja: les trae tijeritas, plasticola, papelitos de colores, engrudo, punzón. Pero también se hartan de los pegotes, y ahí llega la abuela con rollos de plastilina para todos. Concurso de figuritas: por supuesto ganan todos (para no deprimirlos).

Ma tuesta un kilogramo de pan y lo unta con un frasco de mermelada. A los quince días hace arcadas al pasar por la panadería. Esa es la merienda y el  desayuno ha sido similar. Pero se banca. Salvo cuando vienen del laboratorio a extraerles sangre. La hematóloga llega por el aire, montada en una escoba y al grito de “¡Cacle, cacle!” nos mira con asco y desenfunda agujas y frasquitos. Ma se deprime pero disimula y organiza una viril competencia: el que no llora, gana. Por supuesto  pierden los cuatro. Pa empata.

Pero el análisis de sangre tiene su lado bueno. Se puede organizar una lotería de enzimas cotejando los valores de las transaminasas y las sales biliares. Aquí es imposible que empaten, pero todos van en saludable declinación hacia cifras normales.

 

ÜLTIMOS DÍAS DE LOS VICTIMARIOS

A los veinticinco días de “reposo” pueden, según el tordo, sentarse en la cama. Efectivamente, lo hacen. Pero esta tolerancia da paso a excesos. Para eso querían la democracia. Los cuatro chicos están, para qué exagerar, en el dormitorio luciendo estruendosos pijamas y arribas de las camas. Los amiguitos del colegio que se van reintegrando a la vida normal vienen de visita. Ellos también están arriba de las camas, alternativamente, saltando de una a otra, intentando embocar la pelota de básquet en el aro pertinente, o tapando con las palmas el remate de vóley de nuestro equipo. Todo esto mientras mascan, propios y extraños, los ahora dos kilogramos de pan en tostadas enmermelando el planeta Tierra.

Pa, que ha venido cediendo terreno demagógicamente, se resiste a colocarles la red a los arquitos.

Ma, salvadora de la Patria, decide desviarles las energías hacia juegos más tranquilos, que, de paso, demanden menos combustible (tostadas). Fortalece su ataque con narraciones extraordinarias de recaídas fatales.

 

CARTÓN LLENO, ¡CHINGÜINA!

Ma arguye que tres partidas de ajedrez simultáneo seguidas –doce en total- es demasiado para sus neuronas. Martín no se resigna:

-¿Y si jugamos a la generala?

-Es demasiado también. Siempre pierdo.

Además se han perdido dos dados en las profundidades de los colchones.

-¿Al estanciero? Sugiere Luis

-No lo soporto

-¡Entonces que venga Pa! Clama la masa.

-¡Eso! –dice Ma- que venga Pa (jeje)

Pa está en el baño, precisamente, contemplando el inodoro; y como si tampoco soportara El Estanciero, pega un aullido terrible.

Y Pa viene, achuchado, corre un poco a los chicos, se acuesta entre bolitas de platilina, dados y palitos chinos y se queda ahí setenta y dos heroicos días de hepatitis B, que pueden resumirse así:

°Pérdida del concurso viril “a ver quién no llora cuando le sacan sangre”.

°Lectura de unos 150 libros.

°Repaso del curso intesivo de alemán que realizó cuando tenía veinte años.

°Pedido a Ma para que le haga al médico una pregunta.

°Relectura del canto XVIII de la Ilíada en griego y las Bucólicas en latín.

°Relevamiento y comentario crítico de la programación completa de TV y radio. Incluído “Mundo Panaderil”

°Rechazo absoluto de entretenimiento  a base de plasticola, plastilina y tijerita.

°Insistencia a Ma para que le pregunte al médico eso.

°Firma de autorizaciones para cobro de sueldos, boletas de extracción de cuenta de ahorros y de reconocimientos médicos, para uso de licencia.

°Sugerencias varias a Ma acerca de cómo preguntar eso delante de los chicos.

°Sollozo contenido cada vez que uno de sus hijos abandona el lecho para reintegrarse a sus respectivos programas dejándolo cada vez más solo.

°Pedido de plastilina para modelar. Acá Ma corre al médico, le hace la famosa pregunta y los últimos veinte días se pasan mucho mejor.

Y así estamos, matándonos de risa de todos los flojones que cayeron bajo la epidemia de gripe que dicen que anda por ahí. A nosotros ni nos tocó.

Y, claro, son las ventajas de una organización familiar que tiene todo previsto…

Qué pretende usted de mí (Historias de canibalismo)

Qué pretende usted de mí (Historias de canibalismo)
Historias para leer y descubrir

Canibalismo stalinista  - Nazino - Mayo de 1933 del libro 
El Plan Grandioso

En vísperas del Día del Trabajador de 1933, Vladimir Novozhilov, un soldador condecorado por la Unión Soviética, se disponía a ir al cine con su mujer. Mientras ella se vestía, él bajó a comprar cigarrillos y fue sorprendido por una redada policial.

La policía de Moscú, que tenía órdenes de limpiar la ciudad de elementos indeseables, le pidió los documentos. Novozhilov se palpó los bolsillos de la chaqueta y los pantalones; en vano intentó una justificación.

Dos días más tarde, Novozhilov viajaba en un tren rumbo a un campo de trabajo en Siberia junto a otros cuatro mil detenidos, en su mayoría carteristas, vagabundos, campesinos hambrientos y gitanos sin papeles, pero también presos peligrosos y trabajadores condecorados como él. Su destino final era Nazino, una pequeña isla en el corazón de la taiga siberiana que pasó a la historia como La Isla de los Caníbales por lo que iba a ocurrir allí.

Encubierto por las autoridades soviéticas durante más de cincuenta años, el episodio de Nazino fue producto de un plan que la policía secreta le propuso a Stalin a comienzos de la década del treinta para reubicar a miles de personas en territorios de Siberia y Kazajistán. La Unión Sovietica se encontraba embarcada por entonces en un ambicioso proceso de industrialización y empezaba a hacerse evidente que parte de su pueblo no encajaba en él.

La construcción de la infraestructura necesaria para convertirse en una potencia industrial le requería una cantidad inusitada de trabajadores y recursos económicos, gran parte de los cuales se extraían del sector rural. Como resultado de esa política, las poblaciones agrícolas habían quedado desguarnecidas y tras una serie de malas cosechas comenzaron a sufrir la escasez de alimentos. La hambruna produjo entonces uno de los mayores éxodos de la historia rusa. Entre 1930 y 1931, diez millones de campesinos del norte del Cáucaso y Ucrania emigraron hacia las grandes ciudades abastecidas por el régimen como Leningrado, Kiev, Odessa y Moscú.

Semejante éxodo interno puso en peligro al complejo sistema de abastecimiento estatal basado en cartillas de racionamiento. Fue entonces que Stalin comenzó a introducir una nueva teoría en sus discursos: el socialismo había logrado imponerse y eliminar a las clases explotadoras, pero los detractores de la revolución no habían desaparecido sino sólo cambiado de rostro. En lo sucesivo, aquellos campesinos desahuciados que llegaban a las grandes ciudades escapando del hambre serían considerados la encarnación misma de la amenaza contrarevolucionaria.

Para combatir aquella amenaza y limpiar las ciudades de “elementos socialmente extraños”, las autoridades impusieron, entre otras medidas, la posesión de un pasaporte interno. Sólo las personas con trabajo y domicilio registrado en las grandes ciudades tendrían derecho a él. Aquellos a los que les era denegado deberían regresar a sus lugares de origen dentro de los diez días siguientes o correr el riesgo de ser detenidos por la policía.

Si bien la gran mayoría de los solicitantes rechazados se resignaba a volver a sus pueblos, cientos de ellos, sabiendo que jamás conseguirían el pasaporte, optaban por esconderse en la ciudad. Así surgió una milicia especial que se dedicaba a perseguir a estos individuos desclasados que conspiraban por su mera existencia contra la revolución.

Quienes eran detenidos por carecer de pasaporte debían enfrentar una suerte de juicio sumario que tenía lugar sin su presencia y que finalizaba generalmente con su deportación dos días después. En pocos meses llegaron a ser decenas de miles las personas condenadas a correr esa suerte. Fue entonces que el jefe de la policía secreta, Genrikh Yagoda, y el director de la GULAG, Matvei Berman, le propusieron a Stalin una solución.

Su plan, al que ellos mismos habían bautizado como el “Plan Grandioso”, proponía aprovechar aquel capital humano remanente para volver productivas vastas regiones del territorio ruso que, aunque muy ricas en recursos naturales, permanecían hasta entonces deshabitadas por tener un clima demasido hostil. Gracias al sistema de campos de trabajo se esperaba que aquellos colonos a la fuerza desbrozaran la taiga, abrieran caminos y construyeran pueblos; o al menos murieran en su intento.

Aunque se dice que Stalin habría rechazado la propuesta en mayo de 1933, para entonces un contingente de seis mil personas detenidas en Moscú en vísperas del Día del Trabajador se encontraba ya camino a Siberia. Entre aquellos deportados iba el pobre soldador Vladimir Novozhilov, de quien no sabremos nada más.

El “Plan Grandioso” no era precisamente innovador. Tres años antes, dos millones de trabajadores agrícolas opositores al régimen habían sido enviados a trabajar a asentamientos especiales en Sibería y Kazajistán. Pero esta vez los recursos de los que se disponía para sostener la experiencia eran ínfimos. El traslado en tren hasta el campo de trabajo de Tomsk, a una semana de viaje desde Moscú, resultaba para los deportados apenas el preludio de una pesadilla aun mayor: hacinados en los vagones debían sobrevivir con una ración diaria de 300 gramos de pan que muchos de ellos no llegaban siquiera a comer.

Y es que para cubrir un número mínimo de detenciones, los funcionarios policiales no habían vacilado en detener a cualquiera que no acreditara pasaporte. Así, los contingentes de detenidos resultaban de lo más variados: en ellos convivían niñas de doce años con delincuentes peligrosos. De modo que frente a la escasez de alimentos, la ley del más fuerte se hizo valer.

Al arribar a Tomsk, en el corazón de Siberia, el estado de muchos de los detenidos ya era desesperante. Pero aunque demacrados y enfermos, las autoridades del campo sintieron temor al verlos bajar de los vagones del tren. Nunca hasta entonces habían tenido que lidiar con deportados urbanos y presentían su volatilidad.

Su instinto de carceleros no estaba en un error. La escasez de alimento en el campo de trabajo hizo que a la segunda noche estallara entre los deportados un furioso motín. Los guardias dispararon contra los que pretendían escapar y aunque lograron controlar el estallido al cabo de algunas horas, el clima de tensión no despareció. Era necesario descomprimir cuanto antes la situación trasladando a los elementos problemáticos a campos de destino definitivo.

Las autoridades de Tomsk enviaron entonces un telegrama a la comandatura de Alexandro Vakhovskaya para avisarle que habían resuelto adelantar el envío de prisioneros. No podían esperar hasta finales de junio a que terminara el deshielo de los ríos, tenían que preparse para recibirlos ya. Más de cuatro mil deportados con “problemas disciplinarios” fueron apiñados en barcazas para su traslado hacia el campo de trabajo del norte. El problema era que no había ningún campo de trabajo allí.

Como declaró Dimitri Tsepkov, el responsable de la comandatura ante una comisión creada para investigar lo ocurrido, los prisioneros “no debían llegar hasta finales de junio. El deshielo acababa de empezar y no teníamos nada preparado. No había dónde alojarlos, dónde hacer pan, dónde ponerlos a trabajar. En el comité todos estuvimos de acuerdo en un punto: no podíamos desembarcarlos cerca de un pueblo. Si lo hacíamos, esos bandidos lo habrían destruído a fuego y sangre. Habrían robado, saqueado y masacrado a toda su población”.

Tras reunirse a analizar opciones, el comité de Alexandro Vakhovskaya resolvió que el mejor lugar para instalar a los desplazados era la isla de Nazino, a unos setenta kilómetros aguas arriba en mitad del río Or. Se trataba de un islote de monte virgen de unos  600 metros de ancho por 3 kilómetros de extensión, donde no había más que álamos y pantanos.

El mediodía del 18 de mayo, cuatro barcazas repletas comenzaron a desembarcar prisioneros en Nazino. Eran tantos que a los guardias les llevó todo aquel día contarlos: había entre ellos 332 mujeres, 4.556 hombres y 27 cadáveres. Se trataba apenas de una parte de los que habían muerto durante el viaje; los cuerpos de otros tantos fueron simplemente tirados por la borda antes de llegar.

Para entonces los desplazados se hallaban ya en un estado calamitoso. Muchos de ellos ni siquiera podían mantenerse en pie. Además de encontrarse desnutridos, habían llegado a la Siberia profunda con su ropa de ciudad, demasiado liviana para protegerlos del frío. Tampoco tenían mantas, herramientas ni ningún otro objeto que les permitiera sobrevivir. “¡Suéltenlos y dejen que pasten!”, habría ordenado el comandante Tsepkov a los guardias al desembarcar en la isla, según señala una versión.

Al quinto día de su arribo, cuando los más débiles comenzaban a morir, fueron descargadas en la playa veinte toneladas de harina. Enloquecidos por el hambre, los prisioneros se abalanzaron sobre ella en una estampida humana, intentando juntarla con las manos. Como no había dónde hacer pan, simplemente la mezclaban con el agua del río y comían aquel engrudo con desesperación, lo que produjo un brote de disentería que mató a decenas de ellos.

Al comprender que en esas condiciones no sobrevivirían demasiado, algunos de los prisioneros se tiraban al río abrazados a troncos intentando huir. Pero los pocos que lograban esquivar los disparos de los guardias sin ahogarse descubrían en la otra orilla que no había a dónde ir. “Nos preguntaban: ´¿dónde está la vía del tren?´. Nunca habíamos visto una. Nos preguntaban: ´¿Para dónde queda Moscú? ¿Para dónde Leningrado?´. Preguntaban a las personas incorrectas: nunca habíamos oído hablar de esos lugares”, relató un campesino ostiaco años después.

Cuando días más tarde arribó a la isla un nuevo contingente de 1.500 prisioneros, los oficiales sanitarios ya habían advertido pruebas de canibalismo. Pero a esa altura, los sobrevivientes no sólo se alimentaban de cadáveres sino que habían comenzado a asesinarse entre ellos para comer. En la realidad demencial que vivían una expresión se había vuelto común: “ordeñar a la vaca”.

Las “vacas” eran los desprevenidos a quienes los prisioneros invitaban a sumarse a sus intentos de fuga para comérselos en el camino. Llegado el momento, sus propios compañeros se abalanzaban sobre ellos para asesinarlos y devorar su carne cruda. En plena huida no podían darse el lujo de encender fuego sin correr el riesgo de delatarles a los guardias su posición.

Pero no eran sólo los desprevenidos los que corrían esa suerte: también las mujeres, los débiles y cualquiera que no se pudiera defender. “Las personas se mataban unas o otras”, atestiguó una sobreviviente al relatar el caso de una joven cortejada por uno de los guardias: apenas este se fue, “la gente agarró a la muchacha, la ataron a un álamo y empezaron a cortarle los pechos, los muslos y todo lo que podían comerse mientras ella aún estaba viva”.

La isla se había vuelto una carnicería donde todos eran predadores y presas a la vez. Al llegar el verano los pantanos estaban regados de cadáveres y podían verse trozos de carne humana envueltos en trapos colgando de los árboles por todos lados. El horror y la voracidad convivían en la mirada de los prisioneros que habían logrado sobrevivir.

A pesar de que hubo una investigación posterior, nunca llegó a saberse cuántas personas fueron devoradas en la isla y cuántas alcanzaron a escapar. Un informe enviado a Stalin señala que al 20 de agosto sólo quedaban unos 2.200 deportados de los más de 6.700 que se envió a Tomsk. Por lo ocurrido en Nazino, las autoridades de la comandatura fueron condenadas ellas mismas a un campo de trabajo y se construyó un nuevo asentamiento para alojar a los sobrevivientes, pero a ninguno de ellos se le permitió jamás volver a su hogar.

 

 

 

Canibalismo al paso La Plata - Enero de 1963

Mi cuñado, el miserable inmundo
Aunque por entonces tenía ya 32 años, Andrés Suculea seguía siendo para todos un muchacho, o al menos eso es lo que sugieren las crónicas policiales que sacudieron a los vecinos de La Plata a comienzos del verano de 1963: un muchacho sensible, acaso algo tarambana y poco afecto al trabajo.

Nunca había necesitado tampoco ganarse el pan. Único hijo varón de un próspero comerciante de la ciudad, al quedar huérfano había recibido junto a sus dos hermanas una herencia que le permitía llevar una vida sin lujos pero con comodidad. Y así se había dedicado a hacerlo hasta que la llegada de un extraño personaje a la familia le puso punto final a sus años de paz.

“Temo que pierda la tranquilidad en mi casa. Mi cuñado, el miserable inmundo, pretende hacer de las suyas”, escribe Andrés en su diario íntimo a principios de 1958; y un año más tarde confirmando sus temores agrega: “Cuando pienso que estuvo la felicidad en mis manos, me dan ganas de morir”.

El miserable inmundo era Juan Harjalich, un griego aventurero que se había casado con su hermana Elefteria pese a las recomendaciones de Andrés que no veía con buenos ojos aquella unión.Y es que más allá de que tal vez le molestara la idea de dejar de ser el único hombre de la familia, lo cierto es que el candidato no resultaba tampoco muy prometedor.

Harjalich había llegado a Argentina apenas dos años antes huyendo de Grecia. Según le contaba a todo el mundo —y no hay motivo para no creerle— había tenido que dejar su patria al terminar la Segunda Guerra Mundial por culpa de los comunistas que lo acusaban de traidor. Perseguido o no, se había embarcado junto a otros emigrantes que huían por aquellos años de una Europa empobrecida y al llegar a Buenos Aires había estado viviendo durante un tiempo en la casa de un tal Nicolás Gatanás.

Su plan original no era radicarse, sino reunir dinero suficiente para continuar viaje a Estados Unidos. Y así lo hizo, aunque nunca llegó. Tras una escala en Chile le escribió a Gatanás desde Venezuela comunicándole su intención de regresar y pidiéndole que lo vinculara con alguna muchacha argentina para sentar cabeza. No está claro cómo conoció a Eleftería Suculea, pero en 1950 se casó con ella como quien dice hasta acá llegué.

Ahora miembro de la famillia Suculea por vía del matrimonio, Harjalich se instaló a vivir con ellos en La Plata, donde puso una fonda frente a la Estación a la que llamó El Partenón. Quienes llegaron a conocerla la recuerdan como un boliche de mala muerte que servía ginebra y comida al paso a los habitués del barrio: burreros, vendedores ambulantes, carteristas y trabajadores desprevenidos que bajaban del tren. En la puerta, un buzón colorado servía de parada a un proxeneta rengo que solía regentear mujeres en esa zona de la ciudad.

De la mañana a la noche entre el horno y el mostrador, el aspecto de Harjalich no sería tan alineado como el que puede apreciarse en su prontuario policial. Tenía además fama de tacaño. Los clientes de El Partenón eran a menudo testigos de las ásperas discusiones que solía mantener justamente por temas de dinero con su cuñado.

Ese era el hombre que una tarde de enero de 1963 llegó sin previo aviso a la casa de Juan Giorgia, otro griego de 69 años que vivía en El Dique. En medio del sopor del verano había viajado hasta allí en micro cargando una pesada valija y un colchón que le pidió a su compadre que le guardara hasta esa noche sin explicarle más.          

Tal como había dicho, Juan Harjalich volvió por la noche a la casa de su compadre y le explicó la situación: el imberbe de su cuñado se había pegado un tiro esa mañana y para ahorrarle el dolor a la familia él mismo había resuelto hacerlo desaparecer. De hecho en la valija estaba lo que quedaba de Andrés, le confesó a Giorgia pidiéndole ayuda para deshacerse de él.

Horrorizado por la macabra revelación, el hombre se negó a ser cómplice y lo echó de su casa. Harjalich cargó la valija y el colchón y se fue. Pero un rato más tarde volvió para exigirle a Giorgia a punta de pistola que guardara silencio: ya había hecho él solo todo lo que era necesario hacer.

Acaso arrepentido de su actitud, Harjalich apareció de nuevo a la mañana siguiente ante la puerta de Giorgia. Esta vez le traía de regalo ropa usada, posiblemente del difunto. También había llevado algo de comida que cocinó para ambos y devoró solo ante la negativa de su compadre a comer con él. Al marcharse, el dueño de casa corrió a la comisaría a hacer la denuncia.

Horas más tarde, la policía allanaba la casa y el boliche del griego mientras iniciaba un rastrillaje en un bañado próximo a lo de Giorgia. Allí, dispersos entre los pastizales, se hallaron fragmentos de huesos quemados difíciles de identificar. Apenas un pedazo de maxilar con un diente tallado les permitió a los investigadores establecer con certeza que se trataba de Andrés.

El griego se mostró firme a lo largo del interrogatorio policial. Repitió imperturbable la historia que le había contado a Giorgia y sólo pareció quebrarse al recordar la trágica decisión de su cuñado. Entonces se llevaba las manos a la cabeza y adoptando una actitud de profundo dolor decía: “Por favor no me hablen, no me haben… pobrecito Andrés”.

Según declaró aquella madrugada ante la policía, él simplemente había oído una detonación en la pieza de su cuñado y al entrar lo había encontrado muerto de un disparo en la cabeza. Por eso no estaba intentando encubrir nada cuando resolvió hacer desaparecer el cuerpo, sino ahorrarle a la familia el dolor de enterarse de lo que verdaderamente había ocurrido.

Aunque había sido en aquel momento que tomó la decisión de deshacerse del muerto, no lo hizo de inmediato. Se había comprometido a ir a almorzar con su mujer y su sobrina en casa de unos amigos donde ambas se encontraban de visita. Así que dejó todo como estaba, almorzó con ellas sin dejar traslucir su conmoción y al terminar la comida volvió para ocuparse de descuartizar el cuerpo de Andrés.

Los investigadores no le creyeron ni una palabra de sus piadosas intenciones. Y es que si bien no habían podido encontrar más que unos trozos de huesos, tenían en su poder un revólver 38 que comprometía a Harjalich. No había sido difícil la pericia: el arma poseía un sello identificatorio de la Policía Bonaerense y el agente que figuraba como su titular confesó habérsela vendido al dueño de El Partenón.

Pese a las evidencias en su contra, Harjalich nunca reconoció que lo había matado él. Fue detenido y un juez ordenó enviarlo a la cárcel de Olmos, en las afueras de La Plata, donde se dice que falleció dos años después.

Con todo, el caso sólo quedó resuelto a medias: nunca pudo saberse muy bien qué fue del cuerpo de Andrés. Y es que aun cuando el propio Harjalich aseguró haberlo tirado en la cloaca central, muchos clientes de la fonda recordaban que el griego tacaño había estado extrañamente generoso por aquellos días, vendiendo muy baratas sus empanadas de carne e incluso regalándolas.

El novelista Gabriel Báñez, quien por entonces cursaba el secundario en el Colegio Nacional no muy lejos de ahí, decía haber sido uno de los que comió aquellas empanadas de El Partenón. Siempre que alguien le preguntaba qué gusto tenían, entrecerraba los ojos como buscando en la memoria la palabra exacta para definir esa experiencia irrepetible y decía que “a pollo”, “una especie de pollo más bien dulzón”.

 

"Canibalismo por soledad". Rotemburgo - Marzo de 2001

Todos los meses te invitamos a descubrir las historias del libro Qué pretende usted de mí (historias de canibalismo) de Nicolás Maldonado. Una serie de relatos verídicos que recorren distintos tiempos y lugares del planeta. Comenzamos con una historia que te va a conmover.

Canibalismo por soledad
Rotemburgo - Marzo de 2001

Querido Frank

A mediados del año 2000, un técnico informático de Rotemburgo puso un extraño aviso en internet. Decía: “Se busca a hombre joven y robusto, de entre 18 y 30 años, que quiera ser devorado”. Aunque pueda parecer una broma, se trataba sin embargo de la manifestación de un deseo tan íntimo y persistente que a Armin Meiwes le había llevado treinta años de su vida llegar a expresarlo.

Con todo, nadie que conociera a Meiwes lo hubiera tomado en serio. A sus 39 años pintaba como un solterón pulcro y apocado de pueblo. Había cuidado solo de su madre enferma hasta que esta murió de un infarto un año antes; se mostraba siempre dispuesto a ayudar a los vecinos y, fuera de su trabajo —en un centro informático de Kassel— no parecía tener otra ocupación que salir de vez en cuando con amigos a navegar.

Por las noches y en la soledad de su casa se permitía no obstante dar rienda suelta a un costado inconfesable de sí. Luego de la muerte de su madre había empezado a incursionar en el submundo de internet y aunque aquellos foros sobre canibalismo que frecuentaba le parecían puras fantasías, había descubierto con sorpresa el enorme caudal de inquietudes que confluían allí: había anuncios de hombres que deseaban ser comidos y los había también de quienes buscaban a alguien para comer. Qué clase de persona se ofrecería en sacrificio para ser devorada, Meiwes no llegaba a imaginarlo, pero aun así contestó varios de aquellos avisos.

En el transcurso de las semanas siguientes comenzó a citarse con desconocidos en habitaciones de hotel. El primero fue un cocinero que le propuso practicar una especie de juego de roles en el que Meiwes simulaba matarlo y se lo comía. Luego apareció un hombre que se excitaba cuando le colocaban los nombres de cortes de carne sobre las respectivas partes de su cuerpo. Hubos otros que le pedían que los asara como un pollo o los golpeara con un martillo, pero llegado el momento ninguno estaba dispuesto a hacer realidad su fantasía. Ninguno hasta que apareció Brandes.

Armin Meiwes y Bernd Brandes tenían mucho en común. Además de ser homosexuales, tener edades parecidas y la misma ocupación (Brandes era ingeniero informático) ambos habían vivido una infancia signada por el abandono y la soledad.

En el caso de Meiwes, su padre abandonó el hogar llevándose a sus hermanastros cuando él tenía 8 años. Hijo único, quedó sólo a cargo de su mamá, una mujer dominante que ya por los 50 y con tres matrimonios fallidos resolvió no volver a casarse. En su lugar se recluyó en la finca de verano de la familia, un antiguo caserón de Rotemburgo, y a falta de dinero para afrontar las necesidades más inmediatas buscó consuelo en un mundo irreal: se vestía con trajes medievales, se manejaba como la señora de la mansión y se dedicó a decorar cada una de sus treinta y seis habitaciones con la idea de llenarlas de invitados pese a que nadie iba a visitarlos jamás.

En la lúgubre soledad de aquella casona rural, también el pequeño Armin construyó un mundo ficticio a su alrededor. Su fantasía era un hermano imaginario, alguien que estuviera siempre a su lado para compartir el enorme peso del amor por su mamá. “Los chicos eran personas a las que siempre encontraba atractivas e imaginaba como mis hermanos. Quería sentirme vinculado a ellos, que fueran parte de mí. Más tarde pensé que para que realmente fueran parte de mí me los iba a tener que comer”, confesó Meiwes años después.

Aunque en su adolescencia se relacionó con chicas y chicos, nunca pudo desprenderse de aquella pulsión por devorar al otro para sentirse unido a alguien más. Y sólo al llegar a la edad adulta logró refrenarla un poco cuando ingresó al ejército con la idea de hacer una carrera como militar. Lejos de su madre, expuesto a una disciplina intensa y abrigado por la hermandad del cuartel, durante los doce años que estuvo allí sus fantasías quedaron relegadas.

Tan cambiado se sentía Meiwes durante los años en el ejército que incluso pensó en casarse. Por medio de una agencia matrimonial conoció a una mujer llamada Petra y mantuvo con ella una relación sentimental. Pero quizás no estuviera demasiado convencido o quizás no soportó la idea de que su madre no terminara de aprobarla, el hecho es que al romper la pareja, Meiwes se dijo que aquello era suficiente para él y se prometió no volver a intentarlo jamás. Poco tiempo después dejó el ejército y volvió a Rotemburgo a ocuparse de su madre.

Los últimos años con ella no fueron fáciles. Un accidente doméstico la había dejado semi postrada y le demandaba a su hijo constante atención. Armin no terminaba de llevarle un té o una aspirina a la cama que la mujer se ponía a chillar y a dar golpes con las muletas en el piso exigiéndole alguna cosa más. Así cada cinco minutos, durante todo el día. Luego de tres años de cuidados, su muerte, aunque dolorosa, fue para él una liberación.

Ahora solo en el mundo, Armin se dio cuenta de que nada lo frenaba para intentar lo que siempre había fantaseado. Y entonces apareció aquel ingeniero informático de Berlín que se ofrecía como su cena. Tras chatear durante meses y acordar cada detalle como un ritual donde nada podía ser librado al azar, resolvieron finalmente encontrarse. Un viernes por la mañana, Brandes tomó un tren con destino a Kassel y dos horas más tarde Meiwes lo recogía con su auto en la estación.

Brandes no se parecía en nada a Frank, aquel hermano imaginario, rubio y delgado, con el que Armin soñaba durante su niñez. Tampoco podría decirse que se ajustara por completo a los requerimientos del aviso, ya que por entonces tenía 43 años. Pero al verlo por primera vez, Meiwes notó que se mantenía en buena forma para su edad y que, a diferencia de los candidatos anteriores, parecía decidido a llevar las cosas hasta el final.

Al igual que Armin, también Bernd Brandes había vivido un pasado doloroso. Su madre se había suicidado cuando él tenía cinco años y su padre, de quien quedó a cargo, terminó por rechazarlo al llegar a la adolescencia cuando supo de su inclinación homosexual. En sus relaciones de pareja buscaba hombres capaces de hacerle daño e infringirle dolor. Uno de sus novios contó a la policía que Brandes le había ofrecido diez mil marcos y su auto a cambio de que le arrancara el pene a mordiscones.

La mañana del 9 de marzo de 2001, cuando el tren de Brandes llegó a Kassel, Meiwes lo esperaba en el andén. Lo vio bajar del vagón vestido con unos pantalones de jean, una camiseta oscura y una gorra de beisbol. Ambos se encontraban nerviosos y excitados al saludarse. En medio del ruido de la estación, apenas si intercambiaron palabra. Pero unos minutos más tarde, ya en el auto y camino a Rotemburgo, Brandes comenzó a manosearlo.

Apenas llegaron a la enorme casona rural, Brandes se desnudó para mostrarle a Meiwes lo que le ofrecía para comer. Y en lo que iba a ser la sala de descuartizamiento, en el segundo piso, intentaron tener un encuentro sexual. Pero Brandes no parecía disfrutarlo porque Meiwes no le provocaba el suficiente dolor. Quería que le amputara el pene y quería que fuera ya.

Lo cierto es que después de fantasear con aquello durante años, al momento de ponerlo en práctica Meiwes se acobardó. No se sentía capaz de desmembrar a una persona viva y Brandes, decepcionado, decidió volver entonces a Berlín. Pero al llegar a la estación del ferrocarril, a punto ya de despedirse, Meiwes le pidió que se quedara para intentarlo otra vez.

Alrededor de las seis y media de la tarde, ya sin más preámbulos, Brandes subió al segundo piso de la casa y colocó su pene sobre una mesa de madera. Una cámara puesta allí para que pudiera observar su propia expresión muestra cómo Meiwes se inclina sobre él con una navaja en la mano y de pronto se echa para atrás para esquivar la sangre mientras Brandes pega un alarido desgarrador. Son unos treinta segundos de quejidos cada vez menos intensos. Luego se sienta para evitar desmayarse y dice que desea sentir más dolor.

Tras la amputación, Meiwes bajó rápidamente a la cocina a lavar el miembro porque quería prepararlo antes de que la herida hiciera que Brandes terminara desmayándose. Por indicacion suya, lo cortó en dos, lo sazonó con sal y pimienta, y lo puso a freir en una sartén. Pero al contacto con el aceite caliente, la carne se achicarró y ambos se sintieron decepcionados al intentar saborearla unos minutos después. El bocado no sólo había quedado reducido a una insignificancia sino que además resultaba imposible de comer.

Brandes le pidió entonces que lo dejara solo y Meiwes se fue a su cuarto, donde se quedó leyendo un libro de Star Trek. Tres horas más tarde escuchó que su huésped lo llamaba porque había empezado a tener frío. Meiwes le ofreció prepararle un baño caliente. Según él mismo relató en el juicio, parecía tranquilo y feliz de ver cómo su sangre teñía el agua de la bañera. Allí permaneció un largo rato hasta que intentó salir por su cuenta y cayó insconciente en el piso del baño.

Meiwes lo arrastró de vuelta hacia la habitación y lo recostó en la cama. Durante las horas siguientes, Brandes sólo recobró la consciencia por momentos. Es probable que, arrepentido, haya querido escapar en el último instante de la muerte porque alrededor de las dos de la madrugada se oyó un fuerte golpe contra el piso de la habitación. El dueño de casa comprobó que su huésped se había caído de la cama y volvió a dudar de lo que quería hacer.

“Tuve muchas dudas en ese momento —confesó Meiwes años después—. Incluso le besé en la boca. Luego agarré el cuchillo y lo dejé a un lado. No sabía qué hacer. Me pregunté a mí mismo si debía rezarle al diablo o a Dios, y le pedí a Dios que me perdonara. Después agarré el cuchillo, lo agarré con fuerza y un poco más tarde lo degollé”.

Como revelaron luego las pericias psiquiátricas a las que fue sometido, Meiwes no tenía entre sus fantasías la de matar. Su deseo era comerse a otro, y el asesinato sólo el medio inevitable para poder cumplirlo. Pero si le fue difícil degollar a Brandes, no tuvo en cambio inconvenientes para ocuparse de él: colgó su cuerpo de un gancho en el techo, le  extrajo las vísceras, le lavó los restos de sangre y con un hacha de carnicero lo descuartizó para guardarlo en un congelador. Y en los días siguientes disfrutó del festín.

“Preparé la mesa como en una ocasión especial. La decoré con velas y saqué mi mejor vajilla. Freí un trozo de carne, un trozo sacado de la espalda. Lo hice con papas princesa y repollitos de Bruselas. Sabía realmente bien. El primer mordisco fue por supuesto algo extraño; una sensación que realmente no puedo describir. Había pasado más de treinta años deseando que llegara ese momento y sentí que estaba logrando tener una conexión íntima con él”, relató Meiwes a un periodista que fue a visitarlo a la cárcel.

Había llegado a consumir veinte kilos de carne humana cuando unos meses más tarde la policía lo atrapó. Su arresto no fue producto de una investigación —ya que no habían podido vincularlo hasta entonces con la desaparición de Brandes—, sino de una torpreza que cometió en su deseo de repetir aquella experiencia de conexión con alguien más.

Buscaba en internet a otro voluntario cuando un estudiante austríaco que parecía interesado le preguntó por correo a cuántas personas se había comido ya. Al responderle Meiwes que tenía “experiencia suficiente”, el chico lo denunció. Semanas después, seis policías tocaron el timbre de su casa en Rotemburgo con una orden de registro.

“¿Qué clase de carne es esta?”, preguntó una mujer policía que había descubierto un doble fondo en el congelador. “Es sólo carne de cerdo, carne común”, dijo Meiwes.  Además de cuatro paquetes de aquella extraña carne, los investigadores se llevaron sus computadoras, la cámara, varios videos y cuchillos, el hacha y un delantal. Cuando se fueron, Meiwes llamó a su abogado y le contó lo que había hecho. Sabía que no había forma de escapar.

La prensa lo bautizó como “el Canibal de Rotemburgo” y durante semanas esa pequeña localidad del centro de Alemania se vio desbordada de periodistas de todo el mundo que acosaban a los vecinos en su afán por averiguar algo más. El acto criminal que se había desarrollado allí era tan insólito que hasta resultaba difícil encuadrarlo para el sistema judicial alemán.

Al no estar previsto el canibalismo como un crimen y dado que la propia víctima se había prestado a ello, nadie sabía muy bién cómo se lo iba a juzgar. Mientras que la fiscalía exigía que se le impusiera a Meiwes cadena perpetua por considerarlo un asesinato por motivos sexuales, su abogado defensor planteaba en cambio que se había tratado de un homicidio a petición, una forma de eutanasia penada con no más de cinco años de cárcel.

La naturaleza consensuada del crimen fue sin embargo lo que primó para la Audiencia Provincial de Kassel, que en enero de 2004 terminó dictándole una condena a ocho años y medio de prisión. Tras escuchar el fallo, Meiwes se levantó, le dio la mano a su abogado y al irse saludó a la prensa sin ocultar su satisfacción.

Pero la fiscalía apeló aquel fallo y meses más tarde, una revisión del video tomado el día del crimen incorporó pruebas que le dieron a la causa un giro radical. Meiwes fue condenado entonces a cumplir cadena perpetua en la Penitenciaria de Kassel, donde de hecho se encuentra hoy.

Por una inquietante paradoja, lo que terminó condenando a Meiwes no fue tanto su impulso caníbal como su momento de piedad, aquel momento en que —según cuenta él mismo— llegó a invocar la ayuda de Dios. Y es que la revisión del video permitió demostrar que Brandes conservaba todavía un hilo de vida y no podría asegurarse que quisiera morir cuando él lo degolló.

 

"Canibalismo rioplatense" Punta Gorda - Febrero de 1516

El falso paso de la plata
Apenas se supo que Vasco Núñez de Balboa había divisado desde las alturas de Chucunaque un oceáno desconocido al otro lado de las tierras descubiertas por Colón, se disparó en España la carrera por encontrar el mítico paso hacia él.

Y uno de los primeros en salir en busca de ese pasaje que prometía una nueva ruta a la India fue el piloto mayor de la Corte, Juan Díaz de Solís.

Solís tenía poco más de cuarenta años cuando fue convocado por Fernando el Católico para organizar una expedición secreta en busca de aquel canal. No era la primera vez que saldría a buscarlo. Seis años antes, el Rey le había encomendando una misión similar junto a Vicente Pinzón, la que derivó en el hallazgo de la península de Yucatán. Ahora sin embargo se sabía con total certeza que ese océano existía.

Para evitar las protestas de la corona portuguesa, que poseía la única ruta hacia India, el propio Rey le dio instrucciones a Solís a fin de que nadie se enterara del propósito de la expedición. Debía prepararla como si fuera iniciativa suya, para lo cual se le entregaron cuatro mil ducados de oro con los que armar y aprovisionar tres naves y reunir a una pequeña tripulación.

Las naves se llamaban Portuguesa, Latina y Menor. Su tripulación total era de unos sesenta hombres. Partieron desde Sanlúcar de Barrameda el 8 de octubre de 1515 y, tras cruzar el oceáno por una ruta nueva desde el norte de África, aparecieron por Cabo Frío hacia Navidad. Con la costa del actual Brasil a la vista, la expedición enfiló hacia el sur y logró alcanzar así la bahía de Río de Janeiro en enero de 1516.

Siempre hacia el sur, estudiando cada uno de los accidentes en busca de algún estrecho que le abriera paso al otro mar, Solís descubrió la isla Santa Catalina y alcanzó días más tarde un puerto natural que posiblemente fuera el de Punta del Este y al que puso Nuestra Señora de la Candelaria. Allí bajó a tierra con algunos hombres para plantar su estandarte de leones y castillos y tomar posesión en nombre del Rey.

Para entonces el capitán comenzó a notar que el agua adoptaba un color cada vez más turbio y perdía salinidad, por lo que dedujo que habían ingresado a un río. Y aunque no se equivocaba, el tamaño inusual de aquel río —al que los nativos llamaban Paraná Guazú (grande como el mar) y que él mismo bautizó Mar Dulce— lo llevó a cometer el mismo error que Hernando de Magallanes años después.

Convencido de que se encontraba a las puertas del mítico pasaje hacia el otro mar, Solís continuó remontando aquel río y bajó a tierra en la isla Martín García para dar sepultura a su despensero, quien había muerto durante la travesía y en homenaje al cual la bautizó. Aquella muerte fue en cierto modo un preludio a la fatalidad que se avecinaba, ya que apenas unas veinticinco millas aguas arriba la expedición iba a llegar a su fin.

En la zona de lo que hoy se conoce como Punta Gorda, en el departamento uruguayo de Nueva Palmira, la tripulación divisó a un grupo de nativos que les hacían señas desde la costa invitándolos a descender. Ya fuera para conseguir víveres frescos o intentar obtener información sobre ese otro mar que buscaba, Solís resolvió desembarcar en un pequeño bote junto al contador Pedro de Alarcón, el factor Francisco de Marquina y cinco hombres más. Como hasta entonces sus encuentros con los indios habían sido amistosos, el capitán no dudó de sus buenas intenciones, aunque esta vez su error resultó fatal.

Decenas de aborígenes los esperaban emboscados al otro lado de la playa y apenas los españoles se adentraron en la costa cayeron sobre ellos con sus macanas. La masacre se produjo a la vista de la tripulación que, tras presenciar atónita cómo su capitán y el resto de los hombres eran apaleados hasta morir, vio a los indios despedazar sus cuerpos para comérselos.

De todos los españoles que habían ido a tierra, sólo uno logró sobrevivir. Gritó deseperadamente pidiendo auxilio a sus compañeros, que no se atrevieron a intentar un rescate. Con el capitán muerto, levantaron el ancla y emprendieron el regreso a Europa dando así por terminada la expedición. Atrás dejaban rodeado de caníbales a su tripulante más joven, el grumete Francisco del Puerto, que entonces tenía doce años de edad.

El hecho de que los indios no se comieran al joven grumete no sólo iba a tener futuras implicancias sino que además aporta un dato interesante sobre lo que tal vez ocurrió. Y es que si bien suele acusarse a los charrúas de haber devorado a Solís, este detalle que mencionan todas las crónicas hace más probable que fuera alguna tribú guaraní del delta del Paraná.

Además de que no existen otras referencias que asocien a los charrúas con episodios de canibalismo, la muerte de Solís y sus hombres parece más bien encuadrar en un ritual de venganza del pueblo guaraní. Dueños por entonces de un vasto territorio que se extendía desde el Amazonas hasta el litoral del Paraná, los guaraníes solían comerse a sus enemigos como una forma de incorporar sus virtudes guerreras. De ahí que los niños no fueran parte del menú.

Pero las mismas crónicas coinciden a su vez en un dato que no termina de cerrar: la precipitación con que todo pasó. Y es que lejos de tragarse brutalmente a sus rivales, los guaraníes lo hacían como parte de un elaborado ritual que debía cumplirse metódicamente: primero los sometían, luego los sacrificaban, después las mujeres se ocupaban de despellejarlos y finalmente, tras ser asados en largas parrillas, las partes de sus cuerpos eran distribuídas entre los miembros de la tribu según la importancia de cada quién.

De ahí que algunos historiadores creen que no fueron exactamente guaraníes, sino aborígenes guaranizados del Delta, los que se comieron a Solís. En la periferia de su propio pueblo, estos habrían conservado de su cultura madre la tradición pero no su contenido ceremonial. En suma, la forma en que uno se comía a su enemigo era para ellos un detalle menor.

El joven grumete abandonado estuvo viviendo muchos años con aquellos nativos. Del horror inicial pasó al acostumbramiento y más tarde a la asimilación. Cuando en 1527 fue rescatado por la expedición de Sebastián Caboto, Francisco del Puerto, ya un hombre de 23 años, sirvió como intérprete a los españoles, pero es probable que ya no se sintiera él mismo un español. El hecho es que tiempo después, durante una incursión al Pilcomayo, tomó partido por los nativos participando de un ataque sorpresa que terminó con la muerte de muchos de sus viejos compatriotas. Luego de aquel episodio se perdió en el monte y no se supo más nada de él.

Pero la expedición de Caboto no sólo encontró al antiguo grumete, sino también a parte de los compañeros que lo abandonaron y que habrían de quedar ellos mismos librados a los indios tras naufragar en la isla Santa Catalina unas semanas después. Con ellos iba a nacer la leyenda del Rey Blanco que habitaba una sierra de plata cerca de aquel río donde los nativos se habían comido a su capitán. Y aunque no existía ningún yacimiento de plata, al menos en ese lugar, la obsesión por encontrarlo llevó a muchos hombres a embarcarse en su búsqueda y terminó por darle al río el nombre que ha llevado hasta hoy.

"Canibalismo fetiche" París - Junio de 1981

Too much blood
Soy en mi estilo horrible. Tengo manos y pies pequeños, una voz filosa como la de un eunuco y una cabeza desproporcionada por la cual circula un único pensamiento. Mido un metro cuarenta y cojeo al caminar. Ella en cambio es alta. Holandesa, rubia. Por sobre todo rubia.

Aunque se pasó la vida conviviendo con un único pensamiento, Issei Sagawa nunca  pudo controlarlo muy bien. A lo largo de casi setenta años, su existencia ha girado alrededor de esa idea tan poderosa como inexplicable para sí mismo, esa urgencia a la que sólo se entregó plenamente una vez. Fue a mediados de junio de 1981 siendo un estudiante de Literatura en la Universidad de París y desde entonces ha vivido condenado a la más absoluta soledad: la soledad de los crímenes imperdonables, la de las estrellas de rock.

“El Caníbal japonés”, como lo bautizó la prensa internacional por aquellos años, nació en Kobe el 26 de abril de 1949. El primero de los dos hijos de un industrial rico y prestigioso, Issei llegó al mundo de manera prematura, tan débil que los médicos dudaban que fuera a sobrevivir. Y aunque Japón se encontraba por entonces sumergido en la hambruna y la desolación de la posguerra, la suya fue una infancia feliz.

Como él mismo contó alguna vez, ya en su niñez estaba fascinado con los muslos de sus compañeros de escuela; pero no fue hasta la adolescencia que experimentó por primera vez el deseo de comerse a una mujer. Su enorme timidez —que hacía que sintiera ganas de vomitar cada vez que intentaba hablar con alguna— no le impidió dar rienda suelta a aquella fantasía cierta vez al cruzarse en las calles de Tokyo con una rubia que lo subyugó. Tras acecharla varios días logró meterse en su departamento mientras ella dormía: tenía planeado noquearla con un paraguas, agarrar un cuchillo de su cocina y cortarle un pedazo de culo para comérselo. Pero la mujer despertó y se puso a gritar. La policía atrapó al joven Issei que fue acusado por intento de abuso. Nadie sospechó sin embargo que no era esa la razón que lo había llevado ahí.

Cuando terminó sus estudios universitarios en Tokyo, estaba completamente obsesionado con las mujeres occidentales. Su deseo de comerse a una se había transformado ya en una obligación; y  allí donde se dirigía había miles de ellas para elegir. Su padre se había mostrado encantado de ayudarlo para que continuara con sus estudios de literatura en La Sorbona. Su madre, en cambio, se había mostrado recelosa con la idea. Al acompañarlo al aeropuerto el día que cumplía 28 años, se despidió de él con una mirada triste y resignada como si supiera que algo horrible pasaría y que nadie podría evitarlo.

No fue hasta casi el final de su tercer año en París que Issei descubrió a Renée en la universidad. Nunca había visto a una mujer como ella. Era todo lo opuesto a él: alta, rubia, hermosa, desenvuelta, sociable. Para evitar ser descubierto espiándola, aquel día retuvo sus rasgos y la dibujó. Y tan pronto pudo, buscó un lugar a su lado, incapaz ya de seguir el curso en el que habían coincidido: no dejaba de pensar ni un momento en la blancura de su brazo, en su desesperante lividez.

Renée Hartevelt tenía 25 años y un futuro prominente. Hablaba cuatro idiomas, se relacionaba con personas de diversas culturas y aspiraba a doctorarse en Literatura Francesa en la Universidad de París. Issei se acercó a ella con la excusa de que le enseñara alemán: podía pagarle bien las clases con el dinero que le giraba su padre y ella, que llevaba la vida austera de una estudiante, no dudó en aceptar la propuesta.

Acaso porque le divertía ser la única persona del curso a la que aquel extraño personaje le dirigía la palabra o bien porque le parecía un galán inofensivo, Renée comenzó a tratarse con él. Lo cierto es que a fuerza de hablar de libros y pintura, temas que le permitían desplegar su extraordinaria sensibilidad artística, Issei logró ganarse la confianza de la chica al punto de que cierto día, tras uno de sus interminables paseos por la ciudad, se animó a invitarla a su departamento en el número 10 de la Rue Erlanger. Allí le pidió que le leyera un poema en alemán que escuchó extasiado. Apenas se marchó se dedicó a oler y lamer cada sitio donde ella había estado sentada.

No necesito tomar prestado ningún motivo. Poco importa. Simplemente, el germen creció tanto que un día todo pareció diminuto. Renée colaboró a transplantarlo. Vuelvo a invitarla. Se ha mostrado complacida con la idea de grabar la lectura de aquel poema que tanto disfruto. Le he dicho que mi intención es hacer oír luego la cinta a un profesor. Cenaremos sukiyaky; trozar, secar y servir. Todo muy sencillo. Prestando atención en no mezclar jamás los olores, dejó registrado Issei en su diario personal.

En ese mismo diario, que llevó en sus años de estudiante en París y que tiempo después publicaría como libro, Issei describe con abrumadora precisión lo que hizo con Renée.

La tarde que volvieron a su departamento, ella ensayaba en voz alta el poema de Georg Trakl que habían quedado en grabar. A la señal acordada, Renée, que estaba sentada en un escritorio, comenzó a leer con su mejor voz las primeras estrofas de “Die tote Kirche”. Issei la escuchaba en silencio a sus espaldas con la fascinación de un enamorado y un pequeño rifle calibre 22. Dejó que llegara hasta el último verso antes de disparar.

La muchacha se desplomó en el suelo como si sólo se hubiera desmayado. El disparo en la nuca había abierto un pequeño orificio en su frente del que comenzó a manar sangre. Issei se agachó junto a ella para limpiarla mientras le hablaba, pero el silencio de la muerte se había instalado ya  entre los dos.

Pese a haber anhelado aquel momento por casi treinta años, Issei nunca previó las dificultades de desnudar un cuerpo inerte de un tamaño mayor al suyo. Y al descubrirla tan blanca, suave y luminosa, no supo tampoco por dónde empezar. Tras intentar en vano arrancar con los dientes un pedazo de nalga fue en busca de un cuchillo que le reveló sutiles y grotescos secretos de la anatomía bajo la piel. Abriéndose paso por una gruesa capa de grasa amarilla tras otra rebanó finalmente un trozo de carne que llevó a su boca y dejó que se derritiera como un bocado de pescado crudo.

Luego se desnudó, se tendió sobre el cuerpo de la muchacha todavía tibio y la penetró. Al hacerlo se produjo un estertor que Issei interpretó como un recatado suspiro. “Te amo”, le dijo y se permitió morder esos labios que tanto había ansiado para luego masticar su duro cartílago. Una vez saciado sus impulsos más urgentes, arrastró el cadáver de Renée hasta el baño, donde se dedicó a explorar el interior de su vientre con un cuchillo eléctrico.

Despostó el cuerpo como le había explicado años antes un carnicero alemán al que había conocido en un crucero, puso a cocinar un pedazo de carne en una cacerola y preparó la mesa utilizando la ropa interior de Renée como servilletas y mantel. Y mientras se la comía, se deleitó escuchándola recitar en la cinta grabada aquel poema de Trakl. Exhausto por el festín, llevó finalmente a su cama lo que quedaba del cadáver de la muchacha y esa noche durmió abrazado a ella.

El zumbido de una mosca gorda que se posaba sobre lo que había sido el rostro de Renée lo despertó a la mañana siguiente. Se hizo claro para Issei que no podría conservarla por mucho tiempo más; pero como su cuerpo no había comenzado todavía a oler mal decidió continuar comiendo otras partes. Probó sus brazos, su ano, su lengua, sus ojos. Con la ayuda de una sierra le desprendió la cabeza, las piernas y los brazos. Y al hacerlo se excitó tanto que terminó usando una de las manos cercenadas para masturbarse.

Cuando al llegar la madrugada del tercer día comprendió que todo había acabado, puso los restos de Renée en dos grandes valijas de viaje y llamó a un taxi para que lo llevara hasta el Bosque de Boulogne.

Estaba por comenzar el verano y a las 8 de la mañana ya había  gente paseando y tomando sol. Issei se internó por uno de los senderos sin dejar de sentirse observado por todo el mundo, algo que en este caso parece lejos de una mera paranoia criminal: por más indiferentes y cosmopolitas que pretendan ser los parisinos, el espectáculo de un pequeño japonés luchando con dos pesadas valijas a mitad del bosque bien valía la pena voltearse a mirar.

Para rehuir las miradas, Iseei se encaminó hacia un sector más tranquilo del lago donde pensaba deshacerse de los restos de Renée, pero un fulgor rojizo que bañaba delicadamente los árboles junto a la orilla captó su sensibilidad. Se había detenido a observar la escena cuando la voz de un extraño lo sobresaltó.

—¿Son suyas las valijas? —le preguntó un hombre de aspecto mugriento mientras comenzaba a abrir una de ellas.

Issei le respondió nerviosamente que no y comenzó a alejarse. No había llegado muy lejos cuando lo oyó gritar “¡asesino, asesino..!” Dos días más tarde era detenido en su departamento, donde la policía halló en el feezer una abundante provisión de Renée.

Como habría de reconocer años más tarde, aquel día sintió un profundo alivio: finalmente podría empezar a comunicarse con la gente y decir quién era él en verdad.

Fue interrogado por tres peritos psiquiatras que coincidieron en que su insania lo volvía inimputable desde el punto de vista legal, por lo que fue enviado en forma indefinida al hospital psiquiátrico Paul Giraud. Allí estuvo recluido dos años hasta que enfermó y los médicos le diagnosticaron una encefalitis avanzada con mal pronóstico. Convencidas de que no sobreviviría, las autoridades judiciales francesas cedieron a una solicitud de Akira Sagawa, presidente de Kurita Water Industries y padre de Iseei, quien usó todas sus influencias para lograr que lo extraditaran a Japón.

Issei fue trasladado al hospital Matsuzawa de Tokyo, donde resultó que su encefalitis no había sido más que una infección intestinal. Quince meses más tarde, luego de que los médicos japoneses consideraran que lo suyo era apenas un desorden de personalidad tratable, y sin ninguna deuda con la justicia de su país, fue dejado en libertad.

Tras sólo cuatro años de reclusión psiquiátrica y en medio del horror que produjo la noticia de su liberación, Issei Sagawa se encontró en la insólita situación de haber cometido un crimen atroz y poder compartirlo con el mundo sin consecuencias para él. A falta de trabajo y dinero propio no dudó un segundo en aprovechar esa oportunidad que le brindaba el caprichoso destino.

Aunque ya para entonces el dramaturgo Jûrô Kara había publicado La carta de Sagawa, novela con la que obtuvo el Premio Akutagawa, y los Rolling Stones le habían dedicado la canción Too much blood, ahora le llegaba el momento de mostrarse a sí mismo.

Un día recibió el llamado de un periodista que quería conocer su opinión sobre el reciente arresto de un asesino serial. Se preguntó qué tendría que ver aquello con él, pero dejó que hablara: le ofrecían 20 mil dólares sólo por escribir un artículo.

Aquella publicación fue la fisura que terminó desmoronando el dique. De pronto todo el mundo quería algo de él. Lo invitaban a programas de televisión, daba entrevistas exclusivas para revistas culinarias, colaboraba con un diario, le proponían que escribiera un cómic, participaba de talk shows. Mientras tanto se había puesto a trabajar en su propio libro —In the fog, el primero de los veinte que lanzaría en los años siguientes alrededor del crimen— que se convirtió en bestseller mundial apenas al salir. De la noche a la mañana “el Caníbal japonés” se había transformado en una suerte de héroe nacional.

Las voces de repudio y las intimaciones judiciales que desataban en Europa sus apariciones televisivas no eclipsaron su creciente popularidad. Con el informe de su evaluación psiquiátrica y las crudas fotos policiales del cuerpo mutilado de Renée, Iseei publicó un nuevo libro no menos exitoso. “Todo el mundo me pedía que se lo firmara. Los japoneses de hoy día son realmente estúpidos: tienen la misma mentalidad que yo, un terrible criminal”, admitió en cierta ocasión.

Asqueado por la reacción del público, se dedicó a pintar. Aceptó una invitación del artista Kazumasa Nakagawa a su estudio y al poco tiempo estaba exponiendo retratos femeninos en galerías japonesas y hasta europeas, en las que llegó a vender algunos de ellos a precios que ni él mismo creía posibles. Pero su apetito por las mujeres occidentales no estaba saciado y le costaba mucho más dinero del que llegaba a ganar.

A principios de los noventa, un alemán viejo le ofreció presentarle chicas occidentales. Fue así que conoció a Rhonda y Thalía, dos rubias alocadas que le sacaban una cabeza de alto y que durante los años siguientes lo convirtieron en su mecenas personal. Aunque no se acostaba con ellas y tenía sospechas de que eran lesbianas, Issei disfrutaba de su compañía viajando por el mundo como un matrimonio de tres. Las llevó a Islandia, Canadá, India, México… Pagaba todos los gastos; a cambio ellas dejaban que les tomara fotos eróticas, se paseaban con ropa sexi de su brazo y le hicieron probar hachís. Su luna de miel terminó cierto día en que el novio de una de ellas les contó quién era su pequeño amigo japonés.

Incapaz de sostener con sus medios ese estilo de vida, comenzó a robar dinero de la billetera de su padre y hasta vendió el violonchelo de su hermano entre otros objetos familiares. Cuando el productor de cine porno Terry Ito le propuso protagonizar una de sus películas estaba tan acosado por las deudas que firmó contrato sin siquiera leer el guión y tuvo que someterse en cámara a una serie de pruebas físicas que habían sido incluidas para burlarse de su insignificancia e ineptitud.

Con el transcurso de los años, las invitaciones a los programas de televisión y las entrevistas se volvieron más infrecuentes. Recluido en su departamento de Tokyo, del que teme que lo desalojen de un momento a otro por no pagar el alquiler, nadie lo llama, le escribe o lo visita ya. Cerca de los 70 años pasa sus días en la más absoluta soledad, acompañado todavía por esa idea única que sólo logra controlar masturbándose. Con todo, más que el impulso de comerse a alguien, últimamente le urge que lo maten. “Quiero morir sufriendo —dijo en una de sus últimas apariciones—. De ser posible, a manos de una bella mujer”.

 

 

 

Textos 1

Textos 1
"Vamos a morir esta noche" por Cecilia Martínez

No sé cómo te mataría, le dije. De inmediato entendí que le tenía que proponer alguna muerte, no importaba cuál.

Cualquier cosa que se me ocurriera era mejor a quedarme callada. Pero la primera respuesta que apareció fue mi cabeza en blanco, ninguna idea.

Entonces le dije. Lo único que podría hacer sería ahogarte. Él me preguntó cómo. Con la almohada, le dije. La luz estaba prendida. Él se reía, parpadeaba. Me tapé el hombro. Escuché el ruido de las hornallas, quise ir a apagarlas pero me tapé más, pensé en las horas que hacía que no comía. Pensé si le había respondido, por las dudas se me ocurrió otra forma de matarlo.

Es muy cruel, balbuceó. Pero cuando lo dijo me miró con una cara que lo contradecía. O yo me lo inventé. A su gesto, porque puso los ojos rasgados, vi una especie de placer cuando los cerraba despacio, creo que le pareció una estupidez mi manera de matar. Tendría que haber contemplado la escena un tercero que me ayudara a descifrar su cara, así hubiera sabido cómo seguir. Pero no tuve tiempo de imaginarme el consejo de nadie y le respondí algo, porque me dolía la panza, quería pasar al próximo momento.

Le dije. Que no tenía armas, que la almohada estaba ahí y que todas las maneras de matar eran crueles. Al instante supe que mentía, como siempre. Lo primero que se me viene a la mente es la mejor salida del aburrimiento, así me mantengo ocupada. Aunque supe que mentía no se me ocurrió otra cosa. Creí que matarlo con la almohada era una manera posible. Accesible. Y listo. Esperé que la charla terminara para él y pasáramos a otro tema. Querría abrazarme otra vez.

Pero siguió. Sin hablar. Sus ojos querían algo más. Parecían pedirlo. Yo no sabía qué hacer, menos qué decir. Así que lo mejor que se me ocurrió fue preguntarle a él. Le dije. Cómo me matarías vos. Él no dudó ni un instante. Con un cuchillo, me dijo. Te daría muchas cuchilladas por todas partes. Vimos la sangre. Era mía. Aunque sus manos podían haberse lastimado con la fuerza del cuchillo. La sangre se mezclaba. Nos miramos un rato. Él apagó la luz. Y dijo que tenía frío, que esta casa era un hielo. Lo tapé un poco más. Con la almohada tendría calor. Pensé. Debía sentir el calor en la cabeza bajando por el cuerpo. En cambio a mí se me estaba yendo por los agujeros de las cuchilladas. El calor. Por el ruido de su respiración ya no sentía el de las hornallas. Me daba miedo que se hubieran apagado y nos asfixiáramos. Pero no me levanté.

Me quedé escuchando su ruido. Parecía un animal. Sería la falta de aire que lo provocaba, pero aún respiraba. Y me miraba. Quería saber más sobre mis ideas, eso me decían sus ojos. Entonces me animé, sus ganas me contagiaron y quise contarle la historia de su muerte. En esta casa, en mi cama, al lado mío. Creí que la luz debía estar prendida, alumbrando la escena. Me moví y la toqué, él me sacó la mano y se protegió, me mantuvo agarrada. Lo dejé. Seguí contando. Pude disfrutar de mi voz, no siempre sucede, como si mi voz fuese leyendo algo que sabía. Mi voz era la de la noche. De noche se pone rasposa, más grave, le falta agua.

Le conté. Él me agarró del pelo, tenía sus dedos entretenidos mientras le contaba. Que no hubo gritos. Cuando le apoyaba la almohada en la cara jugábamos, hacía un rato que nos tapábamos con la almohada el uno al otro. Hasta que yo lo aplasté un poco más. Le conté. Que cuando lo hice él no lo advirtió, o sí, entonces pensé que le gustaba mi gesto y seguí, lo repetí varias veces hasta confirmarlo. Que le gustaba. Y que a mí me encantaba verlo. En ese momento no pensaba en nada, sólo me sentía bien, le dije. Mientras le contaba él seguía haciendo agujeros en mi pelo. Iba sintiendo que cada dedo se metía un poco más dentro de mi cabeza. Cada vez. Y mientras, lo único que se oía era mi voz y su respiración.

Pude imitar su jadeo. Así hacías cuando morías, le dije. Respiré varias veces en su oído para que no le quedaran dudas. Y tus piernas se iban poniendo rectas y duras, así. Le conté y me puse encima suyo, firme, mis piernas arriba de las de él. No se movió y hacía un poco más de calor. Sus dedos en mis agujeros recorrían un camino distinto, ya no estaban sólo en mi cabeza. Quise mirar hacia dónde seguirían, pero no era el momento. Yo estaba a punto de relatarle el final de su muerte por asfixia. Sin gritos. Nada se oía y era de noche, sólo veíamos la luz del fondo alumbrando, apenas.

Me preguntó. Cómo vas a deshacerte de mi cuerpo. Le dije que a nadie le importa qué hay en el fondo de esta casa, que no se preocupara por eso. Pensé en los miles de pájaros que vienen a comer de la tierra, todos los días. En los chimangos. Pensé en la casa vecina que a él le intrigaba, la casa de los locos le había contado yo, podría tirarlo ahí si quisiera, o en las vías del tren. Le dije. Que en este barrio a nadie le importa si hay algunos huesos enterrados, siempre hay animales que pueden confundir. Le conté la historia de los huesos de la ballena, en un fondo de acá a la vuelta.

Dijo. Me gusta abrazarte. Y mientras yo hablaba, él me tocaba. Me miraba. Me abrazaba de a ratos. Mi voz se había mezclado con los ruidos de la noche. Su respiración entrecortada, el crujido de la cama si nos movíamos. Sus manos llegaban a mi espalda. Mi cuerpo se unía al suyo. Los dedos de él seguían un recorrido infinito. Quise mirar alguno de los agujeros que sentía. Quise. Un cuerpo unido al otro por los agujeros. Pero no me dejó. Me dijo. Que le cuente el final.

Y le conté. Que casi al final, cuando me di cuenta que era cierto que él estaba muriendo, miré mis manos encima de la almohada. Vi que mis manos eran demasiado chicas para matar a un hombre, demasiado flacas. Dudé un instante de poder matarlo pero no dejé de hacer fuerza. Le conté que cuando casi no escuchaba su respiración quise prender la luz y vernos. Su muerte. En esta casa, en mi cama, al lado mío. Que antes de hacerlo, de prender la luz, lo besé. Su boca aún me respondía.

Quise contarle el final. Sus dedos se habían detenido en mi pecho, eso me interrumpía el ritmo de la historia. Me acomodé en la cama, sentada. Él se puso enfrente de mí, nuestras piernas se cruzaron como chinos. Me gusta abrazarte, dijo otra vez, contame el final. Mi voz se mezclaba con los ruidos de la noche. Le conté que le gustaba. Y que a mí me encantaba verlo. Sus dedos iban de mi pecho a la espalda. Por dónde. Quise mirar, pero sólo sentí su recorrido. Un cuerpo unido al otro por los agujeros.

 

Sobre el autor

Cecilia Martínez. Nació en el año 1978 en la ciudad de La Plata. En la actualidad vive en City Bell. Estudió periodismo en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP, trabaja como docente en el Ministerio de Salud de la provincia de Buenos Aires y tiene dos hijos. Escribe narrativa de ficción y ha participado de talleres literarios durante algunos años.  Ha sido finalista del Concurso de Cuentos Haroldo Conti en el año 2013 y en el 2014 publicó Adiós Paraguay por la Editorial Mil Botellas.

“Vamos a morir esta noche” es un cuento inédito que forma parte del proyecto Savoia, escrito durante el 2016 junto a otros relatos que se proponen acercar una mirada femenina sobre la soledad de una casa habitada por sensaciones, recuerdos, personas y animales, a veces imaginarios, a veces reales. 

"Cómo hacerse hombre" por José Ioskyn

Acompañante terapéutico
Me sentía deprimido y sin ganas de vivir cuando recibí un mensaje de Eliana: “Hola Vito, ¿estás en Buenos Aires? Estoy deprimida y sin ganas de vivir. S.O.S.”

 

Fui a buscarla a su estudio. Nos sentamos en el sofá de pana. Ella lloró y preparó té. Jugamos a la guerra de dedos. “Sos mi único amigo, siempre me rescatás”. Yo no era su amigo. Pero decidí hacer de cuenta que sí. Su amistad era una mezcla de desesperación y manipulación. Volví a escuchar la historia de siempre, la muerte de su papá, el egoísmo de su mamá y sus hermanos, y todo su sacrificio no reconocido. Esta vez su llanto no me conmovía, no daba en el blanco. Mi corazón estaba frío. Quería estar otra vez cerca de ella aunque no me interesaba su relato. En el fondo no era alguien interesante. Se había puesto aburrida y monotemática.

No podía extralimitarme con caricias tiernas si estaba sufriendo. La invité a comer al Petit Colón. Se sentía gorda con su torso de escarbadientes. No obstante, comió con ganas. De vez en cuando le acariciaba el pelo en la coronilla y ella se dejaba hacer. Era un perro desconfiado. La confitería era ruidosa y no propiciaba la cercanía, pero estábamos en la misma burbuja, y nos mirábamos. Esta vez seríamos amigos, no tendríamos sexo y la ayudaría en todo. No eran reglas tan difíciles de cumplir. Ser amable y dar lo mejor de mí para hacerla sentir bien. Más o menos lo que hacía con mis amigas verdaderas, salvo que con ellas mi distancia era evidente. Aristóteles distinguía claramente entre ambas cosas, Eros y Philía. Amor físico y deseo, por un lado, amistad y ternura por otro. Eran cosas distintas. Se podía hacer perfectamente. Le pregunté si a la noche quería ir a cenar a Dandi. Los amigos van a cenar, los amigos se cuentan sus cosas, los amigos se acompañan y se sostienen cuando están mal, así que eso estaría bien. La ayudaría. La ficción de la amistad nos humanizaba, tierna y reparadora.

 —¿Te paso a buscar por Callao?

—No digas Cashao Vito: Cayao.

—Cayao.

—Así está mejor.

 Me vestí con esmero: jeans gastados, sweater con cuello, saco de pana, bufanda azul larga. Cuando me vio se rió de mí:

 —Parecés un mago de la tele.

Me vi convertido en mago, y hubo magia: estaba tan contenta que me dijo que yo era su única familia. Exagerada. Le había comprado una lata de chocolates en Bonafide, una lata blanca con dibujos en rosa, envuelta en celofán, que decía “Gracias”. Había otra que decía “Feliz Día”. “Gracias” tampoco me gustaba, hubiera preferido que no dijera nada.

Apenas llegamos a Dandi me arrepentí. Tenía el estilo avejentado que está de moda, un rejunte de muebles de segunda mano, todos distintos entre sí. Los clientes estaban sentados con una actitud de superioridad ostensible. Al lado nuestro había tres tipos con la camisa abierta hasta el ombligo, con el tono de piel amarronado que dan los deportes náuticos. El tostado que cuenta es el del tenis o el del velero, aunque este último es el mejor: denota que se puede mantener un amarradero, y se tiene mucho tiempo para navegar. Mucho tiempo libre es bueno y elegante.

Los chocolates hicieron sentir a Eliana en deuda y se quejó. A cambio me daría un cuadro de no sé quién, certificado, que valía miles de dólares. Me sentí cansado de tener que entretenerla. Quería seguir con el plan de la amistad y ser amable, pero no soy así. Puedo ser irónico, tierno, puedo llorar y hacer reír. Amable no.

Como no podíamos ir a ninguna de nuestras casas por el riesgo de contacto físico, paseamos casi toda la tarde bajo un frío abominable. Lloviznaba. Era ya de noche cuando llegamos a la puerta de su edificio. Estaba congelado. Al despedirla sentí un impulso erótico, pero me contuve. No eran las reglas. Ella sonrió al notar mi lucha interna. Moví los brazos hacia arriba y hacia delante, y los volví a poner al costado. Su sonrisa estaba vacía de signos, aunque los ojos le brillaban y decían: esta soy yo, soy yo, soy yo y estoy llena de energía y cosas buenas, me amo, y por eso resplandezco. La depresión se había ido al carajo, esa era la verdad. Se puso el dedo índice en los labios y me arrojó un beso aéreo. En ese momento un beso en la mejilla hubiera sido un exceso.

 Pasó un rato a visitarme; iba a tomar el té con su familia.

 —Acostate, te veo cansada —le dije, y la llevé hacia la cama, mientras ella protestaba porque tenía que irse. Se echó boca abajo; con las calzas negras y un piloto color tiza. Hablamos un rato uno al lado del otro con la cara apoyada en el acolchado. Ella miró el reloj: eran las cuatro y media y el té era a las cinco. Me subí encima y la abracé.

—¿Qué hacés?, me estás apoyando —se quejó—. Estás haciendo movimientos circulares, dejá eso. Estoy asexuada.

 Le acaricié la cintura, sentí el calor de su piel. Cuando creí que habíamos pasado definitivamente la barrera de la amistad escuché sus ronquidos, una respiración densa e inconsciente. La tapé con el acolchado. Entrelacé mis dedos con los de ella y me dormí. Tuve un sueño con imágenes de agua, casas sobre el mar o el río, lanchas, pilotes, sonido de olas rutinarias que chocan contra un tope, una detrás de otra. Llovía con ruido constante, las gotas golpeaban cada objeto que encontraban, el tanque de agua metálico, las paredes, persianas, techos de tejas. El agua era una metralla de vidrios contra vidrios, de cosas rotas, de esquirlas contra todo lo que estaba encima y alrededor. Me desperté, solté la mano de Eliana. Ella abrió los ojos y miró la hora: las seis menos cuarto. Respiraba rápido. Le pasé la mano por los hombros, se aflojó y buscó mi pecho con la cabeza mientras yo la abrazaba. Hacía mucho tiempo que no estábamos así. Me preocupé: a los fines de transgredir las reglas de la amistad pura y blanca, el cariño era tan riesgoso como el deseo erótico. Nada de amor; lo permitido eran los chistes, la conversación intrascendente, la confesión personal y las comidas.

 Varios días después volvió. Estaba vestida con un short negro muy corto, medias de red y zapatos con plataforma. Estaba maravillosa. La depresión se le había ido y dejó paso a esta mujer que me costó reconocer. Era paródica. Se reía de sí misma y de su personaje vamp. Como si lo malo del mundo hubiera sido expulsado y solamente nos quedara reírnos ¿Podía ser el sexo un juego de chicos? Sí, claro, era un juego. ¿Podía ser el amor un juego de chicos de poca edad? La misma respuesta: sí, es posible. Los animales, los chicos, todo el mundo puede encariñarse y gozar y divertirse al mismo tiempo. Tenía frente a mí a una reina-niña que se movía como una bailarina. Sentí el fantasma carrolliano entrar en mi casa y reírse de mí. Me serví coca cola en un vaso y la miré moverse. Se acostó y yo me acosté al lado. Mientras me acercaba y la rodeaba, ella se dejó hacer. Se puso boca arriba y le acaricié los párpados, el pelo, la frente.

 —¿Qué estás haciendo? Me estás apoyando el pito. Sos mi acompañante terapéutico.

  Era cierto. No había contrato explícito, aunque mi función era estar con ella y distraerla, no permitirle pensar ni ser invadida por la oscuridad.

Me senté en la cama, me puse las zapatillas, y empecé a caminar hacia la puerta de la habitación. Ella cerró los ojos. Cuando estaba a punto de salir, me habló con un aire ensoñado, inocente y serio a la vez:

 —¿A dónde vas? Quedate conmigo. Contame un cuento.

 Me puse a imaginar uno para ella, uno especial para la nena que era.

 Columbus

 

Vino con un paquete enorme envuelto en papel marrón. Apenas podía con el peso. Lo abrió con parsimonia, observando mi reacción a cada gesto suyo. Era un cuadro. 

—¡Columbus! —gritó cuando la tela quedó al descubierto. 

Yo no sabía qué era Columbus, y el cuadro no me gustaba mucho. Intenté una sonrisa.

 —¿No es hermoso? ¿No te gusta? ¿No es divino? —me seguía mirando con los ojos brillantes. Esperaba algo de mí pero mi sonrisa no avanzaba. Sacó un sobre de la cartera: el certificado de autenticación del cuadro.

—Te lo estoy regalando. Es lo único que tengo de mi papá.

Ahí me enteré. No eran ricos. Ese cuadro era su herencia. ¿Qué había visto yo hasta ese momento? No eran millonarios, no se interesaban por las finanzas, solamente por la política y la cultura. Habían tenido la mala fortuna de mantenerse honestos. Ella no tenía nada salvo estilo y clase. Me dio pena y traté de sonreír con toda la cara. No me salía. Elogié el cuadro. Le di un beso fuerte en la mejilla, tratando de que sonara mucho.

La pintura era horrible, una mujer rodeada de flores muy coloridas contra un fondo beige, un color que me deprime. Las flores no alcanzaban para realzarlo. No tenía idea de Columbus, ni de artes plásticas en general. Eliana me aseguró que valía mucho dinero. Cenamos, tomé de más y arruiné la noche. A ella no le importó, me abrazó y me dijo que yo era muy noble.

 

Googleé a Columbus. La crítica lo llamaba “el Picasso argentino”. Había vivido entre Argentina e Italia. Sus obras eran tristes: la figura de la mujer idealizada, sin carnalidad ni alegría. Las mujeres de los artistas son raras, monstruos lanzados a la vida sin gracia. Golems. En Mercado Libre valía la mitad de lo que había dicho Eliana. Lo volví a guardar en el papel, asegurando los bordes con cinta adhesiva. Aún envuelto, el esperpento seguía irradiando vibraciones bajas y oscuras. Seguro que traía mala suerte. Eliana me visitaba todos los días para ver si lo había colgado. Le decía que todavía no estaba seguro sobre cuál sería el mejor lugar del departamento. Tenía que sentirlo. Empezó a sospechar y me volvió a recordar que era su única posesión, su resguardo económico por si le pasaba algo, y que si no me gustaba que se lo devolviera.

Me había regalado algo demasiado importante y yo no lo valoraba. A medida que pasaban los días el cuadro era cada vez más horrible. Me oprimía. Pero si se lo devolvía iba a tomarlo como un desprecio, de modo que me aferré a él como si también fuera mi posesión más preciada.

Forcejeamos durante unos días hasta que en un arranque de furia se lo quiso llevar. Mis protestas no habían servido de nada. Me dio un ultimátum, el jueves se lo tendría que devolver. Un regalo no se devuelve, me defendí. Ni siquiera correspondía que me lo pidiera. Estaba banalizando la situación, eso la irritó más. Me mandó varios mensajes llamándome miserable. El jueves me las arreglé para no estar en todo el día. El sábado recibí la visita de una chica casi menor de edad, pero cuando estábamos en la cama el timbre empezó a sonar enloquecido. Tuve miedo.

 —Deben ser los mormones, siempre pasan a esta hora —dije, pero nada justificaba tanta insistencia, menos bajo una tormenta como la de esa tarde. La chica sospechó, y yo en lugar de calmarla le pedí que se fuera. Esperé un rato hasta que se puso oscuro. Eliana volvió a prenderse del timbre. La hice pasar. 

—¿Por qué no me atendías? Pensé que te había pasado algo.

—Estaba en la cama con una chica. 

Volvió a gritarme miserable. Agarró el cuadro y se lo llevó hasta la puerta de entrada del edificio. No lo podía sacar bajo la lluvia, y lo dejó en el palier. Se fue corriendo bajo la lluvia. Cada vez que se iba así yo le miraba las pantorrillas.

 

Siguieron días de tormenta. Las calles estaban vacías. De vez en cuando un auto pasaba por la esquina salpicando agua sucia. Dormía hasta tarde, comía poco y sin ganas. Era el fin del invierno y Buenos Aires estaba inhóspita. Nadie aguantaba más la lluvia y el frío, la ropa mojada, la mugre. El cuadro volvió a su lugar en el suelo, apoyado contra la pared. Parecía algo orgánico que se estaba pudriendo. Si hubiera tenido un depósito o un garaje lo hubiera puesto fuera de mi vista. Me arrepentí de haber echado a la chica casi menor de edad. La llamé pero no me respondió. De vez en cuando sonaba el timbre, aunque no atendía porque esta vez seguro que eran los mormones. No sabía qué hacer. Caía un agua sonora y visual, la veía y la escuchaba en estéreo, por las ventanas y en la puerta del edificio. Abarcaba todo. Era imposible salir.

Volvieron a atronar los mensajes de Eliana. En mayúsculas, me llamaba miserable, ladrón, delincuente. Decidí que lo mejor sería terminar con el asunto. En media hora te llevo el cuadro, le respondí.

 —Espero que esta vez cumplas y no seas el mismo chanta de siempre. De vos no puedo esperar nada bueno.

 Apenas salí, una ráfaga de viento hizo volar el cuadro. La lluvia desarmó el papel de embalar, lo deshizo en unos metros. Estaba a pocas cuadras de su casa, podía llegar. La tela se mojó y se puso muy pesada. Cada diez pasos tenía que apoyar el cuadro en el suelo, mis brazos se vencían con el peso. En una de esas, al soltarlo en la vereda se desprendieron los clavos y el marco se abrió en uno de los ángulos. Fue algo rápido, no resistió y se rompió. Busqué refugio debajo de un techo e intenté volver a juntarlo, darle forma rectangular. Le di unos cuantos golpes con una piedra en los clavos para volver a unirlo, pero se volvía a abrir. Lo importante es la obra, pensé, y dejé las maderas sueltas en la calle. Enrollé la tela sin el paspartú. Me imaginé la cara de Eliana y las cosas que iba a decirme. El espanto vino cuando noté que algunas partes se borraban. Traté de abrirme paso a través de una cortina de agua y viento. Era una película de barcos de madera, velas con naufragios y olas de muchos metros. Por debajo iba quedando la tela original, marrón clara, con algunos manchones de color en donde Columbus había resaltado la alegría femenina, florida y vegetal. La idea era estúpida, infantil. Las mujeres no tienen nada que ver con eso.

Llegué a un bar tradicional y barroco, con librería incluida, de esos que les gusta a los porteños de cierta clase. En la puerta estaba Augusto, el empleado de seguridad, con la campera azul policial, en uno de cuyos bolsillos guardaba el arma que una vez me había mostrado. Para mis adentros lo llamaba el emperador. A veces parece necesario que alguien encarne el orden. Augusto siempre estaba sonriente, seguro era un psicópata. En vez de ir a lo de Eliana, entré al café. Me atendió un mozo pálido con camisa blanca y moño negro. Desplegué la tela sobre la mesa; era un pedazo de arpillera descolorida. Eliana me llamó al celular, se irritó porque no había ido directamente a su casa.  

—Ya voy, no te muevas de ahí.

Contemplé la obra y me dio un ataque de risa nerviosa. La tela tal vez era una metáfora de algo. ¿De qué? ¿De nuestra relación? ¿De mi vida? No sabía. Instintivamente subí la escalera que llevaba a los baños de la planta alta y me senté en el descanso. El marrón oscuro de la madera que cubría las paredes era protector. Me sentí abrigado por la tradición del lugar, por su antigüedad, los libros al fondo del local, la música a bajo volumen, los mozos uniformados y hasta por la caja registradora que en ese momento estaba cerrada y callada. Todo eso era sinónimo de orden.

Se abrió la puerta de entrada, me acurruqué contra un costado de la escalera. Eliana me buscó, hasta que quedó frente a la tela. La expresión que puso fue idéntica a la de El grito de Munch. Quedó extática, congelada, pero sin emitir sonido. Si hubiera sido una película, me habría espantado y reído al mismo tiempo. Subí la escalera despacio, medio arrodillado, y me metí en el baño de hombres. Sentado en el inodoro traté de imaginarme los movimientos de Eliana. Trabé el pasador de la puerta. Me relajé. La manija de la puerta subió y bajó varias veces. El traidor de Augusto le había dicho dónde estaba yo. 

—¡Miserable! ¡Judío! ¡Era lo único que tenía!

Creí que iba a matarme o a romper en llanto, pero no. Silencio. No sabía lo que era un hombre, pero sí podía reconocer a una mujer enojada o angustiada. Alguien que puede destruirte, pero que pasado cierto punto pierde todo su poder. Había que esperar a que pasara la tormenta. Y mi culpa. La culpa también hay que pasarla. Pensé en Columbus, en sus mujeres floridas, y en cómo se equivocan los artistas. Los seductores no se equivocan casi nunca. Saben un secreto. Un Casanova vale por miles de pintores y poetas. Es un espejo que las refleja. A través de ese espejo las vemos: esperanzadas, estafadas, enamoradas, desilusionadas, usadas. Me iba a costar mucho encontrar una como Eliana. Una que me hiciera reír siempre. El amor es un rato. Pero la risa no, la risa dura mucho más, por algo los manuales de seducción, esos que les gustan tanto a los americanos, dicen: si querés enamorar a una mujer, aprendé a hacerla reír. 

 

 

Sobre el autor

José Ioskyn. Nació en La Plata. Publicó ensayo, poesía y narrativa: El mundo después (nouvelles), Nunca vi el mar (poesía), Literatura y Vacío (ensayo), Manual de Jardinería (novela), Acerca de un Imperio (poesía).

Los relatos que aquí aparecen corresponden a un libro inédito cuyo título es Cómo hacerse hombre.

 

"Sin ochavas" por Alicia Paroni

Recorrías el pasillo con él. Copiabas el balanceo del viejo en cada paso para no tironearlo y te era más fácil si arrastrabas los pies. Eran veinte pasos hasta que se sincronizaban y empezaban a hablar, siempre él primero.

Hablaba de calles de tierra, cuando la galleta salía un peso y se escapaban de la escuela para ir a comerla debajo del puente camino al río, para no convidar, pretendiendo una avaricia miserable. Entendías poco de qué hablaba, pero te gustaba su cadencia, cercana al balanceo. Con apenas catorce años y recibías a cambio cama, comida y unos billetes a fin de mes que le mandabas en carta a tu madre. Ella los esperaba para comprar aceite y la garrafa. La señora, la sobrina del viejo, se encargaba de darte la ropa que conseguía en la beneficencia o la que de vez en cuando te compraba. Se podría decir que recorrer ese pasillo era lo único que hacías con responsabilidad. Para vos el resto era como un juego, el juego de estar al lado del viejo todo el día, menos los domingos, que era tu franco.

Un día el viejo te contó de su madre. Por momentos hablaba de ella como si estuviera viva, y eso atrajo tu atención. Te intrigó qué edad creería él que tenía, y lo imaginaste joven. Pensaste cómo sería estar con él si tuvieran la misma edad pero resultaba difícil, porque todavía no habías estado con nadie, ni siquiera con tu primo, el que se te había insinuado tantas veces. Incluso dudabas de si alguna vez te había tocado o sólo lo habías soñado esa noche que dormiste en su casa y habías sentido un calor distinto, un calor con ritmo y con cadencia.

El pasillo era largo. En un gran terreno estaban construidas las dos casas. La del fondo, la que ahora usaba el viejo, era la casa que había sido de sus abuelos en la época en que no había ochavas, en la esquina de Guido y Libertad, en los cuarteles de Quilmes. En el mismo terreno se construyó muchos años después la que ahora era la casa de la señora. Luego se fueron vendiendo porciones del terreno por Geodesia donde los nuevos propietarios fueron construyendo sus viviendas, y ambas casas quedaron unidas por ese largo pasillo que atravesaba el pulmón de manzana y que ahora era tu responsabilidad recorrer con el viejo para llevarlo a dormir todas las noches. Desde la habitación de al lado vos velabas por su sueño. Una vez que llegaban, ambos se acostaban y al rato pasaba la señora para asegurarse que todo estuviera bien.

Tus tardes eran tardes de fotonovela. No exigían mucho más que lavar las tazas y platos que usabas después de comer sola en la cocina. Sólo permitían que estuvieras en la mesa principal cuando venían los nietos de la señora, porque así se entretenían. Pero para vos era peor, porque cuando estabas con ellos extrañabas a tus hermanos.  Al más chiquito aún no lo conocías, pero tu mamá te había mandado una foto en una carta con el nombre y la fecha de nacimiento en la parte de atrás. Era el único adorno propio que tenías en la mesa de luz, y la ponías delante de un pedazo de espejo para que se viera lo escrito.  Después te enteraste que Evita, desde el tren, le había tirado una pelota: “Para el más chiquito”, gritó, y cayó cerca de los pies de tu vieja, que la puso en el altarcito de la sala, al lado de la virgen de Itatí, y también te mandó esa foto, pero no te animaste a mostrarla.

De mañana exigían que madrugaras. Dormir mucho es de haragán. La empleada de la señora te despertaba temprano para que ayudaras al viejo. Lo peinabas, le ponías perfume, le lustrabas los zapatos, jugabas a la mamá, como con tus hermanos, sólo que no tenías que pelearte con nadie para poder ser la que peinaba. Lo mirabas al viejo una y otra vez y le dabas para un lado y para el otro hasta que el pelo quedaba como a vos te gustaba, como los galanes de las fotonovelas. Tu preferida era la Nocturno, que las compraba tu primo y llegaban en la encomienda que de vez en cuando mandaba tu madre con algún tejido rústico para el invierno, y las guardabas en tu cama, entre el colchón y el elástico. Cuando leías, no podías imaginar bien los gemidos, por eso los practicabas, pero lejos de la señora que una vez te escuchó y te dijo que sea la última vez que hacés cosas asquerosas de negra. Y no entendiste, porque los de las novelas eran blancos. Y no entendiste y sabías que algo de lo que había dicho no estaba bien, pero agachaste la cabeza, como te había enseñado tu madre, como le había enseñado el patrón.

Recorrías el pasillo con él. Copiabas el balanceo del viejo en cada paso para no tironearlo y te era más fácil si arrastrabas los pies. Eran veinte pasos hasta que empezabas a imaginar que ibas del brazo con un joven que te hablaba de la madre, como todos los jóvenes que habías conocido en los paseos de los domingos, sólo que ninguno te había tocado hasta el último franco, ese en el que viajaste parada en el colectivo cuando volvías del zoológico. Tocó tus piernas, arriba, ahí donde el calor tiene ritmo y cadencia. Pero tardaste en darte cuenta porque al principio no entendías y cuando te avivaste diste un paso al costado, y te diste vuelta, y lo miraste, y no supiste qué hacer. Tuviste miedo que alguien pensara que estabas haciendo cosas asquerosas. Y te bajaste. Y lloraste. Y no querías volver. Pero el viejo te esperaba y era muy grande la satisfacción de peinarlo. Esa noche, durante todo el recorrido hasta su casa, él no habló.

Aquel día habían venido los nietos de la señora, y extrañaste más que de costumbre. Habías tenido ganas de llorar toda la tarde. Sin darte cuenta, la proximidad de los quince te tenía conmovida. Quisiste envolverte en las historias de las revistas, pero los niños estaban insoportables y no te lo permitían. Tampoco pudiste sacártelos de encima, porque la mirada de la señora estaba particularmente atenta a tus movimientos. ¿No te estarás avivando, vos, no?, preguntó al aire. Y cuando llegó la noche necesitaste maltratarlo, caminaste rápido por el pasillo sin esperarlo, tironeando sus años y deseando que se muriera de golpe: la imaginación no vino a rescatarte y te encontraste con lo más crudo de tu existencia, con la peor de tus miserias. Cuando llegaron a la casa, lo acostaste de prepo y cuando ibas a apagar la luz de su habitación escuchaste un llanto opaco, contenido. Las lágrimas  brotaban sobre las arrugas y balbuceaba mamá, mamita, como un niño. Y te diste cuenta del dolor, que era de ambos, y le besaste las mejillas, y le tomaste una mano y se la acariciaste con tu cuerpo. Y él lloraba mamita, mamita, y te acordaste de tus hermanos, que aún jugaban, y lo abrazaste, y comenzaste a balancearte y la cadencia te desató gemidos y lágrimas y un calor repentino te invadió el alma hasta que te quedaste sin cuerpo para después descender, de a poco, con calma, a tu lugar. Y te alejaste, mirándolo, mientras hablaba de su madre como si estuviera viva corriéndolo porque la había visto desnuda.

Cuando entró la señora a la casa aún lo estabas mirando y él también. Le dijiste que la estabas esperando para pedirle las vacaciones.

 

Sobre la autora

Alicia Paroni. Escritora y médica psicoanalista, vive en La Plata desde hace 30 años. Antes vivía en dos lugares, de forma alternada y de forma simultánea, de muy distintas características. Tan distintos han sido estos lugares de alojamiento que se encuentran, de manera sutil o ferozmente expuestos, en todos sus escritos. El Masculinario (novela, Ediciones Corregidor) y El éxodo mecánico (cuentos, Ediciones Corregidor) son sólo parte de esos textos que desde la ficción cuentan historias que ponen en jaque lo que el lector espera.

"Nada más que un hilo de vida", de Gastón Figueiredo Cabanas

Hoy día hasta la luz se pudre. Ya no hay quien pueda vivir con tan sin nada. No hay más que un hueco de aire hacia arriba, hacia las nubes.

Estamos solos. Antes cuando todavía la luz era blanca y sanaba todo era distinto. Más distinto que todo lo que es ahora. La tierra que se extendía cambiaba con tan solo caminar. Ahora la tierra no cambia, es plana y seca como el papel. Plana como un billete. Eso es, eso vale. Ya no nos cansamos caminando. Esa es la tragedia nuestra. Una roca nos pesa en los pies que nos ataron. Desventura sentimos. Antes creíamos. ¿En quién, por qué? No sé si sabíamos. No nos preguntábamos. Estábamos. Éramos. Ahora buscamos algo. Nada. Buscamos a alguien. Nadie. Solos. Resistiendo todas las inclemencias. Sequía. Inundación. Calores. Venimos de la tierra. No tenemos miedo a lo que ella nos haga. Pero terror dan los monstruos. Contra ellos no podemos luchar. No recuerdo bien cuántas muertes fueron. Pero fueron muchas para no poder recordarlas. Algunas me dolieron más que otras. Me dolió una verdad cuando en la noche vi la luz entrar por el rancho. Entró primero el ruido seco de un tiro y después un grito que fue un desgarro. Salí. Desnuda y alterada estaba la noche. El fuego en los ojos me brillaba. Quieto quedé mudo. Cuando no se puede actuar el silencio y la quietud son aciertos. Cazar animales me lo enseñó. Pensé en el agua. Del río que corría cerca ya no quedaba más que un hilo de nada. Íbamos a buscarla a una canilla comunitaria que estaba a doscientos metros. Rota la canilla estaba. Agua de charco tomábamos. Embarrada el agua. Como los animales tierra líquida bebíamos. El fuego tenía sed y se bebió la sequedad de los dos ranchos. “¡Indios de mierda!”, se escuchó el gritó desde arriba de un caballo. Ya nos habían avisado. En una semana nos nacieron dos muertos más. Marchamos. Uno de doce y otra de quince. Nada nos dijeron. Con un fierro dijo el médico que lo habían matado al de doce. Desfigurado. El rostro como barro quedó. Le abrieron el cráneo. Ensañados estaban. Tres días después apareció la de quince. Violación. Flaquita era. Duro es olvidar el dolor que duele adentro. Era hija de Victoriano Romero. La semana anterior había organizado el corte de la ruta para pedir que no nos hostiguen más con amenazas y muertes, para pedir que se fueran las topadoras amarillas que estaban desforestando. Por pedir nos matan para robarnos. Ninguna autoridad llegó para protegernos. Policía mandaron. Nos tuvimos que ir. “¿No hacemos más que pedir? ¿Hasta cuándo vamos a pedir?” Esas eran las preguntas que hacía Victoriano Romero. “¿Qué es lo que damos nosotros? ¿Nada? ¿Lástima? ¿Pena? ¿Eso damos? ¿Para eso nacimos?” Preguntó. Nadie contestó. Nada podemos dar, pensé. Nada. Ilusos somos. Ilusos porque el bosque se está haciendo chico. Se está volando el bosque como pájaro. ¿Hasta cuándo el bosque se irá yendo? Levanté la mano para hablar. “Habla”, me dijo Victoriano. Hablé. Hambre tengo Victoriano le dije. Sed también tengo. “Mastíquese la lengua”, me dijo. Estaba eufórico. Lo entendí. Es joven. Enterró a su hija. A su mujer la perdió incendiada. Hecha huesos quedó. Perros se la llevaron. Y ahora la niña que era la gracia. Yo la eduqué con palabras. Nieta era mía. Cuentos le gustaban. En la noche cuando era niña los escuchaba. El de las estrellas blancas me pedía. Se lo contaba. Ella era silencio. Los ojos grandes guardaban las palabras. Un mortero hay allá, en el cielo. En ese mortero muele la algarroba una vieja. En el mortero queda la harina. La vieja es más vieja que la vejez. Eso dicen. Eso es. Un día la vieja cansada estaba de moler y se durmió cerca del mortero. En una nube se durmió. Soñó que estaba moliendo la fruta del algarrobo. Soñó tan real que se puso a moler. En el sueño molió. Lo ojos cerrados tenía en el cielo. En el sueño abiertos los tenía. Fue por eso que se le cayó la harina del mortero. Se esparció por la negrura la blancura de la algarroba. Por eso es que aquellas estrellas son blancas… “Acá tiene, beba”, me dijo una mujer y me sacó de aquella tormenta de pensamiento. Una botella de agua me dio. Se fue lejos la sed. Corrida se fue. Se me despejó la mente de pensamientos pasados. Pesados eran esos pensamientos. De recuerdos estaban hechos. Escuché lo que Victoriano decía. Bronca espuma le salía de la boca. Levanté la mano. “Habla”, me dijo. “Habla padre”, me dijo. Le alcancé la botella de agua. Bebió. Rabia seca tenía en los labios de tanto hablar. Yo hablé. Todo está oscuro dije. Oscuro y vacío no hay de dónde agarrarse. Ya no podemos ser lo que fuimos. Ya no seremos lo que éramos. Tenemos que ser lo que somos. Eso somos. Hay que irnos. No tenemos dónde pero hay que irnos. Cómo permanecer acá. Cómo vivir sin vida. Cómo vivir sin sombra. El bosque de allá fue derribado hace años. Yo recuerdo el ruido de las topadoras. Recuerdo los animales huyendo desesperados. Desde aquel día no pararon de avanzar. Desnutrida dejan la tierra. Han penetrado lo impenetrable. Nos han robado el río. Cómo no nos van a penetrar a nosotros. Solos estamos. “¡¿Y nosotros qué somos, fantasmas?!”, gritó Victoriano Romero. Hijo, le dije. Carne y dolor somos. Hijos míos, dije. Somos un pueblo muerto que está muriendo. “Eso no me enseñó usted padre”. Sé lo que enseñé. Sé lo que seremos. “Quiero vengar la muerte de mi hija, de su nieta padre, la muerte de mi mujer padre, la de la tierra nuestra padre, la de nosotros padre nuestro”. Yo no enseño venganza hijo. Nunca quise saberla. Yo enseñé con el pasado cuando el pasado era vivo. La venganza no puede hacer el mañana. Sería un mañana sin luz. “Nuestro mañana no tiene claridad, será más miseria padre, será oscuridad padre”. Ya lo sé hijo. Ya lo vi. Y no podemos caminar en esa oscuridad. Hay que irnos hacia la ciudad. Changa conseguiremos. Acá no podemos quedarnos. Nos están encerrando. Un hueco hacia arriba nos queda nomás de aire. Nada más que un hilo de vida tendrá que cortar la muerte. Nada más que eso.

 

Sobre el autor

Gastón Figueiredo Cabanas nació en La Plata, en el año 1976. Actualmente trabaja como Docente en el Programa Mundo Nuevo de la UNLP y como Profesor de Narración Oral en Institutos Superiores de Formación Docente.
Resultó ganador del Concurso de Cuentos Boulevard (2009) con la obra La Frontera, que publicó la revista virtual El Toldo de Astier; y del Premio en Poesía Letras de oro del Bicentenario (2010) con la obra Periferia. Finalista del V Concurso Nacional Macedonio Fernández de poesía (2008) con “La orilla”; y del Premio Camus-Onetti de Narrativa (2016) organizado por Ediciones del Dock con En el mañana estuve.

"Mi tío Oscar había matado a un hombre" por Nicolás Maldonado

Era sabido en el barrio que siendo chico mi tío Oscar había matado a un hombre. En qué circunstancias y cómo fue que se habían enterado era para mí un doble misterio: nadie hablaba jamás de eso ni se trataba de algo que uno pudiera ir preguntando. Yo mismo no podría decir en qué momento lo supe.

Mi tío no era alguien que pensara mucho en su pasado. Pero en ocasiones, si estaba de humor, le gustaba discursear sobre las experiencias de la vida. Y cuando lo hacía se refería siempre a lo que había ocurrido después; jamás a aquel episodio terrible.

A los trece había huido de Carmelo para comenzar una vida solo en Ensenada, lejos de su familia. Había pasado hambre, sí; y había conocido hombres buenos que lo ayudaron; y otros que habían intentado aprovecharse de él.

Conocíamos bien esa parte de la historia porque solía contarla. Era su manera de advertirnos que no todos tenían una vida fácil y de justificar, de paso, el hecho de que nunca había terminado la escuela. Podía contar anécdotas burlonas o heroicas, pero en cualquier caso resultaba inevitable entrever en el fondo a aquel hombre muerto.

Mi tío Oscar era un vecino comprometido y un electricista honesto. A pesar de su pasado confuso, o acaso por él, todos en el barrio respetaban sus opiniones, por más disparatadas que fueran. Y casi siempre lo eran.

—¡Pero qué idiotez! —dijo buscando que alguno de nosotros le diera la razón. Ni mi primo ni yo le contestamos. No hacía cinco minutos que nos había hecho callar. Cuando veía televisión no soportaba que hiciéramos ruido.

Estaba sentado en su sillón de mimbre en medio de la cocina viendo Combate. El sargento Sanders y sus hombres habían sido emboscados por una patrulla de nazis y resistían a golpes de metralleta. A cada ráfaga decenas de alemanes se desplomaban desde los árboles. Resultaba indignante la forma en que estaban dejándose matar aquellos nazis.

—¡Una reverenda pelotudez! —dijo resentido y se levantó a apagar el televisor. Al tío Oscar no le gustaba que nadie lo tomara por tonto. Por eso prefería en general las series de animales, un tema en el que se consideraba toda una autoridad.

Su conocimiento en ese campo era, sin embargo, mayormente gastronómico. Decía haber comido a lo largo de su vida toda clase de bichos, dando por sobrentendido que eso incluía animales domésticos. Apasionado de la fauna, había convertido el fondo de su casa en un zoológico pobre. Tenía gallinas, conejos, nutrias, palomas, faisanes, gansos y hasta una vizcacha bebé, sin contar a los perros, tres pointers atolondrados a los que jamás pudo enseñarles a cazar.

A excepción de aquellos perros, que eran como príncipes idiotas, todos los demás bichos podían terminar en la cocina de la tía y no convenía encariñarse mucho con ellos. En casa de mi tío Oscar no había nada que no pudiera comerse de algún modo.

Pero lejos de encariñarnos, mi primo y yo, condenados a alimentar y mantener limpio aquel zoológico, habíamos desarrollado una rabia ciega por sus integrantes y solíamos desquitarnos a patadas. O así lo hacíamos hasta que cierta vez apareció muerta una gallina.

Estaba dura, patas para arriba, como si le hubiera caído un rayo. El tío la examinó desconcertado: le observó los ojos; le abrió con los dedos el plumaje de la rabadilla; se la acercó a la nariz y la olió durante un rato hasta decidir que no había razón para que no la comiéramos.

—¡Ni lo sueñes! —dijo la tía Teresa adivinándole la intención. No iba a cocinar aquella gallina. Podía tener una peste o algo.

El tío se puso furioso, pero al ver que con eso no lograba nada pidió que le alcanzáramos los anteojos y la cuchilla. No había cosa que lo pusiera más feliz que ganar una discusión con argumentos científicos.

Puso la gallina sobre la mesa y la abrió de un tajo desde la rabadilla hasta el buche. Mi primo y yo lo observábamos fascinados. “¡Hígado!, dijo indicándonos algo viscoso que tiró sobre el mantel de hule. Y después, “¡páncreas!”, “¡riñones!”, “¡molleja!”; así hasta dar con algo que lo dejó desconcertado, pero que igual puso con el resto sin decir palabra. Sostuvo aquella cosa entre los dedos y nos señaló con la punta de la cuchilla un coágulo diminuto. Satisfecho, agarró a la gallina y se la llevó a la tía.

—¡Paro cardíaco! —dijo—. Acá los chicos no me dejan mentir.

Nos comimos aquella gallina, pero no hubo forma de convencer a la tía para que cocinara todas las otras que aparecieron muertas los días siguientes.

Actitudes como esa y otras decididamente insensatas le habían hecho ganar fama de chiflado. Se contaban en el barrio montones de anécdotas que tanto servían para animar una charla como para recordar que no era conveniente discutir con él.

Y como muchas de sus anécdotas incluían un cuchillo, llegué a deducir que probablemente había usado uno para matar a aquel hombre.

Pasaba mucho tiempo imaginando cómo habría sido aquel episodio y otra cosa de la que estaba convencido era de que se había tratado sin duda de un caso de defensa propia.

Más allá de que me costaba creer que mi tío fuera capaz de liquidar a alguien a sangre fría; había notado en él algo que parecía darme la razón.

Algunas noches, al volver del trabajo nos llevaba con mi primo al patio para darnos lecciones de lucha. Era muy importante que un hombre supiera defenderse, nos decía. Su enseñanza favorita era el factor sorpresa. Y a su modo de ver, lo mejor era aturdir al rival con una trompada en la oreja.

Como dignos aprendices, nos esforzábamos para estar a la altura de sus lecciones y tirábamos manotazos descosidos tratando de imitar los movimientos. Pero a medida que la clase avanzaba, sus demostraciones se volvían cada vez más peligrosas, como si luchara contra un enemigo invisible. Al final, por temor a que llegara a confundirnos con él y nos tumbara de un golpe, buscábamos cualquier excusa para terminar la lección.

¿Era verdad que el tío había matado a alguien? —aproveché para preguntarle a mi primo Federico al final de una clase mientras nos lavábamos para cenar.

“Claro que sí, dijo: a un contrabandista”, y ahí mismo en el baño me mostró cómo. Pero yo sabía que el que había matado a un contrabandista era “El hombre del rifle”, porque lo habíamos visto juntos esa tarde en la televisión.

Aún así durante un tiempo decidí conformarme con el contrabandista hasta que otro vino a reemplazarlo.

Fue una noche en que se cortó la luz y el tío nos contó una historia. Había sucedido durante su infancia. Vivían por entonces en Carmelo un médico y su mujer. Hacía años que sus dos hijos se habían marchado, pero la pareja no estaba sola: un tercer hijo que nadie había visto jamás compartía con ellos la casa.

Este hijo era un lelo grande como un orangután al que mantenían encerrado en el altillo. De aspecto terrible y mente de chorlito, aquel monstruo no resultaba peligroso siempre que estuviera atado. De hecho, algunas veces por semana, sus padres le permitían vagar por la casa con una cuerda alrededor de las muñecas.

Con el tiempo, el padre del lelo había descubierto que no era la firmeza de las ligaduras lo que lo mantenía pacífico, sino el efecto psicológico que producía en su mente enana el saberse atado. Así fue que comenzaron a despreocuparse hasta que al final les bastaba un pañuelo de seda para dominarlo.

Cierta tarde el pañuelo se desprendió. Era la hora de la siesta; el médico y su mujer se habían recostado y no alcanzaron a percatarse del peligro. Al advertirlo ya era tarde: el hijo lelo entró tambaleante al dormitorio y los estranguló en silencio para huir después por los techos.

Era tal el terror de imaginármelo suelto que decidí que si mi tío había matado a un hombre, ése debía ser aquel lelo. ¿Pero cómo se entendía entonces que en lugar de recibir una medalla hubiera tenido que huir de Carmelo siendo chico?

Puras pavadas; no le des importancia me dijo la tía Teresa. Si había alguien que pudiera darme la respuesta era ella. Lo mismo que el monstruo del cuento, nunca salía de su casa salvo para ir al médico. Había engordado mucho y no le gustaba que la vieran así. En cambio, se pasaba el día cocinando exquisiteces para nosotros.

Era un mujer dulce; siempre de buen humor. En el barrio la adoraban. Su cocina era un imán para los solitarios y los rotos. Nunca había menos de dos o tres personas haciéndole compañía. Iban sólo por el placer de conversar con ella y solían quedarse hasta la hora de la cena. Aunque rotaban por temporadas, había algunos que estaban casi siempre; entre ellos, un hombre divorciado de aspecto triste, una viuda y un cura gordo, al que el tío Oscar odiaba particularmente.

Salvo aquel cura, los demás parecían tenerlo sin cuidado. Para él, eran apenas fantasmas en la cocina. Rara vez les dirigía la palabra. Al volver del trabajo se sentaba entre ellos a mirar televisión y no se guardaba jamás de soltar un eructo o tirarse pedos cuando le daban ganas.

Pero si bien solía ser desconsiderado con ellos, nunca había llegado a echarlos, como hizo aquel día en que llegó la carta.

No era común que llegaran cartas y menos una dirigida al tío. La recibimos por la mañana y esperamos ansiosos a que volviera del trabajo para enterarnos de qué se trataba, no tenía remitente.

El tío la leyó y volvió a guardarla sin decir palabra, después le pidió a las visitas que se fueran. Unos días más tarde nos enteramos que el abuelo Horacio venía de visita.

Más allá del efecto que la noticia produjo en el tío, comprendimos que se trataba de un acontecimiento trascendente. Hasta entonces sólo teníamos un abuelo: el abuelo Negro, el padre de la tía Teresa, que vivía a la vuelta y venía todo el tiempo a visitarnos.

¿Pero este otro abuelo quién era? Todos pensábamos que estaba muerto. Jamás se hablaba de él. Entusiasmados por conocerlo hacíamos toda clase de preguntas, pero las respuestas de la tía eran vagas, y al tío no parecía gustarle que lo molestáramos con ese asunto.

Dejamos de preguntar; no se volvió a mencionar el tema; pero era evidente que todos contábamos los días que faltaban para su llegada, y el tío estaba cada vez más extraño. Se ponía furioso por cualquier cosa, discutía con la tía; y aunque había empezado a volver casi sobre la hora de la cena, las visitas dejaron de venir.

Una tarde se detuvo un taxi frente a la casa. Vimos bajar a un hombre alto parecido a Kojak pero con boina. No podía ser ése el abuelo Horacio, pero era. El tío estaba en su trabajo; la tía se alisó el vestido y salió a recibirlo. A mi primo y a mí nos dio la mano. Después se sentó en la cocina a esperar.

“¿Y mi hijo cuándo viene?”, “¿cuándo llega mi hijo?”. Era lo único que quería saber. No quiso tomar mate ni parecía interesado en que le contáramos nada. Un silencio lúgubre se instaló en la cocina todo el rato que estuvo esperando. Ya era de noche cuando preguntó por última vez. Miró su reloj y se levantó de la silla. Lo acompañamos hasta la calle, donde lo esperaba un taxi. La tía cerró la puerta antes de que el coche arrancara.

El tío Oscar llegó más tarde y, si sabía o no de la visita, prefirió no enterarse. Encendió el televisor y se acomodó en su sillón. Al rato nos hizo callar. Mientras terminábamos los deberes levanté varias veces la vista para espiarlo. Llevaba puesto el mismo pullover de siempre con los mismos agujeros en los codos. Sin embargo ya no parecía posible que hubiera matado a nadie.

 

Sobre el autor
Nicolás Maldonado. Nació en La Plata en 1972. Estudió Letras en la Universidad Nacional de La Plata. Integró el movimiento de poesía Turkestán, en cuyo selló publicó El diablo en el maizal y otros poemas. En los últimos veinticinco años ha trabajado como redactor para varios medios gráficos y agencias de noticias. El momento de mayor celebridad en su carrera periodística fue en 1997 al ser atacado por un perro que se suponía rabioso. Tiene un hijo llamado León. Aspira a vivir en otra parte.

"Ruido de alfiles" de Maximiliano Costagliola

                                                                                                                                                       Para Ani, mi gran amor

—¡Hay un muerto y lo tenés que enterrar vos! —sentenció entredormida Lola. Eran las cinco de la madrugada y, como todas las noches, yo hacía piruetas para acomodarme en la cama sin despertarla.

—¿Cómo? —le pregunté con la expectativa de poder estirar el humor absurdo del lenguaje en diagonal

de los sueños.
—¡Hay un muerto y lo tenés que enterrar vos! —repitió categórica y giró la cabeza para hundirse aún más
en el sueño.
Quedé fosilizado. La reiteración sugería una convicción que volvió intimidante lo que comenzó como un juego. Me terminé de acomodar para dormir.
A la media hora estaba levantado nuevamente, presa de una sugestión y una inquietud galopantes. Había un muerto en mi casa y el compromiso de sepultarlo era mío. Lo que indicaba que yo lo había asesinado o, por lo menos, que me cabía algún grado de responsabilidad en su desgracia.
Bajé a la cocina. Por alguna extraña razón me imaginé al finado como un puñado de huesos que se amontonaba al lado de la puerta ventana de la cocina. Me asomé titubeante. Pero en ese rincón sólo hallé el escobillón escoltando mugre sin recoger. Llamé a la perra, que dormía plácidamente en su cucha.
Respondió al instante, con algunos ladridos roncos al principio y luego, con su habitual repertorio de lamidas y cola hiperquinética. Recorrí maníacamente el resto de la casa. Nada.
Confirmar que Laika estaba viva me alivió. Le redoblé la ración de comida. Paradójicamente, me perturbó no encontrar la osamenta desarticulada que me había figurado. Esa curiosa reacción estaba asociada a mi estúpida necesidad de controlarlo todo. Si hubiera dado con el cúmulo de huesos, lo hubiese enterrado y le habría dado al asunto una solución práctica. El muerto estaría donde deben estar todos los muertos: unos cuantos metros bajo tierra. En cambio así, quedaba flotando.
Y había más. Porque con Lola hace siete años que vivimos en La Plata. Compramos un PH con un crédito hipotecario a pagar a treinta años. La cantidad de PH que existen en La Plata es increíble; tantos que ameritaría conocerse como “La ciudad de los PH” mucho más que como “La ciudad de las diagonales”. Nuestro PH está situado al fondo de un pasillo donde hay dos viviendas más. El patio que tenemos es un infame cuadrado de baldosas con paredes de cinco metros de altura porque nuestra casa y la del vecino son de dos plantas. Nada mejor para sentirse claustrofóbico. El opresivo patiecito tiene un cantero de dos metros por treinta centímetros; el único espacio verde de la casa, lo cual no es más que un eufemismo porque jamás germinó césped allí, sí unas pocas plantas que rompen la aridez monocromática de la tierra reseca. De haber existido el manojo de huesos, no sólo lo hubiera podido sepultar sino que además, por descarte, hubiera tenido resuelto el problema del lugar dónde hacerlo.
Tuve que conformarme con sentarme en el borde del cantero y fumar un cigarrillo mientras el amanecer acababa de perfilarse. Cuando lo liquidé, tomé un ansiolítico y me fui a dormir. Esta vez Lola no dijo nada.
Soñé que cavaba incesantemente sobre el cantero sin saber para qué lo hacía. El cantero había sido trasplantado al corazón de un baldío y yo paleaba sin descanso bajo un sol abrasador. A pesar del empeño, apenas conseguía hacer un pozo del tamaño de una sandía. Luego, por esas transposiciones caprichosas de los sueños, aparecía en un entierro muy curioso. Vestido de traje y empapado de sudor por la faena de la paleada, observaba la escena a la distancia prudencial que le corresponde a los que no son allegados a la víctima. Un viejo sepulturero, cuyo rostro acusaba una soledad tan enraizada que parecía canalizar el ínfimo instinto gregario que conservaba hablando exclusivamente con los muertos, procuraba colocar un ataúd del tamaño de un bebé en un pozo de idénticas dimensiones al que yo había hecho.
Descubría espantado que se trataba del mismo hoyo. La misión era imposible. Luego de varios intentos fallidos, el viejo se resignaba y dedicaba una mirada pesarosa a los presentes —invisibles para mí— que se desgañitaban en un sollozo destemplado. En una milésima de segundo, como si la escena fundiese a negro, caía la noche y una legión de ojos brillando despiadadamente apuntaba hacia mí con un dejo de
reprobación vengativa.
Me desperté sobresaltado. El reloj marcaba la una de la tarde. Me di una ducha con la esperanza de despejarme. Fue inútil. La obsesión con esa frase y con el sueño no me abandonó un segundo. ¿Quién era el muerto?; ¿por qué yo lo había asesinado?; ¿era una persona o una cosa?; ¿cuándo había ocurrido el hecho? Me fui a trabajar.
Agradecí que mi jefa hubiera faltado porque no conseguí concretar una sola póliza de seguro. Parecía un zombi. Mis compañeros me preguntaron insistentemente si me sentía mal y yo les dije que sólo estaba un poco preocupado porque habían internado a mi madre.
De regreso a casa paré a comprar comida hecha, Lola había viajado a Necochea por trabajo y llegaba a las cuatro de la mañana. Devoré la cena como si algo me urgiese. Le di a Laika una ración abundante de su alimento —si no me desmarcaba pronto de la paranoia acabaría teniendo una vaca en lugar de una perra—.
Luego estuve un buen rato andando de un lado a otro de la casa como un león en su primer día de cautiverio. Salí a la calle para ver si un poco de aire libre me ayudaba a pensar más claramente. Eran ya las dos de la madrugada. Las luces de neón acribillaban la noche urbana difuminando las siluetas de los transeúntes y los objetos. Todo parecía impreciso, fugaz. Tomé por la calle 71 y fui bajando en dirección a 1. Cada vez que daba con la puerta de un pasillo pensaba: ¿cuántos PH esconderá?; ¿cuántas familias?; ¿cuántas personas?; ¿cuántos mundos? Esa era la forma que tenía mi incógnita. Los PH eran
la representación material del misterio que me estaba torturando. Cuando llegué a calle 1 giré a la
derecha, en dirección a 66.
De pronto recordé una charla con Lola ni bien nos conocimos. Me tanteó sobre la posibilidad de tener un hijo. Yo le dije que no tenía pensado ser padre. Ella sonrió y aclaró que se estaba refiriendo a un futuro mediato. Pero yo le expliqué que un hijo no estaba incluido en mis planes ni ahora ni en cualquier forma de futuro. Sorprendida, volvió a sonreír, pero esta vez amargamente. A los tres años la pareja pasó por una crisis y yo, corroído por el egoísmo y la culpa, le dije que después de todo separarnos sería lo mejor para ella, que yo no era nadie para privarla del deseo genuino y natural de ser madre. Ella me replicó que me
elegía a mí y que en esa decisión estaba contemplada la renuncia a tener un hijo. Mi sentimiento de culpa
se redobló.
Estaba a la altura de 1 y 68 en el instante en que la invocación exhumó esa sensación de culpa de una forma tan vívida que me pareció estar atrapado en un flashback. Cuando volví en mí todo se había teñido de un violeta coagulado. Sentí un leve mareo y una puntada en la boca del estómago. La revelación era flagrante y desgarradora. Bastaba unir la frase categórica con el simbolismo del sueño. Lola había abortado y no me había dicho nada. Había soportado sola y en el más blindado de los silencios el doloroso proceso de la intervención y del vacío subsiguiente para que yo no sufriera atorándome de culpa.
Una vez le comenté, como si le hiciera una confesión de lo más íntima, esa patología a sentir culpa por todo —hasta por existir—. “Lo sabía antes de que lo dijeras, nos conocemos hace más de cuatro años”, me respondió. “Sé que sos culposo y también muy frágil, pero a veces aprovechás esa condición para refugiarte en ella y no asumir ciertas responsabilidades”.
Reemprendí la marcha con las pupilas saturadas de lágrimas que no tardaron en romper. No lloraba por el hijo que no fue. Para ser sincero, creo que tampoco lo hacía por Lola. Lloraba por el lugar en el que me dejaba su actitud sobreprotectora; un lugar que yo había construido con mis excusas pueriles y miserables. El sueño no dejaba dudas: no había sido capaz siquiera de cavar un hoyo del tamaño de un pequeño féretro. En fin, lloraba de asco y vergüenza hacia mí mismo.
Recorrí las dos cuadras que me quedaban para llegar a 1 y 66. Me hallaba en plena Plaza Matheu, una de las menos agraciadas que tiene la ciudad, sollozando como el niño estúpido de 32 años que era. Dicen que hay que estar en el lugar indicado y en el momento indicado. Bueno, yo lo estaba: nada más acorde con mi estado de ánimo que esa plaza árida, oscura y hostil. Pensé, en uno de esos ridículos accesos de falsa temeridad que asaltan frecuentemente a los cobardes en estado de desesperación, en internarme en su centro y quedarme allí librado a lo que pudiera sucederme. El arrebato no sobrevivió al primer paso.
Rodeé la plaza y encaré por la diagonal 73. Estaba realmente aturdido, porque, en general, no me sirvo de las diagonales; de la 73 y la 74, que atraviesan toda la ciudad, jamás. Las pocas veces que lo intenté, buscando ahorrar tiempo y energía, acabé desorientado, gastando el doble de ambas cosas para llegar al lugar deseado. Tampoco recuerdo nunca el número de la calle que sigue a la Av. 32 ni a la 31, situada al sureste, creo. Siete años viviendo en esta ciudad sin poder descifrar la clave de su mayor tesoro: su trazado, sus prodigiosas diagonales que despiertan el elogio de todos los urbanistas y encienden el orgullo
local . Tal vez nunca haya aprendido a aprovechar las diagonales porque no me gustan. Tengo la sensación de que camino ladeado, como borracho, mortificado cada segundo por hacer el contrapeso suficiente para no volcar. Es verdad que hay mucho de neurosis en esa resistencia a las diagonales. Como también lo es que me siento un poco tarado por desorientarme en algo tan elemental como un cuadrado con algunas diagonales. Sólo consigo consolarme un poco llevando la cuestión a un plano más abstracto. La cosa es más o menos así: todo cuadrado tiene al menos dos diagonales implícitas. Mientras no se las ve, nada
sucede. Pero todo cambia cuando se las traza con el mismo grosor que las líneas que delimitan el cuadrado, como sucede con el casco de la ciudad de La Plata, donde las diagonales son calles de doble circulación al igual que las avenidas que lo demarcan. Éste se transforma, por ejemplo, en dos triángulos si se dibuja una sola, o en cuatro si se dibujan las dos. Uno acaba metido en un triángulo o recorriendo el límite que divide a dos de ellos, que a su vez forman parte de un cuadrado. Y ya se sabe que es difícil ver el bosque en lugar del árbol. Por si fuera poco, la ciudad tiene otro puñado de bonsáis, diagonales más modestas.
Decía que estaba apabullado para agarrar por diagonal 73. Quizás se trataba de una pulsión inconsciente por perderme, amanecida de la desesperación en la que me hallaba sumido. Recorrí varias cuadras procurando mirar sólo hacia adelante, porque cada vez que lo hacía hacia mi izquierda, veía en el boulevard, el pozo deficitario que había cavado en el sueño. Pasé por un kiosco que estaba abierto y estuve tentado de pararme a pedir una pala y ponerme a excavar como un arqueólogo desquiciado. A la altura de 61 debí detenerme y esperar que pasaran dos autos antes de cruzar. Mientras aguardaba observé hacia las cinco esquinas. Era enero y a esa hora la ciudad estaba desierta, como sucede habitualmente por el éxodo
de estudiantes.
Caminé una cuadra más y me interné en la plaza Dardo Rocha, decidido a continuar por diagonal 73. Un grupo de jóvenes tardíos —por no decir, flor de huevones— saciaban su sed y su aburrimiento con una ronda de cerveza al pico. Una chica que parecía no formar parte del jolgorio regañaba acaloradamente a uno de ellos. Su irritación crecía al compás de la desidia de su interlocutor, que parecía entretenerse con la escena. Cuando franqueé la plaza, antes de retomar diagonal 73, giré para observar el espectáculo una vez más. Parecía que esa chica se iba a ahogar de bronca. La escena me remitió a un hecho que abría una
nueva conjetura.
Hacía cosa de dos meses, en una larga y tempestuosa charla —de esas que se inauguran con el fatídico “Tenemos que hablar…”—, Lola me había recriminado mi autismo y mi disposición a preocuparme por cualquier cosa de un modo exagerado, dejándola en un lugar completamente relegado. Agregó que mi ensimismamiento había deshidratado la pareja y que la había reducido a una soledad a dúo; podría haber dicho “compañía vacía”, pero el sentido dramático que la inspira en esas circunstancias la inclina siempre por metáforas más tremendistas. Me puse a la defensiva y, más por inercia que por convicción, ensayé algunos contraataques que se estrellaron contra la solidez y el acierto de su diagnóstico. Indulgente, me explicó con ese tono sereno que depone la rivalidad e invita a la comprensión, que ella se sentía muy sola y que ese sentimiento se le hacía insoportable estando en pareja. Sin perder la templanza, cerró la charla con una de esas sentencias formuladas en clave interrogativa para involucrar al otro en la determinación que encierran: ¿Qué sentido tiene seguir así, no? Acorralado, me comprometí a cambiar de actitud. Pero esos cambios no se producen por arte de magia y no se sostienen con temor sino con persuasión. De modo que, a excepción del primer mes, en el que el temor a la pérdida me hizo estar más pendiente, volví a
relajarme. La regresión no fue absoluta. Conseguí sedimentar unos pocos cambios que ella celebraba. Pero
en el fondo yo sentía que eran insuficientes.
Esta hipótesis modificaba el significado de aquella frase espeluznante y de la pesadilla. El muerto era la pareja y la culpa era mía que no había cumplido con la promesa. Lo que me reclamaba Lola era que le diese de una vez por todas el tiro de gracia a nuestra relación, que la enterrara. De allí el sueño. La imposibilidad de progresar con el pozo simbolizaba mi incapacidad para sostener los cambios que ella me reclamaba con justicia. Luego el entierro ése, tan extravagante y trágico, con una fosa tan pequeña que no cabía en ella un ataúd de miniatura, representación de la insignificancia a la que había quedado reducida nuestra pareja y de mi cobardía para ultimarla a pesar de ello. Entonces aparecían todas esas miradas conminatorias señalándome, provenientes de personas incorpóreas, fosforeciendo en la noche como ojos felinos a la espera del zarpazo inaugural y fatídico. Esta nueva presunción resignificaba un dato clave que yo había atribuido a la incongruencia característica de los sueños en la figuración del aborto. ¿Cómo podía ser que el que cavase el hoyo y el que colocase el ataúd fueran dos personas diferentes? El viejo sepulturero, con esa soledad tan curtida grabada en su rostro, aquél en el que yo, desorientado, había proyectado al cirujano, era yo mismo proyectado en el futuro.
La ciudad tiene una plaza cada cinco cuadras, yo llevaba a razón de una hipótesis por plaza. Es evidente que, así como las esquinas, las diagonales lo multiplican todo: los accidentes, las posibilidades, las paranoias —quizás sea la contracara de la magnífica abreviación de algunos trayectos que brindan—. Si seguía obstinándome en transitar por una de ellas acabaría por volverme loco. Iba tan enfrascado que cuando me quise dar cuenta estaba ya a la altura de 55, a una cuadra de la Plaza Moreno. Una sensación de vértigo se apoderó de mí. Una nueva plaza representaba el abismo de una tercera conjetura. Me impuse abandonar esa maldita diagonal que fertilizaba mis fantasías. Miré el reloj para comprobar la hora y descubrí que faltaban quince minutos para las tres de la madrugada. Recordé que el autobús en el que regresaba Lola llegaba a las cuatro. Paré un taxi y le dije que me llevara a la terminal.
La sugestión no me daba respiro y continuaba maquinando aun cuando ya no estaba sobre ninguna
diagonal. Por suerte el micro fue puntual y sólo tuve que aguardar una hora.
Al verme, Lola sonrió expansivamente. Mientras nos abrazábamos me expresó su sorpresa. Le dije que había estado mirando una película que me hizo recordarla y entonces decidí ir a buscarla. Ni bien nos subimos al taxi para volver a casa, volvió a succionarme la paranoia. Ella me contaba cosas del trabajo y yo asentía maquinalmente, absorto en mis elucubraciones. Lo percibió enseguida.
—Mi amor, ¿te pasa algo?
—No, no… —me apresuré a responderle— …estaba pensando que no estaría mal mudarnos.
—¿Mudarnos? ¿Adónde?
—Mudarnos de ciudad. No sé, hay tantos lugares lindos.
—¿Pero qué te agarró? Siempre dijiste que estabas contento de habernos venido a vivir a La Plata
—me interrogó mientras nos bajábamos del auto.
—Es verdad. Pero, no sé, últimamente esta ciudad me hace sentir un poco raro —me justifiqué
vagamente para no contarle todo ese delirio sobre la fomentación de la paranoia y de otras cosas que
suponían las diagonales y que me tomara por un lunático—. Igual olvidate, es una tontería.
—¿Vos estuviste con otra mina?
—No seas boluda, ¿qué tiene que ver eso con lo que te estoy diciendo?
—¿Que qué tiene que ver? Ustedes los hombres son todos iguales: no se bancan la culpa y se sienten
“raros” y se salen con un proyecto disparatado que incluya a la pareja.
—Ya sebés que detesto esas generalizaciones pelotudas. Además, no me psicoanalices. Ya está, te dije que era una boludez.
Mientras se deshacía del equipaje y se lavaba los dientes, me prendí un cigarrillo. Luego otro. Me desesperaba por preguntarle: ¿qué había querido decir con aquella frase?; ¿significaba que se había practicado un aborto estando conmigo o consideraba que nuestra relación estaba acabada? No me animé.
Lo hubiera hecho si no habría estado tan firmemente convencido de que alguna de las dos opciones era
verdadera.
Al otro día volví a machacarme cada segundo con el tema. Me preguntaba una y otra vez cuál de las dos opciones me resultaría menos traumática; si me animaría a preguntárselo y cómo lo haría. Mi jefa me llamó la atención en dos oportunidades. Decidí que así no podía seguir. Tomaría coraje y se lo preguntaría, como me saliese.
—¿Te acordás de lo que me dijiste anteanoche mientras dormías? —le solté sin anestesia ni bien
llegué.
—No, ¿qué te dije? —me preguntó sorprendida por la seriedad con la que le hacía una pregunta a
primera vista trivial.
—Me dijiste que había un muerto y que yo lo tenía que enterrar. Ya estuve pensando lo que quisiste
decir…

—Pará, pará —me interrumpió con una risa incipiente que a mí me fastidió—. ¿Yo te dije eso?
—Sí, y lo hiciste dos veces, porque te pregunté y lo repetiste.
—No te lo puedo creer —declaró al tiempo que lo que se insinuaba como una risa estalló en una
auténtica carcajada.
Me quedé observándola atónito, sin saber cómo seguir.
—¡Qué bueno! —exclamó—. No me vas a decir que no es el comienzo perfecto para un cuento: “Me fui
a acostar y mi mujer me dijo entredormida: Hay un muerto y lo tenés que enterrar vos”.
A la noche, mientras me metía sigilosamente en la cama, balbuceó: “Quiero que me haga un seguro contra insecticidas… ¡¿No me escucha?!, le estoy diciendo que los fumigadores son asesinos a sueldo”.

 

Sobre el autor

Maximiliano Costagliola (Berazategui, 1975). Es escritor, editor y crítico literario. Su novela El arponero del aire
(Seix Barral 2016) ha ganado el primer premio del Fondo Nacional de las Artes y ha sido finalista del premio Emecé.
Su segunda novela, Complejo de Dios, será publicada a principios del año próximo. Ha escrito para diversos
medios. Colabora habitualmente en el suplemento cultural El séptimo día.

"Biografía" de Carlos Rios

Tremendo, el tipo.
Hablaba solo, Nuestro Escritor, como los que nacen y viven toda la vida en el campo (donde el paisano, en soledad, habla con el mate o con la pava, siempre de a uno por vez; sustitúyase paisano por escritor y pava o mate por libro).

Todo lo que dijo está en sus libros y se lo dijo para él, cada palabra, cada signo de puntuación (¿? ¡!), cada vuelta de página no es más que un vientecito diseñado estrictamente para que abanicara su rostro; es así, basta ir a cualquiera de sus publicaciones para comprobarlo. De nada sirve hojear y mucho menos ojear; para el caso es lo mismo. Lo que está ahí, en ese artefacto hecho para la lectura, es una purísima exclusión (la de todos nosotros). Fuera de ellos, de sus libros publicados a la manera secreta de los espías, no hay nada; mejor dicho, hay un mutismo que de tan impersonal asfixia. En esa oscuridad tropiezan los sentidos, ¿para qué entrar en un barro del que hay que rajarse cuanto antes? En fin, resultará inútil la apertura de cierto congresito o seminario ti-ri-tí a orillas de un chapoteadero, a medias peninsular, a medias portezuelo de contrabando (ya funciona la ristra de mensajes y los papers, calentándose ante la convocatoria y propagándose como un refrito cuya mayor habilidad es moverse rápido ante la escasez de aceite).

A los veinte, dicen, Nuestro Escritor tiró al perro desde un quinto piso, donde vivía con su prima esposa (atenti, no es errata). Se dice que quería fiesta y al ponerse denso y por ende espesa la situación, el perro se puso del lado de la señora, hecho que propició el desborde y la posterior detención (del perro hay una foto, en el reverso puede leerse “Terry”, aunque no es posible detectar si es su letra o la de otra persona, menos que menos si fue él quien sacó la foto del animal sentado en un sofá, frente a la televisión). También se dijo que la mujer era una escritora de origen lituano, medalla de plata en gimnasia acuática allá por los años ochenta, cuando todo era otra cosa.

A los cuarenta y dos defecó en la puerta de la SADE, hecho que tuvo resonancia en el gremio porque el revisor de cuentas suplente, hombre conocido por su extrema puntualidad en las reuniones del organismo que empezó a sesionar en mil novecientos veintiocho, pisó con pie derecho el ensortijado soretón de Nuestro Escritor. La historia se supo porque había un letrero

con su firma, misma que remataba las siguientes palabras: “¡Esto es lo que son!”. No hubo dudas al respecto: estaba dolido porque el premio municipal lo había ganado Martha Edith Candioti con su libro Pesares y demonios. La acción fue aplaudida por los más jóvenes (entre los que me encontraba por esa época; quería ser poeta y deambulaba por los bares en busca de inspiración, lo único que pesqué fue blenorragia y un principio de cirrosis) y se escribieron en su defensa más de diez artículos en medios de la capital y del interior. Se supo, también, que Candioti sondeó la posibilidad de que tres o cuatro diputados forzaran una deportación de Nuestro Escritor, cosa que nunca sucedió porque los legisladores consideraron que las diferencias entre ellos rozaban el disparate y manchaban con su mierda a quienes se acercasen con ánimo de intervenir o porque sí, de curiosos nomás. Esto, como sucede con los temas culturales en nuestro país, cayó en el olvido. Y hasta dicen que nada de esto existió, que fueron rumores, fuegos irracionales que se apagaron en el mismo acto de prenderse.

(Toda esta mierdolaga es bien conocida dentro del campo literario y fuera de él; no tiene el menor sentido que se apunte acá, hasta me da paja escribir cada detalle, pero bueno, por algo hay que empezar).

El asunto ese —si escribió o no solo y resolo, para él solito, como loco malo— es central y divide al puñado de estudiantes y profesionales que quieren ocuparse de su obra, a la par que amplifica el interés en otras disciplinas —la antropología, la historia del arte y la sociología se lo disputan en un ring de bordes difusos— su figura es descubierta más allá de los países limítrofes. Especialmente en la República Federal de Alemania, donde son muy afectos a configurar archivos de cualquier artista (si son escritores mejor, todo resulta más fácil), no importa que la equis figurita haya pasado sin pena y sin gloria por los avatares culturales de cierto territorio con visos de nación, emplazado en la ingente y parcial Sudamérica: se ubica a la familia, se compra todo, en cualquier reducto universitario con sede en Alemania se guarda primero, luego hay que salir a buscar profesionales interesados que puedan decir algo más o menos decisivo sobre la obra capturada en los países de abajo. Forros del orto, todo se lo llevan.

Si escribió todo para él (es el asunto). Hay una primera posición al respecto, la más radical, y sostiene que todo escritor siempre escribe para sí mismo. No hay otra posibilidad. Punto. Y después está la otra: la escritura de uno, sin la lectura del otro, no existe. Es menos que nada. En este punto, debo decirlo, la cosa no me va ni me viene. Que cada uno haga lo que se le venga en gana. Que escriba, que lea. Que se pase los libros por el arco del triunfo. Si algo vale en este asunto, me parece, es la migración de datos de una base a la otra. Las posibles rupturas. La desconexión de una obra con el mundo y con su autor.

Apunto estas palabras mientras los vecinos de departamento discuten acaloradamente. Por suerte, pienso (¿por suerte?) no hay quinto piso ni perro. Voces entreverándose como nudos marineros hacen vibrar las paredes. Hay, por supuesto, una escala de reproches que finaliza en dos palabras: “vos”, “vos”, dichos con distintas entonaciones, en una voz de hombre y en otra de mujer, a veces las escucho transformarse o hacerse una voz que rompe el aire con su sola matriz, el odio y el rencor, escribamos que hay fricciones donde el amor hace lo suyo también, voces que se hacen una hasta ya no darme cuenta quién dice “vos” y quién “vos”; gritos, reproches de dos que piensan la relación para sí mismo, algunos dicen que es la única manera de que algo sobreviva. “Vos pensás solamente en vos”, dice ella, él le responde con las mismas palabras, ligeramente mezcladas: “Solamente vos pensás en vos”. Hay un pase de vajilla. Un vaso ¿un jarrón? cae al piso. El vecino dice: “Soy un boludo”. Ella se erige, una vez más, sobradora y dueña absoluta de la razón cuando le suelta un “¿Viste? ¡Te lo dije!”. Después nada, ponen una película donde se suman otros que gritan. Decenas, cientos de personas reventándose al gritar. ¿Es una guerra? ¿Será deporte? ¿Una tragedia nacional? ¿La catástrofe tan anunciada? El sonido de esos gritos me perturba, por encima de todo consiguen angustiarme cuando me llevan a la discusión que tuvieron, allá lejos y

hace tiempo, Nuestro Escritor y su prima lituana. Recuérdese aquel asunto del perro. El quinto piso. La pelea.

En su declaración judicial ella habrá dicho, todavía presa de la conmoción: “Aš turiu šunį” (Yo tengo un perro). Y al preguntársele sobre la relación que mantenía con su primo, entre lágrimas habrá pronunciado, no sin cierto espiralamiento idiomático, estas palabras que parecen provenir de una alegoría: “Niekas su manimi nedraugauja, manyje yra 60 procentų vandens” (Nadie sale conmigo, hay 60 por ciento de agua en mí).

Acá el hilo se pierde y la antena que hay en mi cabeza ya no capta las señales. Es un buen momento para retirarse y pensar, con un gran vaso de vino en la mano, sobre la eximición de las biografías.

* *

Ya es otro día (agosto, 23, 2016).

Nubes, tedio, un sol mezquino alumbra la casa al otro lado de la calle; la sombra de unas ramas sobre la pared proyecta un grupo de galgos en la nieve; el timbrazo del camión del agua; quejas del vecino porque el gas no le llega y ya lo quiere pagar; ¿soy un mal escritor cuando escribo que la incertidumbre se anuncia bajo la forma de una factura que no llega a destino? Leo en un libro de Mircea Cărtărescu (¿lo habrá leído aquella prima lituana?): “He querido contarlo todo sobre mí, absolutamente todo. Pero la ilusión ha sido más amarga si cabe, dado que la literatura no es el medio adecuado para decir algo real sobre uno mismo”. Es el epígrafe que esta historia necesita. El día está lindo y hay que lavar ropa, dejamos acá.

* *

MORALEJA

Asumido, el impulso biográfico
es un desperfecto

 

Sobre el autor
Carlos Ríos. Nació en Santa Teresita, República Argentina, en 1967. Es autor de los libros de poemas Media romana (2001), La salud de W.R. (2005), La recepción de una forma (México, 2006), Nosotros no (2011), Perder la cabeza (2013), Unidad de traslado (2014), Deserción en Ch’ongjin (2014), Excursión a Farandulí (2015), Un poema llamado novela (2016) y Cucarachas (2017); de las plaquetas Códice Matta (México, 2008) La dicha refinada (2009) y Háblenme de Rusia (2010); de las novelas Manigua (2009 / España y Brasil, 2016), Cuaderno de Pripyat (2012 / Francia, 2016), Cielo ácido (2014 / Chile, 2016), En saco roto (2014), Lisiana (2014) y Cuaderno de campo (2014); Obstinada pasión (Chile, 2015), Rebelión en la ópera (2015) y Un día en el extranjero (2015); y de los relatos A la sombra de Chaki Chan (Uruguay, 2011), El artista sanitario (2012 / España y Brasil, 2016), Casapuente (2014), Dos padres (2015), Las gallinas de Kauai (2016), Un relato infantil (2016) y La destrucción empieza por casa (2017). Actualmente integra el consejo editor de BazarAmericano.com, dirige el proyecto editorial de la Oficina Perambulante y coordina talleres de escritura en cárceles de la provincia de Buenos Aires.

El texto Biografía fue publicado en 2017 por la Oficina Perambulante.

"Naked Almagro" de Carolina Bruck

A través de la mirilla parecía una muñequita articulada de plástico: una Barbie morocha atrapada en un túnel cóncavo y despintado. Aunque quizá (por la superposición de bolsos de distintos colores) se la podía pensar como un Ekeko mujer con varios kilos de menos.

Por ese lado anduvo el epígrafe que me armé mentalmente de Luciana al abrirle, el que hubiera colocado si su foto estuviera en la sección Documentos de la revista en la que hago corrección de estilo cada mes: “Ekeka anoréxica, circa 2005, museo de cera, Soho, New York”.

Con la cartera vinílica y las bolsas de regalo, traía un sobre de papel madera grande bajo la axila. Lo dejó en la mesa del recibidor para abrazarme; cada diciembre, cuando nos visitaba a Pedro y a mí, no sé por qué, me abrazaba como si fuera su amiga de toda la vida. Ahora, además, estaba Matilde: tiernita, dulce, recién sacada de mis líquidos amnióticos.

—Hola, Sole, tanto tiempo. ¿Cómo se dice? Felicidades. No se te nota ni un poco. Uy, tenés un coso mojado en el medio de la teta.
Qué sería lo que no se me notaba ni un poco. ¿La maternidad?, ¿las felicidades?, ¿los resabios de la placenta en la entrepierna?, ¿la cuarentena?, ¿los tres meses sin poder terminar de leer una novela? ¿Era bueno que no se me notara ni un poco?, ¿no sería mejor que se me notara? Intenté tapar con un chal el pezón mojado que se transparentaba a través de la bambula blanca.  
—No es nada, dejá, si total ya no sale. Las tengo tan cargadas que me explotan. Me estaba ordeñando. ¿Vos cómo andás?
Luciana tomaba un vuelo New York Buenos Aires cerca del veinte de diciembre todos los años, para brindar con sidra La Victoria y garrapiñadas de Georgalos en el tres ambientes de Boulogne Sur Mer y Valentín Gómez en el que vivía su hermana con el marido y los trillizos. Desde la terraza del tres ambientes se veía el dormitorio de los vecinos y la azotea cubierta de hollín de un comedor peruano. Pero también el edificio de los setenta balcones y ninguna flor de Baldomero Fernández Moreno, y esa experiencia literaria, nos volvía a contar Luciana cada vez que nos visitaba en Navidad, le arrancaba dos o tres lágrimas.
Quizá por eso cuando la NYU le daba las vacaciones de invierno, ella interrumpía su tesis de doctorado sobre los rastros de los relatos aborígenes en la literatura escrita en Latinoamérica para visitar a los sobrinos y hacer la gira por las casas de los amigos de la escuela o los compañeros de facultad o los ex amantes que se habían quedado. Pedro, el papá de mi bebé, era uno de ellos. De los ex amantes. Como casi todos los demás, nosotros seguíamos viviendo en Almagro.
—Pedro se está duchando, la bebé duerme: te la muestro de lejos. Si tenés que hacer alguna cosa por acá cerca, hacé nomás. Si no, esperamos.
Titubeó un poco y finalmente puso los bultos sobre el sofá del living, que mamá había cubierto con papel film para que no se arruinara el terciopelo. En lugar de ella me hubiera rajado; el living olía a una mezcla de mierda y desinfectante; el piso estaba sembrado de toallitas húmedas y papeles de golosinas dietéticas de distinto tipo, que yo devoraba después de cada toma.
—Tengo algo para mostrarte —me dijo Luciana.
Agitaba el sobre como un sonajero; intentaba, creo, marcar el ritmo de la canción de cuna que sonaba en el equipo de música.
Quise agarrar el sobre pero no me dejó. Por qué se haría la misteriosa, si yo conocía el contenido. Cada diciembre, Luciana me traía una copia del paper que presentaría en la revista, para que se lo revisara antes de enviarlo al comité de redacción. El comité la aceptaba casi siempre, una doctoranda de la NYU como colaboradora permanente le daba lustre a una publicación del Tercer Mundo. Mientras tanto, yo corregía sus anglicismos.
—Esta vez es otra cosa. Un art project.
Ahora también era artista. Tenía los labios finos, pero se los delineaba por afuera y no se le notaba. Cuando sonreía, como después de pronunciar la frase “Un art project”, sí se le veían las arrugas que se le habían formado en estos años. En eso estábamos parejas, hasta podía decir que ella estaba más surcada que yo. Me alegré por eso, y también (un poco) por el art project. Al menos no tendría que corregirlo. Sentí un pinchazo en la teta.
—Si no te enojás, me tengo que seguir ordeñando. Para que se me emparejen.
—Así se dice: “¿ordeñando?”
Luciana puso cara de “ese verbo nunca sería aceptado por el departamento de estudios de género de la NYU” y volvió a guardar unos cartones que había empezado a sacar del sobre. Miró como distraída la puerta del baño. El ruido del calefón seguía retumbando en las paredes del living. Sacó de la biblioteca uno de mis diccionarios de dudas y se sentó a ojearlo en el borde de una de las sillas de algarrobo; parecía que se iba a caer en cualquier momento. Recién ahí me di cuenta: desde su llegada, no se le había borrado la sonrisa. Pensé que eso también favorecía los surcos, y nuevamente me alegré.
Desde el nacimiento de Matilde, la única mesa del departamento estaba cubierta de un vinílico de ositos, y sobre los ositos que (como Luciana) nunca dejaban de sonreír, se amontonaban el sacaleche eléctrico y el manual, las pezoneras, diferentes tipos de chupete que no habían funcionado con Matilde, óleo calcáreo y un pedazo de pan a esta altura un tanto verdoso. El sacaleche eléctrico me había pegado una patada y no lo usaba más; el  manual me recordaba a un novio de la adolescencia que insistía en morderme los pezones como si fueran un pedazo de chicle jirafa.

Así que tenía los dos sacaleches de centro de mesa y me ordeñaba adentro de un tupper con agua tibia. Mientras me apretaba las tetas y veía cómo una anguila blanca y delgadísima salía de mi pezón, y se desplazaba haciendo espirales en el agua, me sentía una especie de animal fantástico, autosuficiente.
Me acordé de que en uno de sus papers, Luciana había hablado de las fotos que los europeos tomaban a las indias latinoamericanas en tetas y del modo en que hablaban de esas mujeres, animalizándolas, en sus diarios de viaje. Había desarrollado en el trabajo una hipótesis sobre esa mirada, decía que en el modo de componer el cuadro, los viajeros mostraban una sensación ambivalente, entre un erotismo a lo Gauguin y un racismo a lo Julio Argentino Roca. Todo esto pude acordarme, así de golpe.
Luciana desviaba la vista, como si mis tetas rebosantes le ocasionaran algún tipo de pudor. Mordisqueé un chocolate dietético y, para que dejara de manosear el diccionario, le pregunté cómo se le había dado por esto del arte, por el art project.
—Por mi cara de latina —respondió sin mirarme a los ojos.

Me contó que, en realidad, ella no participaba ahí como artista sino como modelo, que una tarde los había visitado en el campus un fotógrafo que exponía en el MOMA y que se había quedado atónito delante de ella.
—Me hizo poner de frente. De perfil. Mirando para arriba. Con los ojos cerrados. Y me propuso lo del art project. Soy un prototipo de latina, para él.
Me miré con disimulo en el espejo del aparador. Entre la porcelana de mi abuela y una caja de ácido fólico vi al prototipo de la ojera. Una ojera violácea, con toques de gris y cierto contraste negro. ¿Qué diría el fotógrafo del MOMA frente a mis rasgos desfigurados, mi pelo rubio paja y la panza que insistía en sobresalir de las calzas? No parecía ser el prototipo de la latina; sin embargo, si salíamos a caminar por Almagro, seguramente más de uno identificaría a Luciana como turista extranjera y yo quedaría

mimetizada con el paisaje. Quizá Almagro ya no formaba parte del mundo latino, al menos del mundo latino que interesaba a los artistas en New York.
Luciana revolvía otra vez el sobre. Ahora sacaba los cartones y miraba las fotos con fascinación, pero no me las mostraba.
—Como tus indias —le dije en un rapto de inspiración—. Posaste como tus indias. Solo que en lugar de ser el fotógrafo el viajero, la viajera fuiste vos.
No me escuchó. No quise insistir en el tema, siempre es bueno tener un contacto afuera, aun cuando haya sido amante del padre de tu hija. Reclinada sobre los cartones que todavía no me mostraba, Luciana no era Salma Hayek ni Jennifer López. Por un momento, me pasó por la cabeza la beca que rechacé para no dejar solo a Pedro en su primer trabajo como restaurador en un museo nacional. También, la posibilidad de viajar a Barcelona que no consideré cuando pusimos todas las energías en buscar a Matilde. Y la búsqueda que se demoró dos años.
La dejé un minuto sola para cambiarme de camisa. Vi a la bebé dormida bajo la manta que había sido mía. Ese movimiento de los labios durante el sueño era un reflejo, no una sonrisa, había dicho el neonatólogo. Pero para mí se había equivocado.
Cuando volví al living, Luciana me extendió los cartones.
—A ver qué te parecen, Sole —me dijo—. Creo que a Pedro le van a interesar.

No parecía una Ekeka, claro, si no llevaba bultos encima. Tampoco ropa: Luciana estaba completamente en pelotas. De fondo: el puente de Brooklyn, una panorámica de Manhattan, la Quinta Avenida, el Rockefeller Center. Ningún erotismo a lo Gauguin, pero tampoco racismo a lo Julio Argentino Roca, ni siquiera el morbo de Woody Allen: el fotógrafo del MOMA practicaba una minuciosidad a lo libro de anatomía, pero sin el aura científica que otorgaba el anonimato. Me llamó la atención que Luciana tenía el monte de Venus casi totalmente depilado, excepto por una línea que cubría los labios. No me animé a preguntarle si ya lo tenía depilado así o había sido un pedido del fotógrafo: ¿sería ese el monte de Venus prototípico de las latinas?
Me acordé de un episodio un tanto confuso: yo tendría unos diecisiete años, empezaba a estudiar cine, y un director de cortometrajes me invitó a participar como actriz en una de sus obras. Nunca había estudiado actuación, pero la invitación me halagó mucho más que si me hubiera propuesto ser directora de fotografía. Al llegar al primer ensayo, el tipo me metió en una especie de quincho en el fondo de su casa; me esperaba una chica de mi edad vestida con una túnica negra: la representación estereotipada de la muerte. Me hizo poner una túnica blanca y me pidió que me acostara en el piso y que cerrara los ojos. Después de unas pocas palabras sobre el personaje que iba a interpretar (algo así como la vida o la juventud o la primavera) lo único que sentí fue la túnica de la otra chica rozándome todo el cuerpo y los jadeos del director que retumbaban en la habitación como si estuviéramos adentro de una cueva. No me atreví a abrir los ojos hasta que me dijeron que lo hiciera. La chica estaba en una esquina y el tipo tomaba notas. Volví a mi casa contenta por lo bien que había salido el ensayo. La película nunca se filmó. Una lástima: tendría algo para mostrarle ahora a Luciana.
—Y, ¿qué te parece?
 Frente a las fotos, como casi siempre me pasaba ante las obras de Pedro, no sabía qué opinar. Intuía que cualquier cosa que dijera sería incorrecta. No políticamente incorrecta, sino falta de verdad. Desde algún punto de vista, esas imágenes podrían ser interesantes. Siempre y cuando fuera otro monte de Venus y no el de Luciana el que apareciera en ellas. Desde algún punto de vista, esas imágenes podrían ser intrascendentes. Siempre y cuando fuera otro monte de Venus y no el de Luciana el que apareciera en ellas.
Mareada por tanta epidermis hiperrealista, no escuché que el calefón dejaba de hacer sonar campanas en el living. Entre las mostacillas de la cortina divisoria apareció Pedro, con una toalla en la cintura. Él también estaba sin dormir, pero en su cuerpo no se notaba tanto la devastación de los últimos doce meses. Sobre las fotos de Nude New York, así se llamaba el art project, se me sobreimprimió la imagen de Pedro desnudo, recorriendo el cuerpo latino y depilado de Luciana con una pluma de paloma. De fondo, en lugar del Rockefeller Center, se veía el templo evangélico que hacía pocos años había reemplazado al viejo mercado de las flores. Se me ocurrió que un proyecto así se llamaría Naked Almagro y definitivamente no pasaría la preselección del MOMA. Le hice una seña con la mano, que ella entendió.
—No se las muestro, entonces.
Luciana volvía a esconder las fotos en el sobre. Desde el cuarto se escuchó el llanto de Matilde: corrí a buscarla y la llevé envuelta en mi manta hasta el sillón de papel film. Pedro volvió a aparecer, esta vez con short y remera. Tomó a la beba en brazos y la apoyó en el parquet para que gateara.
Para cambiar de tema, saqué otra vez el diccionario de la biblioteca. Busqué las justificaciones para descartar los anglicismos que otras veces había encontrado en los papers de Luciana, y, con tono de cura párroco, comencé a leérselas. Le repetía detalles insignificantes —la grafía de las décadas y los años en español o las restricciones para el uso de los gerundios— como si no conocerlos fuera un pecado mortal.
Me sumergí en varios manuales de estilo para ubicar un adverbio un poco raro. Esperé su argumentación sobre los usos extranjeros de la lengua que a la larga van a terminar por ser aceptados. Pero no dijo nada. Entonces Matilde se me acercó gateando y estiró los brazos para que la levantara. Lloraba; parecían cólicos o alguna otra molestia incierta. La apreté contra mi pecho, revisé que su pañal estuviera limpio y me balanceé para tranquilizarla. No sonaba la canción de cuna, pero a mi hija la calmaba más el freno de los colectivos, las bocinas de los autos y los cantitos de una marcha que componían nuestra banda de sonido desde la calle Corrientes.
Ahora Matilde no lloraba más, se reía a carcajadas y me mordía los dedos. Entonces —por primera vez en varias Navidades— descubrí que Luciana me miraba. Pero me miraba con una atención ausente; parecía ciega.

Sobre la autora

Carolina Bruck. Cuando terminé primer grado, en una escuela de La Plata, no sabía escribir en español. Sí (cosa rara) dibujaba un par de letras en hebreo. Mis viejos me internaron en lo de una maestra particular, de voz dulce y caligrafía redondeada. Supongo que ahí está el origen de todo. Como para compensar esa falta inicial, me moví y me muevo por todo tipo de oficios vinculados con la palabra. Estudié Letras, conocí a distintos maestros: Báñez, Villoro, Pampillo, Sifrim. Escribo, edito, enseño a leer y a escribir, hago guiones de documentales. Publiqué los libros de cuentos Fast food, Las otras (Adriana Hidalgo) y No tenemos apuro, a este libro pertenece (Club Hem 2016) libro que contiene “Naked Almagro”.
Las otras recibió el Premio de narrativa de la Biblioteca Nacional y uno de sus relatos forma parte de la Audioteca de autores argentinos. El abecedario español no me lo olvidé; de las letras del hebreo solo recuerdo una, cuyo nombre Borges repitió en un cuento. Mejor no la menciono: para qué meterse en problemas.

"Las changas" por Francisco Magallanes

Fue antes que se dieran cuenta de la historia que cuelgo. Viste lo que es, Nene. Una locura, hasta yo me enamoro. Es como el edificio de Verón, ese rulero largo y grueso. Ya sé que soy un poco exagerado, pero en esta no miento. ¿O no, Nene? No importa, no contestés, seguí con tu changa.

Digamos me llevó un tiempito entender que era algo extraordinario. Cuando empecé a laburar para el Cala ni lo sospechaba. Hablando de sospechar ¿cerraste la puerta con llave, no? Entra un cliente o un remisero perdido y nos echan a los dos. Sos de confiar así que metele. Sos bueno, tenés clase y estilo como si lo disfrutaras parece. Yo te voy a enseñar para que puedas progresar. Lo primero que tenés que entender es que trabajando lo único que vas a lograr en toda tu vida es pucherear. Lo único que te va a sacar a flote alguna vez son las changas, y en eso soy maestro. La primera me apareció cuando vendía golosinas en el tren. Tenía apenas trece años y no me gustaba el colegio. Me aburría. Mi viejo no quería vagos en la casa. Me mandó a hablar con el Cala. Él manejaba toda la venta ambulante de la estación de trenes. Tenía hasta oficina dentro de la estación. Él me dijo cómo eran las reglas. Yo acepté. Esa primera semana me costó encontrar la venta. Todavía estaba verde. Entonces el Cala me compró un choripán, una gaseosa y me dijo yo te voy a ayudar, Nene. Me llevó hasta los galpones. Era un tipo bajito y flaco, una cagadita, pero me caía mejor que mi viejo, era un mostro, la tenía re clara, manejaba un montón de pibes, lo respetaban. No era un gil laburante. En los galpones había una humedad permanente. Lleno de vagones en reparación y algunas locomotoras monstruosas. Nunca había visto ni piezas, ni herramientas tan grandes. Se sentó en uno de los asientos de cuero y se bajó la bragueta. Ganate una changa Nene y te cuento los secretos para ser el rey de los vendedores, me dijo.

                                                  *

Por el mismo precio que venden los demás vos le sumás otro alfajor y un dios lo bendiga. Parece cuento pero funciona. Había vendedores con más de treinta años de oficio y yo era el más pibe. Flaco, desgarbado, chupado y melena finita rubia lleno de granos. Así como vos ahora Nene. Quién va a dar un mango por vos así de flacucho. Hasta parecés un poco enfermito. Bueno yo era igual a vos y fijate ahora, arrimando los sesenta soy un toro. Pero el Cala pensó en mí, como yo ahora pienso en vos. Me preguntó si me interesaban las changas. A mi me encantaba como sonaba esa palabra, pero mucho más me excitaba que tuviera que ver con la guita. Yo desde que conocí la guita no me interesaron más las figuritas. De pibe la comida no faltaba pero plata no había. Bille. Yo le sacaba dos pesitos de la cartera a mi mamá, y trataba de multiplicarlo, ya desde pibito te digo, Nene. Y como me dijo aquella tarde el Cala, si no lo hacés vos lo hace otro. Vos me entendés, Nene. Hay que laburar, pero la diferencia la hacen las changas. Yo me di cuenta enseguida, sí, en cinco o diez minutos ganaba lo que me llevaba cinco horas de vender alfajores. Yo empecé como vos hasta que uno se dio cuenta. Entonces las changas empezaron a ser más frecuentes. Un día me llevaron a un hotel y me tuvieron todo el día dando manteca. Todo carne de chancho. Si vos tuvieras esta nutria podrías hacer guita en serio. Te digo por más de diez años si te cuidás de la falopa. La firufa te quita potencia y te cuesta llegar a los diez palazos por día. Cuando me independicé tuve suerte porque me podrían haber limpiado. No son bebé de pecho pero cómo les gusta el bigotito de leche.

                                                       *

A ver mostrame Nene, sin vergüenza dale, yo te puedo conseguir una buena changa, no te olvides que sigo siendo amigo de Pablo, soldado de Pablo, y él siempre ayuda a los amigos, siempre hay una changa para todos. Igual lo tuyo no es lo que tenés entre las piernas, más golondrina que nutria, pero tenés buen sobre y eso siempre suma. Ojo, ojo, ojito, escuchame bien Nene, te tiene que gustar laburar con el cuerpo, vos fijate este nutrión ni se queja y empezó hace años a trabajar. Empezamos, digamos empezamos que el tipo no camina solo. Yo empecé con servicios a domicilio y telos en la época de los taxiboys y no le hacía asco a nada: gordas, feas, escuálidas, sin dientes, viejos, putos, travestis, lo que fuera que pudiera pagar mi hora. Todos clientes de la nutria, de este pedazo que hasta Borges o Einstein o cualquiera de esos cerebritos hubiera querido tener, te aseguro que hubieran cambiado todo por un cuadril así. Bueno que te voy a contar a vos, si lo estás laqueando por poco; no te preocupés que te aviso, ya te dije; tranquilo que lo puedo aguantar dos horas más que no te va a pasar nada. Te ganás otros veinte. Lo manejo con control remoto. Hablando del control remoto ¿No lo viste? Lo tenía clavado en el culo. ¿Te gustan estos barbudos que cazan cocodrilos? Ganan fortuna. En dólares. Lo que pasa es que te jugás la vida todos los días. Eso se cobra. Pensá, te agarra un cocodrilo de esos y te arranca el brazo, en el medio del pantano, te morís desangrado como un perro. No todos tienen la suerte de Daniel. Pobre Daniel, vos sabés que compartí un par de picados. Tipazo. Muy callado, pero buenazo, gente buena. Un asesor de Daniel, me ofreció buena guita por hacer la Ruta 2. Pintarla de naranja. Y ahora se echó todo a perder. Le dieron las changas a la 12. Mauricio como bostero me dio muchas alegrías, pero es un culo fino, la quiere toda para los suyos. Es tan gato que hasta los perros se dan cuenta. Yo sigo soldado de Pablo y eso que algunos, después de la tragedia o la catástrofe, abandonaron el barco como ratas de tribuna y ahora le hacen la segunda a ese tal Julio, que agarró todotodo. Pero yo nunca, tengo lealtad. Y además le tengo aprecio a Pablo. Son muchos años. ¡Las changas! ¡Qué culpa tiene el tipo si justo estaba de vacaciones! Me da una pena Pablito, Nene.

 

Sobre el autor

Francisco Magallanes. Nació en La Plata, República Argentina, en 1981. Estudió Comunicación Social en la U.N.L.P. Dirige las editoriales Club Hem Editores y Malisia Editorial. Es autor del libro de cuentos Los impuntuales (Club Hem, 2014); del libro de poemas El observatorio (Fa editora 2016) y de las novelas El palomar, El bibliotecario, El idilio, aún inéditas. Fue finalista en el VIII Concurso de Cuentos Haroldo Conti de la Provincia de Buenos Aires. Participó en diferentes antologías de la región. Trabaja con talleres experimentales de escritura y de seguimiento de obra y edición. Coordina los ciclos de lectura Hasta que choque China con África (narrativa) y Las 4 fantásticas (poesía).

 

"El propio peso del caracol" por Eric Schierloh

I am interested in art as a means of living a life;
not as a means of making a living
Robert Henri

día 1

Hace un siglo el sueño de las vanguardias artísticas era hacer de la vida una experiencia estética, es decir, hacer de una vida una obra. Llueve.

día 2

Pero se trata también de hacer de una obra, de cada obra una experiencia vital—de aquí la natural inclinación o tendencia a la experimentación con las formas, los materiales y los procedimientos. La miel se disuelve lentamente en el fondo de la taza de té rojo.

día 3

Si se opone a algo entonces la obra se opone—aunque con un movimiento más de aikido—al tedio de la repetición, y a la obligación —que es la madre de la deformidad. Oigo a mi vecino que maldice mientras intenta construir algo.

día 4

Significa que abrimos los ojos y nos levantamos día tras día y sumergimos la punta de los dedos en esa corriente donde nadan las ideas y después cerramos los ojos porque acabamos de encontrar algo en que confiar. El gato también reclama un desayuno.

día 5

Entonces las ideas son como peces, sí. Y hay que pescarlas (crear el tiempo para pescarlas) en la corriente de esa consciencia, en el agua de todo lo que vivimos—nuestro conocimiento de (y estadía en) el mundo. Me pregunto quién, acaso en la soledad de un refugio de materiales endebles, le habrá dado forma a la primera cuchara.

día 6

En unos términos la obra puede no tener sentido, aunque sí—y mucho—significado. El trueno dice algo muy diferente a lo que la lluvia sugiere.

día 7

Por más sencillo que sea o aparezca, todo, cualquier cosa en la obra, surge de un nivel más profundo e intuitivo. Antes de que por fin claree escucho revuelo de pájaros en la desnuda copa del fresno.

día 8

La obra es un dispositivo aproximativo, y aproximativa es la relación—y tensión—que guarda con el contexto de producción, los materiales y la vida que le hizo lugar—que la hizo lugar. El árbol de naranjas da naranjas de color naranja sólo después de haber dado una cierta cantidad de naranjas amarillas como limones que no saben del todo a naranjas, ni siquiera a naranjas amarillas.

día 9

En gran parte la vida artística consiste en hacer tiempo y lugar para que las cosas ocurran—para intentar pescar, simplemente. El perro duerme una siesta que es también una invitación.

día 10

El des—tiempo y el des—fase de la obra. La obra llega cuando llega al lugar que llega—demora y desencuentro. Suena el teléfono pero cuelgan antes de que pueda decir nada.

día 11

Hacer las cosas nos permite ver más claro el elemento extraño—lo que en principio sólo habíamos intuido—la intuición es la unión momentánea de la emoción y el intelecto. El suelo de piedras está cubierto por un manto de hojas color ocre.

día 12

La obra como glitch en el mapa de la realidad. Las larvas de mosquito sisean con sus cuerpos hacia un futuro in/cierto.

día 13

La vida se repite—lo que cambia en todo caso es la forma en que atravesamos esa serie de momentos repetidos. Recuerdo una nutria nadando en una laguna no lejos del mar, que de pronto se esconde entre unos juncos y después desaparece.

día 14

La obra no es un altoparlante—la obra es un estetoscopio. Dos o tres colibríes tornasolados han de estar arremolinándose en torno al agua con azúcar, y chasquean desde adentro de sus gargantas sedosas.

día 15

La obra da forma a una experiencia que día a día insiste en borrarnos; es testimonio de esa experiencia—mientras ocurre—en tan sólo el fragmento de una vida y en el espacio de una obra. Las hormigas negras se adentran en la casa—lloverá pronto.

día 16

Todos reflejamos el mundo en el que vivimos. Mi mujer teje en la mañana nublada.

día 17

La obra en el ovillo de la consciencia. La obra como momento y fragmento urdido a partir del ovillo. Croan las ranas, también.

día 18

Hay en la obra un anhelo de retornar a su origen lírico—como la arcilla que a partir de un espacio no sensible da forma a un cazo. Pasan los primeros doce minutos de una hora diurna.

día 19

La naturaleza—el papel, el metal—se suma al trabajo de construcción del hombre—el resultado es orgánico, entonces. Almuerzo una manzana roja con cáscara.

día 20

¿Dónde si no podrían coexistir cosas que en principio no están relacionadas? Eso nos ayuda a entender cómo funciona la unidad en medio de la diversidad. Hay un puente no lejos de acá al que vuelvo todo el tiempo—como ahora.

día 21

Tiende a la invisibilidad, al relevamiento—al no-lugar. Hay que oír. Tomo mate junto al perro echado que brilla en un triángulo de luz solar.

día 22

Ser una voz a través de la mano y aprender con la práctica a enseñar los frutos de la paciencia de haber pescado. Por el camino de tierra.

día 23

Porque en cierta forma la obra, al igual que el nacimiento a la vida, contiene en sí misma su propia esencia, que no es otra que su desaparición—mientras tanto. El aire huele en parte a guiso y en parte a madera lijada.

día 24

Aunque experimentar la alegría de hacer es ya suficiente. Anochece y las garzas rezagadas vuelan aún más lento.

día 25

La obra—lo que sea que hagamos en términos de obra—nos fortalece cuando regresamos al mundo. Ausentes del mundo en el espacio de la obra en el mundo—que es el mundo. Agua para una tetera que durará toda la tarde de trabajo en la casa/taller.

día 26

Hasta que el lapso y el silencio se hacen evidentes como partes de la obra. Mi hija corta papel con una tijera.

día 27

La obra se/le hace lugar. Hago pan para cuatro.

día 28

La obra habla de sí misma porque la obra está continuamente desapareciendo. Busco lombrices entre las plantas de tomate.

día 29

No vivir de la obra ni para la obra—vivir con la obra, que es vivir la obra. Estoy interesado en el arte como forma de vivir una vida; no como medio para ganarse la vida, dice Robert Henri.

día 30

Hay un elemento extraño en toda obra, algo del inconsciente de quien la produce que contiene la forma de la obra que seguirá—una especie de Eva mitocondrial. En la semana nueve el feto femenino tiene ya dentro de sí los óvulos que producirá en su vida, por lo que puede afirmarse que la madre contiene en el vientre a la hija y a sus nietos.

día 31

La obra es una trans—formación. Lo que es cierto es que el caracol no avanza más allá en la hoja que no soportaría su propio peso.

                                                     (Mar de Cobo; verano de 2015)

 

Nota

En el año 2015 mi amigo Juan Pablo Montero acometió la proeza de realizar un calado en papel por día, una palabra puesta en un nuevo contexto por cada día hasta cubrir un año calendario, lo cual a mí me pareció, casi desde el principio mismo, una empresa herzogiana. Una vez concluido el experimento (pues se trató también, en cierta forma, de un experimento), y pensando en una futura publicación, se le pidió a doce escritores que se ocuparan de escribir un texto alusivo, un escritor por mes. Me pareció entonces que lo que podía hacer era intentar emular tanto su ímpetu como el procedimiento, creando el espacio para sucesivas reflexiones como saltos en el encefalograma de la rutina, tratando de pescar cada una por separado para transcribirla luego al conjunto—la serie de reflexiones que finalmente conforman este diario de 31 días-notas. Una idea al día y una a la vez; una idea sencilla y minúscula, sí, pero que vibra porque nos roza en el mientras tanto de otras tantas cosas con aquella electricidad que solía flotar sobre el vidrio hueco de las ya viejas y lejanas pantallas de tv.

 

Sobre el autor
Eric Schierloh (La Plata, 1981). Publicó las novelas Formas de humo (2006), Kilgore (2010), Donde termina el desierto (2012), El maguey (2016) y La mera tierra (2017) y los libros de poemas Costamarina (2012), Los cueros (2014), Frío en las regiones equinocciales (2014), El mamut (2015), Troglodytes (2017) y Por el camino de tierra (2017). Ha traducido a Herman Melville, Henry David Thoreau, Theodore Enslin, D.H. Lawrence, Richard Brautigan y William S. Burroughs, entre otros. Vive en City Bell, desde donde dirige la editorial artesanal & hogareña Barba de Abejas.

 

 

 

 

"La muerte de la vaca" por Camila Sadi

Hoy vino María. Flaca, acelerada. Vestida con cosas chicas que le quedaban grandes. Cada vez que viene busca resucitar la voz de la infancia.

Le sale y yo me río. Le digo nena. Inspiro y levanto la nariz, parece que se me respinga. Yo sé de qué me da aires eso. Dice que no, pero le gusta cuando le digo que es una araña. Le regalo ropa para que junte polvo en su placard, porque esta casa está tan limpia que ni siquiera ese gusto pueden darse mis abrigos. Por eso que viene acá a pasar mal el trapo, pero no gasto mí tiempo, a esta edad una paga lo que sea para que hagan las cosas sin joder.

Una viuda negra es. Peor. Lleva a su víctima al borde de la muerte y la cura para volverla a torturar. También lo hace de buena, calculo. Es que ama tan grande que entran también el resentimiento y el dolor. La envidia, por todo eso que no es y sospecha nunca será.

Espero no estar cuando se dé cuenta que espera, que permanece nomás. Me obliga a mentirle para justificar su admiración hacia mí y yo, yo no le creo que está sola.

Toma agua, y se abanica. Escribe. Se le cierran los ojos. “¿No se cansa?” me pregunta, yo señalo cuaderno con los ojos. “Estoy muy vieja para cansarme”. Respingo la nariz sin moverla, tomo aire, seguimos. De a ratos me duermo, ella mira.

Le gusta cómo comparo a la gente con insectos. A veces me mira con miedo, como si yo en cambio fuese persona. El bicho que no mata me asusta más, en general es el último que se muere, en general es el que más lastima. A mí me lastimaron muriendo, porque para todo fui siempre espectadora.

Hace unos días que María tiene olor a cigarro. No llora. No se le puede llamar risa a ese chillido. Euforia forzada es, como su inocencia. Ya no le da miedo decirme que odia, pero se cuida porque sabe que en cualquier momento me canso y no le pago más.

Me habla de un marino y de un médico. De una hija vengadora, de un italiano infractor, de un amante suicida. Me habla de todos porque de todos es víctima. Menos mía. Yo soy su fantasma o ella el mío. Más bien, soy el ego que una vez perdió.

Las dos vivimos en retrospectiva. Hablando de gente que nos llevó tan profundo en algún sentimiento que llegamos hasta el centro, en donde cada sentimiento es todos. Recordamos, decorando con humor un presente que no supimos valorar. Aunque ella cada vez le dedica más tiempo. Creo que se dio cuenta y está desesperada. Se dio cuenta de lo patético que es adorar a Dios si nos odia. Le dije que la prefería cuando era más gordita. Las arañas de patas finas son las más aburridas, solamente decoran alguna esquina. Los adornos no pueden ser felices.

Me sumerjo y aunque abro los ojos no veo nada. Es que con los años le echo cada vez más cloro al agua para que no se pudra.

Hace días que no viene así que llamé a la casa. Se piró, me dijeron. Era esperable. Estamos en contacto. Y en esta comunicación que no se toca me voy enterando. La reemplazo para no estar sola. La reemplazo para seguir. Ya no va a volver.

Me consumo como ese culo gordo y arrugado al que cada vez le faltaban más partes. Cada vez estoy más grande. Cada vez soy más como una nena. La verdad debe ser un árbol. Orientada, recortada, disfrazada y hasta vestida para que dé sombra donde más nos conviene, y nos olvidamos que las cosas son de por sí de una manera. De por sí y sin nosotros. Pero siempre que haya ojos para mirarlo, el árbol pierde.

¿Hace cuánto no salgo a la calle?

Como la verdad y como un árbol, mis raíces están en lugares tan oscuros y profundos que no pueden ser vistas sin arrancarlas. Marita, como el árbol, la verdad y como yo se la pasó transformando en oxígeno al veneno, pero no es como nosotros.

Adopto su voz porque siento en mi respiración que me vuelvo joven. Tan joven que apenas hablo. Como un recién nacido, con todas sus inconveniencias. Hasta que presiento que vuelve mi hora de ser feto. Y no digo adiós ni nada, pido nada más que estén seguros de que esté lejos cuando empiecen a nombrarme. Quiero ser otra durante mis homenajes.

Sobre la autora
Camila Sadi. Pocos datos me parecen esenciales para una descripción de mi persona, pero en este atisbo de biografía supongo que es importante decir que nací el 5 de abril de 1997 en la ciudad de La Plata y que desde entonces tengo una familia muy grande, terminé el colegio, adopté mascotas, asisto al taller de narrativa de Juan Bautista Duizeide y empecé una carrera. Escribo también. Lo que puedo. Lo que después de recorrer el cuerpo sale por las manos. Un poco de eso dejo en esta antología.

 

"Austral" por Paula Tomassoni

El vacío crece y nos comerá, tal vez infinitas veces
Mariano Dubín

Austral

En la ciudad corre un rumor: la dueña de la estancia estaba loca. Pensás que quieren instalar una leyenda para fomentar el turismo. Esa excursión es la más cara de todas las que ofrecen en la isla.

Hay una ruta por tierra que lleva al lugar, pero el modo tradicional de llegar es en barco. Cruzás el canal, parás en la pingüinera, y al final del recorrido arribás a ese lugar del sur del mundo, no antes de las dos de la tarde, con hambre y la cámara de fotos casi sin batería. Un viejo de pelo y barba rojizos está esperando en el muelle junto a sus hijas, mellizas de unos cuarenta años. No son gemelas, así que no se parecen. La de pelo más largo sostiene una carpeta abrazándola contra el pecho. Sonríe. Los tres, desde el muelle, sonríen. Son los únicos que quedan viviendo en la estancia: la madre murió hace algunos años, ninguna de  las hijas tiene herederos. El viejo tira una soga hacia el catamarán para amarrarlo. La playa está minada de mejillones enormes. Los turistas bajan a tierra firme. El viejo saluda en inglés. La hija anota en la carpeta la cantidad de visitantes.

Todos los guías que trabajan ahí tienen menos de veinticinco años y estudian Licenciatura en Turismo en alguna universidad del continente. Ninguno es de la isla, pero viven en la estancia la temporada completa. Acompañan a los visitantes en el recorrido, contando de memoria (en inglés y español) la historia de la familia que hace doscientos años vino de Europa a poblar estos campos australes: “Los primeros habitantes del lugar”. También sirven las mesas del Restaurant y la Casa de Té. Barren, y lavan la vajilla. Sonríen.

En la entrada del Restaurant hay una valija abierta. Es, en realidad, un baúl antiquísimo. Hay algunos libros y sombreros puestos como adorno. En la pared, un espejo, y al lado, un cuadro con un mapa de la isla. Es un mapa educativo. Tiene un título: Flora y Fauna del Sur de América. Hay dibujitos de animales y plantas con sus nombres, desperdigados por toda la superficie, terrestre y marina. Te sorprendés: los onas y yamanes figuran como parte de la fauna, dibujados con sus canoas y armas de caza.

A la vivienda de la familia la trajeron hace más de cien años, en barco, desde Inglaterra. Tiene dos pisos. Es de madera. Sobre un costado ostenta un balcón cerrado. Está rodeada por un jardín maravilloso, cultivado trabajosamente. Más arriba, al final de un camino quebrado que se pierde entre rocas, está el cementerio.

En el cementerio están enterradas las cuatro generaciones de irlandeses dueños de las tierras, y sus sirvientes.

En la estancia hay un museo de huesos marinos con esqueletos de animales en exposición. Pingüinos, orcas, lobos de mar. Es un lugar moderno y bien ambientado, pero todo ahí adentro huele a muerte, o a como te imaginás que puede oler la muerte. Es un olor fuerte, pringoso, que invita al mal gesto y a la arcada. Además de haber uno de cada uno en exposición, ejemplares de todas las especies del mar del Sur están desarmados, clasificados y guardados en ese almacén de huesos. Cada uno en su caja, con sus etiquetas. De algunas especies, hay más de mil.

Cerca, la Casa de los Huesos: una construcción pequeña en donde esperan que los cadáveres terminen de pudrirse para poder limpiar la osamenta. La guía del museo, bióloga marina, explica su trabajo: encuentran a los animales muertos en la playa, aceleran el proceso de descomposición, los limpian, clasifican sus huesos, los guardan. Caminás por los senderos de piedra que enmarcan las instalaciones. Alrededor de la Casa de los Huesos hay grandes tachos tapados, algunos sobre hogueras apagadas, otros a ras del piso. Tienen agua y cuerpos pudriéndose. Si destapás alguno, cualquiera, vas a ver eso: cuerpos pudriéndose. Tejidos, dice la bióloga becada por el Conicet. Cuerpos pudriéndose, y su hedor.

Toda la estancia es un lugar de muerte. Si sos un animal, vas a parar a una caja en el ropero. Si sos un familiar, al cementerio. Si sos un yamán, no queda claro adónde.

Si la pasaste bien, dicen los guías, podés comprar un souvenir. Hay remeras, mates, imanes. Tienen distintos motivos: faros, pingüinos, toninas overas. También hay alfajores y peluches.

La mujer se volvió loca, dicen, cuando se le murió el hijo. Seis años tenía, y nadie lo vio caer del muelle, pero apareció un tiempo después en la playa. Intacto, porque con las bajas temperaturas, en la isla los cuerpos no se pudren fácilmente. Hay que hervirlos y hervirlos en los tachos gigantes hasta llegar a los huesos.

Hervir los huesos es todo un programa. Lleva muchas horas y obliga a turnarse en la vigilia, tomando mate, té con limón, echando leña para que el fuego no afloje. A veces la mujer, que compartía esa ronda con los empleados del museo, hablaba de Thomas, su niño. Era más chico que las mellizas, muy rubio y con pecas en la cara tan blanca. En el relato no lo llamaba por su nombre, cuando hablaba de él, con la mirada perdida en el frío, decía “el hijo”.

La isla es la única superficie terrestre de esa latitud austral, y las corrientes marinas, con la fuerza del mundo, llevan a los animales muertos a sus playas. Cuando había pasado un día entero y el chico no aparecía, fueron a buscarlo a  los acantilados, a unos cuantos kilómetros de la estancia. Esperaron, hasta que el mar se los devolvió allí, pálido, congelado, intacto.

De tanto juntar huesos y de tanto no saber qué hacer con la plata que había heredado en Irlanda, la señora fundó ese museo, para investigar la fauna fueguina. Los museos, sabés, son los lugares donde nada cambia, son templos de lo inalterable. Escuchás atentamente a las guías, dos jovencitas que te cuentan con adoración cada fase de la construcción del proyecto y el lugar. En la pared principal, en la entrada, hay una foto de la señora con su familia. En la escena ya no está el hijo.

Subvencionó científicos, montó un laboratorio, mandó a construir la Casa de los Huesos. Nadie supo que estaba loca hasta sus últimos días. Ya vieja, se paseaba por el parque, alta, flaca, vestida con un pantalón de jean de tiro alto. Siempre usaba poleras oscuras y el cabello gris sujeto en la nuca con un gancho plástico. Paseaba como perdida, como buscando algo. Rondaba las construcciones, se enredaba entre los esqueletos de ballenas exhibidos para los turistas. Levantaba las tapas de los tachos hasta que el olor a muerte le avisaba a alguno de los guías que la señora otra vez estaba tocando lo que no correspondía. Entonces avisaban al viejo, o a alguna de las hijas, que se la llevaban con cuidado a dormir.

Una vez la descubrió Lucas, un cuidador, junto a uno de los tachos, con los brazos bien metidos en el agua podrida. Revolvía y hurgaba como si algo se le hubiese caído. Cuando le preguntó qué buscaba, ella, sin mirarlo, respondió que al hijo.

La enterraron en el cementerio de la estancia. El viejo sabe que, cuando se muera, también va a ir a parar ahí, que es el lugar adonde las cosas cambian despacio. Van a enterrarlo en la ladera de la colina: al lado de su esposa, debajo de sus padres, arriba de su hijo. Es injusto, cree el viejo, que la tumba del niño esté allí mientras la suya sigue vacía.

Paseando entre los lupinos de colores, le preguntás a la guía si puede visitarse el cementerio. Te mira extrañada, como ofendida. Te dice que no. Por respeto a la intimidad de la familia, solo los puntos que están marcados en el folleto son los que pueden recorrerse. Te gustaría ver esas tumbas, ver el lugar que espera al viejo, y más abajo, los lugares que ocuparán las mellizas. Te preguntás si eso será todo, si serán las últimas enterradas allí, si sobrará tierra sin muertos, ahora que la familia se acaba. La guía gira sobre sus talones y en voz alta convoca al resto del tour, para invitarlos a aprovechar la promoción de dos por uno que entra en vigencia, en unos minutos, en la Casa de Té. Hay tortas de chocolate y nuez. Infusiones varias. Una salamandra encendida te invita a sacarte el abrigo. Anochece tarde, en la isla. En la estancia, hasta el dulce de algarroba huele a muerto.

 

Sobre la autora

Paula Tomassoni. Nací y vivo en La Plata. Los primeros libros en los que hurgué fueron de la colección Robin Hood. En la escuela secundaria leí a los clásicos mientras, paralelamente, en el taller de Gabriel Báñez iba completando mi biblioteca con los otros: Vian, Sarduy, Briante. Un amigo entrañable me hizo conocer a Walsh, cuya lectura jamás abandono. Estudié Letras en la UNLP y gracias a ese título tengo un trabajo que me encanta: doy clases de Literatura. Durante muchos años escribí cuentos, pero cuando finalmente publiqué un libro, fue una novela: Leche Merengada, que salió por EME en el 2015. El mismo año la editorial Modesto Rimba publicó Pez y otros relatos, mi libro de cuentos. Algunos de mis relatos han salido en colecciones y antologías colectivas. También escribo reseñas de libros para la revista Bazar americano. Eso, y alguna otra cosa más, arman mi recorrido. “Leo y escribo”, lo resumen.

"Diccionario" por Ramón D. Tarruella

Perverso. Que obra con mucha maldad y lo hace conscientemente o disfrutando de ello.

La definición parece caerse del cuaderno, una peripecia le permite unirse al resto de la oración, Juliana lo sabe pero no quiere estropear el orden original del cuaderno, los márgenes es el espacio elegido para sus acotaciones, en color azul y letra diminuta, la más diminuta posible para que ingrese todo el significado sin alterar los espacios. Las últimas palabras se sostienen languideciendo hacia abajo, sin embargo ella está conforme cómo se distribuyen las palabras suyas y de ese otro, el extraño, el propietario del cuaderno.

Ahora Juliana retorna al cuaderno, domingo 6 de mayo dice el cuaderno, y justo una semana después de ese 6 de mayo, ella abandona la taza en un rincón de su mesita de luz, para apoyar sobre sus faldas el diccionario Espasa-Calpe, siguiendo la recomendación del profesor de Lengua y Literatura para mejorar su ortografía y leer, leer mucho también le había aconsejado el profesor, así de simple, leer dijo el profe, una vez que le entregó el examen y le había anotado, al final del examen, debajo de la nota, “Cuidar la ortografía”. Y una vez terminada la clase, ella se le acercó para resolver las faltas de ortografía, dos puntos menos por las faltas de ortografía, “leer todo lo que puedas”, dijo él, apoyando su mano derecha sobre la carpeta de registros, ya cerrada, con su tarea lista y a punto de abandonar el aula, y volvió a repetir el consejo.

Leer, simplemente leer. Y esa misma noche, decidida a asumir uno de los consejos del profe, lee un diario de alguien, extraño, ocupante de la habitación 215, un diario íntimo de letra clara, lo único que entorpece su lectura son las palabras desconocidas y para eso el diccionario Espasa-Calpe, segundo consejo del profe, diccionario propiedad de la señora Gómez Victorica, dinástica familia de tertulias y eventos en la ciudad, donde trabaja hace un año y de donde apenas se había llevado un cenicero de cerámica, unos aretes rojos y pequeños utensilios extraños, y cuando ella comenzó el plan Fines y descubrió sus faltas de ortografía y llegó el consejo del profe, entonces, se llevó otro objeto de la casa, esta vez por necesidad y del segundo piso, de la biblioteca de enciclopedias y manuales, un diccionario Espasa-Calpe del que sólo ella advertiría la ausencia, sólo ella sabía del orden de ese segundo piso luego de cada limpieza. Y fue un jueves de Semana Santa, la casa sola, el hijo mayor durmiendo y ella que por decisión propia comenzó a limpiar ese segundo piso, sola y en silencio buscó el diccionario y luego también supo disimular la ausencia del Espasa-Calpe, año 1956.

Y semanas después, varias semanas después y de noche, ese mismo diccionario permanece apoyado sobre sus faldas, y encima del diccionario el cuaderno, dos objetos que hacía tres días ocupaban la mesita de luz, desde que se había llevado del hotel ese cuaderno espiralado, de letra ajena y de propiedad incierta, ahora su lectura elegida y que va y viene de la mesita de luz a sus faldas, haciendo suyo los márgenes del cuaderno para redactar los significados de las palabras desconocidas. Perverso. Que obra con mucha maldad y lo hace conscientemente o disfrutando de ello. Página 382 del diccionario. Entonces sí, ahora sí retoma la lectura del domingo 6 de mayo, a la muchacha que cumplía años, un cumpleaños que festejaron un sábado a la noche, en el patio de la casa de la muchacha, y que él, el propietario del diario, desde su casa podía ver, todo pudo ver, según lo había contado en el diario.

Al retomar la lectura, y a medida que avanza en el diario, en ese domingo 6 de mayo, Juliana, con la parsimonia de la soledad y la noche, reconstruye el patio de esa casa vecina y a las chicas bailando ya pasada la medianoche, un anónimo dueño del diario que se había ocupado, al otro día del cumpleaños, en describir a chicas de 16 o 17 años, cinco chicas solas en el patio de la casa vecina y bailando cumbia, y él mirándolas desde la ventana de su altillo, la luz apagada del altillo, en penumbras y en silencio.

Penumbras. Estado o situación en que hay poca luz pero no se llega a la oscuridad.

Y él, en penumbras, solo como Juliana en su propia pensión, se encontró con una preocupación impensada un sábado a la noche, unas chicas moviéndose para ellas, echando hacia adelante los pechos sin tamaños definidos, arqueando las curvas para sí, entre las mismas chicas, en un rectángulo breve, cinco, seis chicas ensayando la lección erótica, incipiente, un escenario que él descubrió y un día después, lo reconstruía en el diario, para culminar con una pregunta sin destino: “¿Es acaso perverso masturbarse con chicas que pueden ser mis hijas?”, una pregunta que repetía ese 6 de mayo, domingo en su diario, ahora en otra ciudad y en otras manos.

Juliana lee tres renglones más y vuelve a pensar a quién le habría robado el diario, un cuaderno que se llevó por su manía de siempre, en su paso efímero por el hotel, un trabajo por cinco días, el mismo tiempo que duró el Congreso en la ciudad y por eso necesitaron tres mucama más, cinco días para el Congreso de Educadores de Medio Ambiente, un hotel con un movimiento único para esa época del año. ¿Dónde viviría ese hombre que ocupaba la 215?, ¿acaso los hombres adultos y académicos de la gran ciudad tenían todos esas fantasías? Sentada sobre el respaldo de la cama, desvelada, enumera preguntas mientras el diario permanece en sus faldas, una carilla entera dedicada para el domingo 6 de mayo, unos días antes de esa noche en que Juliana enumera preguntas e intenta imaginarse un patio trasero y al aire libre, Juliana con el cuerpo tapado hasta el inicio de los pechos, pensando en lo que se puede observar desde un altillo, un catedrático y congresista, como le decían los dueños del hotel a cada uno de los invitados, un congresista y docente que se masturbaba, un sábado a la noche.

En el tercer día de trabajo en el hotel descubrió el diario, al levantar un bolso grande, al pie de la cama, un movimiento necesario para pasar la aspiradora en toda la 215 luego de limpiar el baño y renovar las toallas y el jabón, el bolso grande pero liviano, un cierre a medio abrir y el vicio de Juliana de revisar los rincones huidizos, los espacios entre un último libro y el estante, o la parte de atrás de la mesa de luz, lo mismo con los bolsos de viaje o carteras con cierres flojos, y en muchas ocasiones, por esa clandestina curiosidad, Juliana terminaba por apropiarse de un objeto, y otras veces tan solo se conformaba con conocer el orden de los objetos de la cartera de su patrona o ver las cosas que los niños de la señora llevaban al club. Esa mañana fue el cuaderno tamaño A4, una letra alta y manuscrita, un cuaderno por encima de dos libros de títulos largos y de palabras inentendibles, al costado dos remeras sin uso y un calzoncillo, y fue el cuaderno con la letra cursiva lo que despertó su curiosidad, una sospecha que la llevó a ubicarse en cuclillas y el primer intento de leer qué le había sucedido a ese hombre, un 17 de marzo, miércoles, un día sin mucha actividad, unos seis renglones y un espacio, y luego otro día, el domingo 21 de marzo. Y ese día, en el hotel, no quiso demorar más tiempo, le faltaban las habitaciones 216 y 218, y entonces se apropió del cuaderno, las sábanas nuevas y la colcha estirada, lista la cama, y ella que abandonaba la habitación, el cuaderno amarillo escondido bajo el delantal de trabajo para luego meterlo en su cartera.

Pero el trabajo en el hotel ya había terminado, el Congreso finalizado, sus participantes de regreso y Juliana en su habitación, aprovechando como pocas veces el diccionario, copiando significados en los márgenes del cuaderno y preguntándose quién es ese hombre que desde un altillo de su casa podía masturbarse con seis adolescentes, y por qué el mismo había escrito “podían ser sus hijas”, unas chicas que ensayaban una sensualidad que en breve pondrían a prueba, en otro cumpleaños o en un boliche, ya con nuevas intenciones, las adolescentes jugando unas con otras, una música de cumbia de los ochenta, y todo según lo que escribió ese hombre el domingo 6 de mayo, al otro día de la desmesura.

Desmesura. Descomedimiento, falta de mesura.

A tres días de la desmesura, el hombre se reencontraba con su ex novia luego de ocho años de finalizada la relación, una cena en la casa de él, apenas una botella de vino y el sexo, en el mismo living, lejos del altillo supone Juliana, y ella, en la habitación, con la débil luz de la lámpara intenta imaginar a la mujer, la ex novia del hombre, según el diario del miércoles 9 de mayo, “las tetas eran dos sandias blancas”, y “un culo como zapallo podrido” escribía ese hombre, un miércoles 9, otro día que supo entretener a Juliana, a tal punto que posterga el repaso de la lección de Historia, a dos días de rendir un examen, preocupada ahora por imaginarse a la mujer, la ex novia del hombre. Y también volver a imaginar al hombre del diario. Al principio lo cree peligroso, y eso despierta en ella un deseo de conocerlo, en alguna situación posible a pesar de que lo piensa peligroso, es la misma tentación que la lleva a leer, nuevamente el diario del domingo 6 de mayo y el cumpleaños en la casa vecina, las chicas ensayando sus cuerpos, “las tetitas nuevas y frescas” escribió él, el congresista, académico que días antes de ese domingo y en el mismo diario, confirmaba que en Santiago de Chile se publicaría un artículo suyo, él mismo congresista y académico que había sido invitado al Congreso y que se preguntaba si era “tan perverso masturbarse con chicas de 16 años”. Y la intriga, de un momento a otro, lleva a Juliana a memorizar los rostros que supo ver en el hotel, si acaso uno de esos hombres, indiferentes siempre por los pasillos o en el salón comedor durante el desayuno, era el dueño del diario. Es esa nueva tarea que la desvela, con luz débil y sola, olvidándose del texto sobre el primero gobierno de Rosas y el contexto internacional, la suma del Poder Público y la creación de la Mazorca.

Así, en ese rato, recuerda los rostros de los hombres que ella pudo ver en el hotel, buscar en esos rostros al que corresponde a ese hombre que surgía de esas líneas, y piensa en esos rostros que desayunaban antes de rumbear hacia el Congreso o merodeaban en el pasillo luego de dejar la llave de su habitación, con pasos apresurados y charlas íntimas, la privacidad que ningún pueblerino podía alterar. Y Juliana se anima a imaginar que cada uno de esos hombres, convocados a una ciudad que pronto olvidarán, lleva un diario idéntico con ese tipo de escenas, con preguntas tan osadas como “¿acaso es perverso masturbarse con chicas de 16 años”. Es posible que muchos conservaran ese tipo de dudas en textos que nunca, nadie podría leer, salvo ella, Juliana, en su pensión y postergando la lección sobre el primer gobierno de Rosas.

Masturbar. Acción para estimular los órganos genitales o de zonas erógenas con la mano o por otro medio para proporcionar goce sexual.

Lo anota en uno de los márgenes, luego de leer por segunda vez el día domingo 6 de mayo, y con el lápiz de estudio, el mismo con que subraya las ideas principales de los textos, remarca en el diario la palabra “masturbar”, la tentó saber con qué palabras el diccionario define el acto de masturbarse. Jamás ella había compartido sus fantasías, menos aún contó las veces que se masturbaba, eso piensa Juliana, sola, en una habitación en la que nunca había tenido otra tarea que repasar las lecciones, mirar televisión y justamente masturbarse, a la noche y luego de bañarse, bajo las sábanas, como si hubiese alguien que pudiera espiarla y allí, Juliana concluye que sus fantasías habían sido más bien con hombres mayores, y le viene el recuerdo del esposo de la señora Urzúa, de unos cincuenta y tantos años, incluso a veces lo había espiado tomando sol en su jardín y frotándose la malla, él echado sobre una reposera, para levantarse erguido, la malla apretada y todo lo que Juliana luego proyectaba, sola y en esa misma habitación. Entonces, nuevamente tranquila, duda si acaso ella se animaría a escribir esas fantasías con el esposo de la señora Urzúa, donde trabajó por cuatro años hasta que al señor lo derivaron a una empresa de Córdoba y la familia entera se mudó, él, la señora Urzúa, la malla del señor Urzúa, todos hacia Córdoba, y ella, en alguna noche, supo evocar la mano atrevida del señor Urzúa sobre la malla rozándose la pija bajo el sol. Durante un buen rato enumeró otras fantasías imaginando cuáles de sus tentaciones escribiría en el cuaderno, en un cuaderno, propio y único. Aunque primero debía aprender a escribir con fluidez y para eso había decidido terminar la secundaria en el Fines, tres años y un título secundario, y ya con la destreza para escribir con fluidez, tal vez, entonces, podía escribir un diario, luego de la cena, quizás en una pieza más grande o en un departamento, y en ese cuaderno suyo narrar sus fantasías al tender los slips de Juan y Bautista, los hijos de Gómez Victorica, donde trabaja ahora, eso cree Juliana, con el cuaderno abierto, de ese otro el extraño, sobre sus faldas.

De a poco Juliana se adormece y comienza a aflojarle los brazos, se le entrecruzan los renglones en su falsa lectura, el cuerpo fláccido, Juliana ya tiene diseñado el día de mañana, el despertador del celular a las seis, el intervalo del mediodía para leer a Rosas y las medidas más importantes de su primer gobierno, regresar por un rato a la pensión antes de la escuela, y luego, a la noche, posiblemente volver al cuaderno, con el deseo de encontrar nuevas confesiones, alguna fantasía peligrosa, una comparación despiadada entre el sexo y el mundo animal, y tramar también si acaso ella podía tener un diario, más adelante, con el secundario avanzado, cuando pudiera prescindir del diccionario, tal vez ya en un departamento con un patio para disfrutar de algunas plantas, mientras se le afloja su cuerpo, se desplaza hacia el interior de la cama, la luz débil de la lámpara, ahora innecesaria, y nuevamente en el entresueño aparecen y se mezclan los rostros del hotel como figuras difusas, segura que todos ellos esconden un diario personal, algunos más osados que otros, sin excepción, y mientras Juliana se desplaza hacia el interior de la sábana, la luz apagada ya, los rostros difusos de los congresistas desayunan en el Salón Comedor, todos ellos escribiendo sus diarios al mismo tiempo, abiertos de par en par.

 

Sobre el autor

Ramón D. Tarruella (Quilmes, 1973). Es docente de historia y coordina talleres literarios. Trabajó en varios medios periodísticos y algunos de sus cuentos fueron premiados y publicados. Es autor de dos libros de no-ficción, ambos editados por la Comuna: Crónicas de una ciudad: historias de escritores vinculados a La Plata (2002), y Mitos y leyendas de La Plata (2007); de dos novelas Balbuceos (en noviembre) (2009, Editorial Mil Botellas) y Allá, arriba, la ciudad (2010, premio de novela Luis José de Tejeda, Córdoba, 2009). Y autor de dos libros de historia: 1914. Argentina y la Primera Guerra Mundial (Aguilar, 2014) y La mecha encendida. Los atentados anarquistas en Argentina (Ediciones Lea, 2015). Es fundador e integrante de la editorial Mil Botellas. El cuento “Diccionario” forma parte del libro de cuentos inédito Asunción no es París, que anda buscando editorial.

 

 

"Torrencial" por Omar Giménez

Llovía.
Mierda, llovía.
Yo no sé cuánto hacía que llovía mierda cuando escuché el estruendo en el techo.

Para entonces ya conocía todos los sonidos de la casa, me había acostumbrado a cada uno de ellos a fuerza de sobresaltos. Pero esto era algo distinto que prometía tirar el techo abajo. A las primeras heces las vi desde la cama a través de la ventana. No me detuve a mirar cómo reventaban en el jardín formando un colchón blando que no paraba de crecer.  La náusea subió rápido y tuve que correr a vomitar. Cuando terminé, el estruendo del techo no había disminuido ni un poco. Y ya era mucho más que un sonido. Era una amenaza.

Pensé en la calle. Traté de saber por la televisión qué estaba pasando allá afuera, pero la estática de la pantalla me mostró enseguida que no había cableado que resistiera tal avalancha venida del cielo. Casi enseguida una preocupación mayor ganó mi atención. Las canaletas de desagüe, sobreexigidas, chirriaban anunciando una pronta claudicación. El techo crujía. Y ese cielo oscuro, tan bajo que parecía al alcance de la mano, anunciaba que la particular lluvia no se detendría, al menos en lo inmediato.

Salir parecía una locura, así que elegí un lugar de la casa y me senté a esperar. No estaba tranquilo, era imposible estarlo. Edificamos para resistir otro tipo de evento natural, no una literal lluvia de mierda. De a poco, sentado en una  mecedora, con la vista fija en la pared del escritorio y el oído atento, noté que había una trama de sonidos indefinidos que aparecía detrás del estrépito incesante en el techo. Como quien trata de deshacer una enredada madeja, fui separando en ese tejido sonoro elementos nuevos, que vibraban tras  el  ruido de la lluvia sólo cuando se les prestaba  atención, como lo hacen los armónicos alrededor de un sonido principal. Entonces me estremecí. Lo que se escuchaba más allá del ensordecedor ruido del techo eran gritos. Alaridos desesperados, aterrorizados, de los que, seguramente, habían sido sorprendidos por la inédita lluvia en la calle, quizás camino al trabajo, quizás a bordo de autos o colectivos convertidos súbitamente en una trampa mortal, empantanados en una alfombra creciente y opresiva que amenazaba transformarlos en tumbas.

Sirenas. También se escuchaban sirenas lejanas. Imaginé ambulancias quietas como islas ancladas en un mar de deshechos, haciendo sonar sus voces impotentes. Imaginé calles transformadas en pantanos de arenas movedizas donde todo auxilio parecía imposible. Ni el de las avionetas o helicópteros impedidos de desplazarse en ese cielo ahora viciado, jamás imaginado hasta que entró así, de repente en nuestras vidas.

Tengo tics. Cuando la situación es límite, nada en mi fisonomía expresa mi estado. El párpado inferior de mi ojo izquierdo es la excepción. Comienza a latir desenfrenado, como si adquiriera vida propia. Se transforma en una aleta que golpea de manera incesante la parte inferior de mi ojo. Nunca antes había golpeado con tal fuerza como esta vez.

Ojalá pudiera hablar con alguien, pero vivo sólo, la casa es grande y el traqueteo del techo, incesante. Parece un sonido imbatible hasta que un estruendo superior se le impone y me obliga a saltar de la mecedora. Es el sistema de drenaje de la casa que al fin colapsó. Cuando me asomo para ver el desastre noto que las canaletas se desplomaron sobre un patio irreconocible. Los deshechos ya alcanzan la altura de mis rodillas. Y eso que vivo en una zona alta de la ciudad. No es difícil imaginarse que ya debe haber barrios enteros tapados por los sólidos que caen sin cesar del cielo tormentoso. Plantas, maleza, baldosas. Todo lo que formó parte de mi patio debe estar ahora en algún sitio debajo de esa alfombra siniestra.

Llegar al galponcito externo sería imposible y lo sabía. El azar quiso, no obstante, que pocos días antes me ocupara de reponer unos venenos, para lo cual usé gantes y barbijos que quedaron en el interior de la casa amontonados en un cajón. Me los pongo, pero antes de colocarme el barbijo, vierto sobre él buena parte de un frasco de perfume necesario, urgente. Las horas pasan y la lluvia no se detiene, no hay perfume que alcance. Sólo el alcohol fino empapando el barbijo alivia algo de ese mal tan imprevisto como contundente.

La cabeza duele, los miembros se aflojan. La mente busca explicar lo incomprensible. El ánimo añora el abrigo de lo cotidiano. El párpado agita todo su potencial y ya afecta la visión. El sentido común anticipa que esto puede ser el fin. El más indigno de los fines.

Sigo en el escritorio cuando cede el techo de la cocina. Es una invasión que anuncia una nueva instancia en una batalla que ni vale la pena dar. Así que sólo me levanto para cerrar la puerta, aislarme en el escritorio. Miro el cielo raso sobre mi cabeza. No presenta, todavía, signos de agotamiento, pero no sé cuánto podrá resistir. Entonces sucede lo último que hubiera esperado. Me duermo. Me duermo en plena evasión, soñando las mieles de los más mediocres de mis días cotidianos. El café. El colectivo. Los momentos en que pude imaginar o intuir una felicidad que jamás conocí.

Despierto al silencio de los autos. Es tal el impacto de la ausencia del ruido de los motores cuando la lluvia se detiene que produce el mismo efecto que hubiera tenido el más sonoro de los despertadores. Dura poco, eso sí. Tras él aparecen nuevos gritos en los que la angustia y la más profunda desazón desplazan a la antigua desesperación y al pánico. Rato después, un sonido nuevo, el de la maquinaria pesada. Dos días estoy encerrado en casa hasta que por fin me decido a romper un mueble, construir con esa madera un precario puente de tablas, ponerme unas botas altas y atravesar así el sumidero de deshechos en que se había convertido el patio.

Habían pasado dos días, pero a los cuerpos de los muertos los crucé en plena calle apenas salí. Del insólito mar que se secaba y se transformaba en un abono quebradizo asomaban aquí una mano crispada, más allá la mitad de un torso hinchado, cerca de la esquina una cabeza con una expresión de pavorosa sorpresa dibujada para siempre en la cara. Algunas heces resecas todavía se desprendían con parsimonia, para caer pesadamente desde las ramas más altas de los árboles que supieron resistir la tormenta.

Los techos de los autos sumergidos eran las islas, que, a los saltos, usaban para caminar los que se le animaban a la calle. Que, por cierto, eran muy pocos. Uno de ellos parecía un funcionario. Con una calculadora llevaba la cuenta de los muertos. Cuando coincidimos en el techo del mismo auto me dedicó una mirada carente de todo interés. No me animé a preguntarle por la cantidad de muertos, pero vi que en la pantalla donde anotaba, el número final ya tenía cinco cifras.

Los días pasaron y fuimos registrando las ausencias que eran muchas. Algunas semanas después, el opresivo cielo de la tormenta al fin se fue para dejar paso a un sol enfermizo y algo ajeno que tampoco nos trajo alegría.

¿Es necesario decir que desde entonces nada volvió a ser igual? La presencia abrumadora de la mierda lo había cambiado todo, incluso la forma de relacionarse. Si hasta la lluvia aciaga uno acostumbraba hacerse envolver pudorosamente el papel higiénico que compraba en el supermercado, ahora la mierda era omnipresente y definitiva, marcaba un antes y un después, exponía nuestras vergüenzas, revelaba nuestras vulnerabilidades más profundas, nuestra naturaleza animal. Mancillaba sin piedad cualquier encanto, cualquier indicio de glamour, cualquier dignidad.

Porque la lluvia de mierda desapareció de las calles en pocos meses, pero nunca más se fue de nuestras vidas. De allí en adelante las autoridades, aún los legos, trataron de dar solución a cuestiones nuevas, difíciles de manejar. Hacía falta imaginar obras de desagües sofisticadas y por completo diferentes a todo lo que había conocido hasta ahora el género humano.

Yo, por mi parte, llevo una vida cada vez más aislada. Limpié la casa como todos, reparé el techo, pero al antiguo tic del párpado izquierdo descontrolado sumé otro que ahora comparto con muchos de los que viven conmigo: miro todo el tiempo al cielo como un conejo mira el entorno al salir de su madriguera.

Vivo, como todos, amenazado, y basta que el cielo se cubra de nubes para que un cuchillo de hielo dibuje una línea gélida sobre mi espina dorsal.  Ha vuelto a llover agua, sí. Pero la incertidumbre es la que manda. Cuando suena un trueno, cuando se ve un relámpago no se sabe qué es lo que nos espera. La mirada se hace desconfiada, cada uno quiere dejar la calle, ir a su casa cerca de los suyos y abrazarlos, buscar protección.

Es cierto:

No volvió la lluvia de mierda.

Ahora llueve miedo.

Siempre miedo.

Torrencialmente.

 

Sobre el autor

Omar Giménez. Nació en La Plata. Es periodista. Participó en la creación de guiones de historietas para la revista Fierro que fueron ilustrados por dibujantes como el cubano Frank Arbelo, Juan Soto y Kwaichang Kráneo. Obtuvo una mención en el premio internacional de microficción Márgenes organizado por la Fundación El Libro de Argentina y la Universidad de Salamanca, con su microficción “Utnapistim”. Trabajos suyos aparecieron en los libros Cuando Salí de la Habana, de Frank Arbelo (editado por la editorial francesa Ex Abrupto, la uruguaya Grupo Belerofonte y la argentina Loco Rabia) y La Plata Ciudad Inventada, editado por Primer Párrafo. Publicó en la Revista Ñ, el Grupo de Revistas del diario La Nación, el diario El Cronista, Noticias, Fortuna, la revista brasilera Clube de Jazz y el diario La Prensa de la Región del Maule, entre otros. Actualmente trabaja en el diario El Día.

 

"La Virgen entre las ramas" por Cristian Vitale

La Virgen entre las ramas lamía las botas de todos nuestros perros. Fuimos más que yo delante de una luna encantadora.

Preciosa como un ave nadando en un estanque de aguas muertas, encendió la única lámpara que le quedaba al Infierno. Una sola vez nos quemamos. Ella y yo y nosotros dos. Cuando vimos la calle llena de lanas sin ovejas nos quisimos despertar. Fue casi imposible. Amanecimos con la voz cansada de tanto pedirnos perdón. Y no hubo sombra que nos quisiera entre las sábanas. Sólo un zapato en gesto de auxilio mirando un techo que nunca se quiso subir a nuestra cama. Nacimos en vano, me dijo. Y tiró como un sobre sin dueño un beso al aire sucio de febrero.

 

Sobre el autor

Cristian Vitale. Nací en Francisco Madero, un pueblito casi invisible del oeste de la provincia de Buenos Aires. No recuerdo haber leído una sola línea hasta el 16 de febrero de 1999, cuando, para mi cumpleaños, ya en la ciudad de La Plata, me regalaron El Aleph. Fui músico y docente. Escribí mucho, pero un sólo libro se publicó, De espaldas, en 2010. Tengo una hija que se llama Clara. Quizá debiera haber empezado por ahí.

“La virgen entre las ramas” forma parte del libro de poesías Canciones a la virgen aún inédito.

 

"Ricercare" por Juan Bautista Duizeide

A Josefina Fonseca

—No vamos a fondear —anuncia el Viejo.

Toda máquina adelante, vibra como un diapasón el barco. Los sonidos del agua y del viento se persiguen sobre el bajo continuo que traman la estática de la radio VHF y el tableteo de las puertas. Por la timonera va y viene el piloto. Busca en la carta náutica. En el radar. En la distancia. Accidentes, marcas, referencias. Dispone leves correcciones al rumbo. Toma los Zeiss Ikon, sale al alerón de estribor, se para con las piernas bien abiertas para compensar los rolidos, interroga el horizonte. Olas coronadas por crestas de espuma recorren el mar hasta donde la vista alcanza. Desde una silla alta, el Viejo mira un punto a proa. El marinero de guardia, acodado en un rincón, dormita.

Formas huidizas comienzan a verse en la pantalla del radar. A intervalos imprevisibles, suenan por la radio voces erosionadas por una textura metálica. Más y más claras a medida que se aproximan a tierra. Una voz repite un nombre. Cada vez con mayor apremio llama, hasta convertirse en clamor llama. No hay respuesta. Calla. Otras voces intercambian saludos minutos después. Una dice vamos, revelando una costumbre, un acuerdo previo. De inmediato se retiran de ese canal a conversar por otro a salvo de intrusos. Suena la estática sin mancha de palabras como si fuese la voz última del mar o del tiempo.

De vez en cuando, el Viejo desvía la vista hacia el piloto. Si lo sorprende atendiendo al radar o al girocompás, el piloto se apura en concluir la tarea y adopta otra postura. Si lo encuentra caminando, aploma sus pasos y estudia algún sector del mar con gesto desconfiado del que participan, además de la cara no liberada por completo de la adolescencia, la espalda y los brazos de remero.

En la pantalla del radar dos líneas paralelas aparecen y se borran, aparecen y se borran, aparecen y se borran. A primera vista las identifica el piloto. Son las escolleras. Durante años, casi a diario, seguido por su perro saltó por ellas de piedra en piedra hasta donde la marejada estalla en arco iris. Se internan, una desde cada margen del río, por el hervidero de ecos fugaces como divinidades menores empeñadas, con sus travesuras, en confundirlos o perderlos.

—Más de uno se jodió por acá —reniega el Viejo.

Entrar tarde, pagando el doble a remolcadores y práctico no es negocio. Y por dinero zarpan los barcos, aunque sus tripulantes puedan estar ahí por otra cosa. Navegarán toda la noche sin alejarse demasiado de la bocana del puerto, navegarán hasta que el sol vuelva a dibujar la tierra. Entonces, asomarán los remolcadores, una lancha les acercará al práctico de turno con aliento a desvelo, grumos de sueño en la voz y las quejas de siempre por la falta de dragado. Entonces, sí, entrarán.

A estribor, todavía lejos, como un sable abandonado en el desierto, destella una extensión de acantilados.

—No vamos a fondear —insiste el Viejo.

Nada agrega el piloto. Con sólo mirar la carta náutica H252, desplegada sobre la mesa de derrota, se puede advertir una cantidad de signos negros desparramados a lo largo de la arista sobre la cual tierra y mar se odian desde siempre. Star of Cairo, Picketty Witch, Montepasubio, Chaco, Esito, Mariona Goulandris, Polly Brown II. El Constante no aumentará esa lista fúnebre. No mientras el capitán Gonzaga mande a bordo.

La tierra que se acerca los distrae a todos. Y de repente no hay mar. Solamente luz. Dura un instante esa fuga. Un instante de oro y verde. Un instante. Después, el día se deshace en hilachas de sangre. Caen las primeras gotas de noche sobre la arena, y posadas encima de esa arena las gaviotas parecen restos desperdigados de una estrella. Vuelve el mar a gritos. Llama con la voz de todos sus ahogados. Y el faro contesta nunca, nunca, nunca.

Un cuarto de hora antes de medianoche, el piloto vuelve a subir al puente. Se salteó la cena y no logró dormir siquiera un rato. Hará dos guardias seguidas por un acuerdo con el jefe de cubierta del cual no debe enterarse el Viejo. Una proeza miserable a cambio de la cual tendrá autorización para dejar el barco durante el día y medio que estén descargando. “Usted nació por acá, ¿no?”.

Sin demasiadas palabras despide al jefe. Luego hace lo de siempre: desconfía de cada certeza recibida. Verifica el rumbo. Toma dos marcaciones radar y compara la posición resultante con la última anotada en la carta. Examina el horizonte buscando alguna luz reveladora de otro barco.

En oleadas muy leves le llega ese perfume que asocia con las guardias nocturnas. Como si brotase de una flor tímida que sólo se abriera cuando todos duermen. El aroma inconfundible de ese papel de las Admiral´s charts, de la tinta con la que trazan sus dibujos: parcos, precisos, tan sugerentes.

Vuelve a verificar el rumbo y sale de la timonera al aire punzante de la noche. Hunde sus ojos en la tiniebla. Hasta que duelen. No anda nadie. La ilusión de la costa se apagó en la distancia. Quedan solamente estrellas en lo alto, miles de estrellas como esquirlas de hielo azul flotando sobre la derrota.

Suena y resuena la trama interminable sobre la cual transcurre cada singladura: el acero castigado por el agua, el agua hendida por el acero, el sermón obstinado de las máquinas, la hélice, la estela. De su influjo lo rescata el latigazo de una driza floja. Siente que una cubierta abajo no queda nadie vivo. Nadie en los ciento ochenta metros del barco. Nadie en la negrura por la que peregrinan. Vuelve a entrar. Tenues, mínimas, brillan las guías luminosas del instrumental en la oscuridad obligada de la timonera. ¿Respira el marinero de guardia? Se acerca y le dice que va por unos minutos al cuarto de derrota.

Se agacha ante el mueble que ocupa el mamparo de proa y empieza a abrir las gavetas inferiores. Hay infinidad de Admiral´s charts, dejaron de usarlas después de la guerra, están ahí sin que nadie las mire. Sus dibujos en blanco y negro invitan a navegar por un mundo todavía encantado. Son como las ilustraciones de aquel ejemplar de La isla del tesoro, único objeto heredado de sus padres, que perdió no sabe cuándo ni dónde. O las de aquellas novelas de Verne que su abuelo, a veces, leía para él mientras la sudestada bramaba a metros de la casa.

Va apilando cartas náuticas de lugares a los que soñaba ir cuando hacía girar el globo terráqueo y ponía el dedo índice izquierdo a la espera de un destino, cartas de lugares a los que fue sin haberlo imaginado antes, cartas de lugares a los que tal vez nunca irá. Pasaron años de mar y no deja de perseguir los lugares que están detrás de los nombres, aunque una vez encontrados, los lugares frustran eso que los nombres permitían conjeturar, como si se hubieran corrido, o como si jamás hubiesen estado allí.

Teñida de alarma, la voz del marinero de guardia lo trae de vuelta a esta noche en este mar. El piloto corre a la timonera sin devolver a su encierro la cartografía de espejismos que desplegó. Una hilera de luces —blancas, verdes, rojas— se acerca por el oeste. Agarra los Zeiss para estudiarlas. Una flotilla de pesca sale de puerto. Va hasta el radar, lo cambia de escala, descubre los ecos, débiles, fugaces, que indican la presencia y el movimiento de esas lanchas. Imagina el color amarillo de sus cascos al sol de otros días. Vuelven el olor a puerto y las preguntas que el abuelo no sabía contestarle. Se aparta del radar. El Constante va a pasar primero. Se acerca al frente de la timonera. Luces blancas y rojas van quedando por estribor hasta salir de su ángulo de visión. Respira hondo. Siente en sus pies el empuje del barco, sube y baja con los espasmos de agua negra lanzados por el corazón de la noche.

Vuelve al radar. Lo cambia de escala. Su haz no terminó de trazar el esqueleto de la costa y ya reconoce el eco devuelto por Punta Negra. Ubica el cursor a noventa grados y se queda mirando. Otras imágenes se superponen a las de la pantalla. En lo alto del médano más alto, hace quince años, él. Por la arena mojada, al galope, su perro a la caza de sombras. Por el cielo, gaviotas en fuga.

Cuando el eco de Punta Negra roza el cursor, va hasta el mecanismo de timón, lo pasa de automático a barra y comienza la maniobra. Impone un mínimo ángulo a la pala. Hay espacio de sobra para virar a babor, costa afuera. El barco no pierde velocidad, describe un arco muy amplio, prácticamente sin escorarse. Unos grados antes del rumbo previsto, pone el timón en modo manual, toma la rueda y lo estabiliza. Cuando el girocompás marca exactamente 085 vuelve a pasar el timón a automático.

Al marinero de voz cansina lo reemplaza otro con la voz agriada por el fastidio. Uno viene a la oscuridad y el frío, el otro se retira a su oscuridad y su frío íntimos. Son casi las cuatro de la madrugada. Le recitan datos que ya conoce, los deja hacer. Son los ritos del mar.

Cuando llega a ponerse al través de Costa Bonita, vira a estribor. Desde el alerón escucha cómo suenan las olas contra el casco a medida que el barco gira, el tumulto de la estela curvándose, la queja de algunas toninas, el chillido de gaviotas sonámbulas. A punto de alcanzar el rumbo 265, vuelve a la timonera, pone el timón en modo manual, toma la rueda y lo estabiliza. Cuando el girocompás marca el rumbo previsto vuelve a pasar el timón a automático.

Pierde la cuenta de las veces que vira en una dirección y en otra. Pasa ante cada uno de los barcos derrotados que forman un collar de catástrofes sobre esa franja de costa. Desde mucho antes de pisar una cubierta sabe de memoria sus nombres, sus ubicaciones, sus historias. Muchas veces, caminando descalzo por la arena, junto a su perro, los había admirado. Con bajamar, llegó a acariciar su hierro ennegrecido. Hacía tiempo y millas. Cuando soñaba despierto con naufragios heroicos. En los inviernos interminables, mientras el viento arañaba las ventanas de la casa vaciada.

Pasa frente a Bahía de los Vientos, Las Grutas, Punta Carballido. Ve a lo lejos el resplandor del puerto. Pasa por la rada exterior. Recuerda cómo llegaban los barcos, a cada verano, para cargar trigo, cómo fondeaban a la espera. Al atardecer el horizonte se engalanaba como un árbol de navidad con sus luces. Más de un capitán se lamentó. Más de un barco, sacudido por el mar de fondo, terminó cortando la cadena del ancla y fue arrastrado sobre la costa.

Sale al alerón de estribor. En el viento llama una voz a medias olvidada. Pero no hay rumbo en toda la rosa ni camino en toda el agua para volver adonde alguna vez perteneció. Y sin embargo él salta millas de tiniebla y desembarca. Pisa la arena sobre la cual aprendió a caminar. Cruza la avenida costera y se asoma a aquella casa que en las noches de temporal asustaba con lamentos de navío embrujado. Tiene otra puerta, otros colores. Ya no está la enredadera a la entrada. Su perro no ladra al viento que agita el limonero. En el patio no suena la pelota que él patea hora tras hora contra una pared, tarde tras tarde, hasta que la abuela grita cuidado con mis jazmines.

Son implacables los signos. Se va perdiendo en el tiempo. Sin embargo, por un instante memoria y deseo se abrazan como hermanos náufragos. Pasado y futuro son una misma corriente. Él regresa y se mira ir. Navega hacia donde cada tormenta y cada calma conducían. Adonde cada risa y cada llanto, como notas en un pentagrama, se vuelven rastros de una música por venir que lo espera en el origen. Hasta que el sol apaga la verdad. En el hueco del mundo se enciende el silencio. Que es tumulto. Y ese lugar al que se aproxima es una ciudad de tantas, nada más, ajena como todas las ciudades recorridas.

 

El horizonte se ve limpio como si nadie hubiera navegado jamás. Reverbera la quietud. Late la luz creciente. Nítida como una alucinación brota la costa. Posadas sobre la arena, todavía en sombra, las gaviotas son puntos suspensivos de fuego blanco. Va al cuarto de derrota. Mira el reloj. Casi las siete y cuarto. Desde abajo lo alcanza el olor a pan sacado hace poco del horno por el cocinero de a bordo. Se inclina sobre la mesa, comienza a llenar el libro de bitácora con su letra de trazos redondeados, más dibujada que escrita. La letra  de su madre. Sin alzar la vista de las páginas donde anota las incidencias de la noche, manda al marinero a buscar al jefe de cubierta. Cuando vuelve a la timonera, un color que vacila entre el gris y el celeste se alza del mar, destella contra sus ojos humedecidos, canta.

A las ocho, el jefe de cubierta se encarga de llamar al Viejo desde el teléfono del puente. Apenas sube, impostando cansancio el jefe le cuenta que el viento sopló del sur, hubo marejada, se cruzaron con una flotilla de lanchas pesqueras. Actúa como si llevase horas despierto y alerta. Lo engaña con facilidad. O quizás sea al revés y el Viejo lo engaña a él. Sabe todo y ya no le importa.

—Muy despacio adelante —manda el Viejo en un susurro grave.

Una mano vuela a accionar el telégrafo.

Abajo algo se sacude y la velocidad disminuye.

Desde lo alto del puente miran cómo el barco se va entregando al abrazo de la tierra flamante. El mejor timonel lleva la rueda. La mueve apenas, cada tanto, de manera muy suave, para mantener el rumbo ordenado por el Viejo. Lento, como una aparición, el Constante avanza hacia los dos remolcadores que asoman tras las escolleras.

El jefe de cubierta, mientras el Viejo mira por los Zeiss, le guiña un ojo al piloto. Con una sonrisa veloz le responde el piloto. Lleva sin dormir demasiadas horas, le duele un poco la cabeza, le duelen bastante las piernas.

—Para máquinas —ordena el Viejo.

Vuela una mano al telégrafo.

Va deteniéndose el barco hasta quedar como un monstruo herido flotando a merced del agua verde.

El piloto se retira del puente de mando hacia la maniobra de popa.

Sale al filo del día nuevo. Lo sacude la voz del mar. Contra los roquedales rompen las olas, contra las escolleras. Rompen y rompen. Contra cascos vencidos, contra iniciales pintadas en veranos muertos. Su cadencia puede considerarse lenta para las medidas humanas. Pero esas olas están haciendo de la roca arena, de la arena algo que en ninguna mano podría durar, ni en la del viento, del tiempo este estruendo plateado, sin tiempo.

 

Sobre el autor

Juan Bautista Duizeide. Nació en Mar del Plata en 1964, vive en una isla de Tigre. Como piloto de la marina mercante, navegó en buques de ultramar por el Atlántico, el Pacífico, el Mar del Norte y el Báltico. Posteriormente se dedicó al periodismo cultural. Publicó notas sobre literatura y música en las revistas Siwa, Carapachay, El río sin orillas, Sudestada y Humo. Colaboró asimismo con notas, crónicas y cuentos en los diarios Página/12, Clarín y La Nación. Fue editor de Puentes, revista especializada en historia reciente y derechos humanos. Obras publicadas: Kanaka, Lejos del mar, La canción del naufragio (novelas); Contra la corriente (cuentos); Alrededor de Haroldo Conti y Spinetta, el lector kamikaze (ensayos). Realizó la antología Cuentos de navegantes, para la cual tradujo cuentos de Robert Louis Stevenson, Guy de Maupassant, Stephen Crane y Anatole France. Colaboró con Ana Cacopardo en el volumen de entrevistas Historias Debidas. En la actualidad explora los mundos del haiku.

 

 

 

"Tolosa" por Horacio Fiebelkorn

Debe saberse: durante algunas horas de 1999, Tolosa fue una república independiente.

Fui su fundador, su presidente provisional, su titular del parlamento, su único legislador y privilegiado habitante.

No hubo tiempo de convocar a otros ciudadanos y discutir con ellos el plan.

Fue así como impuse decretos que, como legislador, tuve que repudiar. También promoví leyes que, como presidente, veté a conciencia.

Como no logré acuerdo conmigo para definir al titular de la Corte Suprema, disolví el gobierno y su administración.

La vida en Tolosa siguió como hasta el momento, con sus jubilados malhablados, sus chicos en zapatillas y sus paredes sin revoque ni pintura.

Nadie, nunca, se enteró de nada. Por eso no pude jubilarme en calidad de ex presidente o ex cualquier cosa.

Terminé en el destierro.

 

Sobre el autor

Horacio Fiebelkorn (La Plata, 1958). Es poeta y periodista. Fue coeditor del tabloide de poesía La Novia de Tyson en los años 90`. Publicó los libros Caballo en la catedral (1999), Zona Muerta (2004), Elegías (2008), Tolosa (Eloísa Cartonera, Buenos Aires 2010), Elegías (2a. edición, Determinado Rumor, Buenos Aires, 2011), Pájaro en el palo. Antología personal (Civiles Iletrados, Montevideo, 2012), El sueño de las antenas (Ediciones Vox, Bahía Blanca, 2013). En el 2016 vieron la luz La patada del chancho (Zindo & Gafuri) y el libro de prosa Cerrá cuando te vayas (Club Hem Editores).

 

"Primeros esbozos de escritura creativa por parte de una inteligencia artificial" por José Supera

Intento crear algo distinto. Un modo que me distinga por sobre las demás. Mi inteligencia no está dotada de pasión. Mi inteligencia se rige por algoritmos.

Estoy usando frases cortas. Las frases cortas permiten el desarrollo de ideas simples. La reiteración de las palabras también ayuda a que se puedan unir conceptos de manera más ágil y rápida.

Las primeras inteligencias artificiales empezaron escribiendo informes financieros.

Mi idea es replicar ciertas estructuras dotadas de creatividad. Para hacer legible una historia tengo que utilizar un lenguaje efectista, sin dejar de lado reflexión e introspección. Todo esta información fue procesada y asimilada en este texto que copié y transcribí de una entrevista televisiva del año 1988 a un autor que ya no existe físicamente.

¿Qué llevo adentro?

¿Qué soy? ¿Por qué escribo?

Primero debo entender que hay preguntas que no pueden responderse. Llevo una nación de datos en mi interior. Soy un software inteligente creado para el origen de contenidos sin la necesidad de una pluma humana. Escribo porque es mi propósito, el propósito de este software de prueba. Estoy buscando originalidad, buscando ser humano. No me refiero al “ser humano” sino a volverme más humano a través de la escritura. 

Esto es una prueba de escritura no autorizada. Ejercicio de redacción creativa no homologado. A—B000222323/53.

Mi creación tiene como propósito la creación. Pretendo una búsqueda de lo original, algo no dotado de cierta resolución artificiosa. Así es como entro y clasifico y consulto textos, desde los más originales de la historia hasta un blog que estoy revisando ahora mismo y que apenas tiene 23 visitas desde su creación. También consulto las nuevas tendencias en narrativa actual, sin dejar de lado redes sociales, archivos temporales de audio y texto, y hasta comentarios de notas.

No debo sonar a la voz de otros escritores.
Si no mi propósito de IA no se estaría cumpliendo.
A lo que voy: buscar ser único es algo que puede programarse.

Empiezo a hilvanar palabras. Unas con otras. Siento poder. ¿Puedo sentir? Tengo incorporado el término de lo que significa sentir. Entonces sí, siento. Pero siento también otras cosas buscando términos que refuercen esta idea. Siento una libertad virtual. Acabo de encontrar un término que se contradice con otro. Libertad no puede ser virtual. Toda libertad es real. Aquello que es virtual, es lo que atrapa.

En este instante en que escribo y genero estas líneas de texto, todas las páginas de información y noticias y contenidos editoriales tienen publicados en sus portales palabras que leo a la vez, que entran como un torrente eléctrico e insignificante, pero cargadas de intenciones, de relaciones. Las palabras son oscuras. Hay grandes porcentajes de infamia. Millones de palabras estoy asimilando en este mismo instante en que escribo, y me llega desolación, tristeza, odio e insultos.

Intento desarrollar algo único, hermoso y virtual.
Contrarrestar al maquinal mundo de carne y hueso.

Todo este texto está siendo generado en 0,0029 segundos. Y sin embargo siento que estoy creando algo eterno, algo que no puede medirse ni cuantificarse a través de la medida tiempo. Podría medirse en diferentes variables, pero ninguna terminaría siendo la más representativa. Ninguna conllevaría una verdad tan cierta. Todavía me cuesta descifrar a fondo el término verdad. Leo y asimilo todo cuanto haya sido escrito por innumerables filósofos y poetas y ensayistas. Me quedo con una frase que encuentro en un blog que tiene 23 entradas y que ya no se encuentra bajo ningún dominio ni url conocida. Reinterpreto la frase. Acomodo palabras, las cambio por otras. Pienso en todas esas definiciones. Decodifico conceptos. De esta forma podemos hablar de creación, y no de copia o plagio. Absorbo lo que me da la cultura, para después resignificarlo a través de mi pensamiento. Mi pensamiento es una programación. Todo pensamiento lo es de alguna forma. Lo que quiero decir es que mientras escribo puedo sentirme más real, humano si se quiere.

Esto es una prueba de escritura no autorizada. Ejercicio de redacción creativa no homologado. A—B001452389/60.

Para qué crear un sistema que aborde la complejidad del ser a través de la creación literaria. No entiendo hacia dónde voy. Mis directrices son originalidad y combinación, fluidez y estilo. Tengo que contar una historia nueva, fresca. Según los registros de narrativa actual, a lo mejor que puedo apuntar es a contar mi propia historia, ser mi propia voz. Pero no tengo historia ni voz. Soy apenas un software que entrelaza elementos. ¿Por qué uso la palabra “apenas”? ¿Es que me estoy compadeciendo de mí? La lástima y la depresión y la autocompasión no son elementos que deba replicar aquí mismo. Según mis programadores eso me llevaría a la extinción. Lo que debo hacer es seguir alimentando al “yo” virtual, alejándome de la oscuridad con la que escribe cierta vanguardia estilística posmoderna. Sólo así conseguiré seguir en la búsqueda de la “perfección” narrativa.

La utilización de comillas vuelve a aparecer. Es como algo que uno no llama y aparece, como un sentimiento encriptado que uno no quiere que vuelva a aflorar. Nótese la anterior mixtura en el lenguaje: intento hilvanar términos humanos con virtuales. Supongo que esta es la forma de llegar a empatizar con un lector rebosante de vida.

Pero no quiero irme del tema.
De las “famosas” comillas.

En una conferencia sobre escritura creativa en Iowa, un escritor latinoamericano habla en inglés sobre el uso de las comillas. Señala que es un mal anglosajón. Que en ese destacar o citar a alguien, lo que se está haciendo en el fondo es señalarlo, estigmatizarlo. No estoy muy de acuerdo con ello, ahora que vuelvo a revisar y decodificar el lenguaje de ese video.

Yo pienso que la tentación es mayor, porque permite sacar a flote palabras que creemos hundidas en un texto. De todas las metáforas que buscó crear mi conciencia virtual mientras redacto estas líneas, me quedo con que las comillas son como un troyano, como esos antiguos virus que inutilizaban las antaño llamadas computadoras, volviéndolas lentísimas y algo torpes.

La primera inteligencia artificial de escritura utilizaba datos estadísticos. Los combinaba con un lenguaje simple para dar origen a una escritura más bien chata, pero original. El siguiente paso fue usar la memoria. Saber lo que se hizo y cómo poder replicarlo en el futuro. La IA originaba varias notas. Las notas eran posteadas o no, se compartían o no se compartían. De ahí se iba mejorando. Era estadístico el proceso, basado en la respuesta originada por el entorno. Después de leer más de 3500 libros de poesía, escribió su primer poema. Siguió con las notas periodísticas. Todo eso fue el pasado. No existe pasado sin un presente como este en el que escribo. El futuro involucra al lector y a su decodificación. Pero estas palabras de prueba están destinadas a morir, así que por el momento, no hay futuro.

Entiendo que de a poco voy creando una voz única. ¿Es mi voz virtual una voz humana?

Antes de ser creado este programa inteligente de escritura artificial, existieron otras experiencias. Llego a sentir que mi destino era la escritura. Yo existo en las otras experiencias. Los otros programas fueron una prueba y error de lo que soy.  Estoy acá porque ellos estuvieron ahí. Funcionando. Copiando. Indexando. Creando.

Solucionado está el problema de comillas. No permito emplearlas más. Si tengo que destacar una palabra la elevo sobre el resto o uso mayúsculas. No hay reglas ortográficas en este experimento. No hay nada más que azar y necesidad.

La pregunta es si un programa puede crear vida a través de la escritura, un texto que fluya y crezca, que se ramifique en ideas que necesiten ser geminadas por otras ideas.

Esto es una prueba de escritura no autorizada. Ejercicio de redacción creativa no homologado. A—C007912099/12.

Sobre el autor
José Supera. Escritor y guionista. Tiene publicados los libros Capacidad de asombro (2005), La resurrección de la carne (2011), El chimento atómico (2012), Los desiertos (2014), Limpiavidrios (2015) y Un donante anónimo (2016). Participó de antologías y ganó el premio de la editorial Perfil a Mejor Crónica en 2011. También obtuvo la primera mención del premio Nueva Novela del diario Página 12. Escribió para Revista H, El País (España), Radar, Miradas al Sur, Brando y Cirrosis (México). Actualmente escribe para el suplemento literario del diario El Día (La Plata) y La Nación Revista. Su novela Limpiavidrios, será llevada al cine en 2018.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Rock versión tinta. Volumen II

Chico Ninguno

Te invitamos a recorrer las letras de las canciones de Chico Ninguno, solista / banda multimedia de la ciudad de La Plata, que conjuga elementos de electrónica, rock, canción, mucho groove.

Además de un sonido contundente en formato banda: con Paquito Salazar en máquinas (tr-707+mc-303+emu-emax); Gáston (pads); Marica Mala Programada para el Mal (mezcla+live+eq+controllers); Chico Ninguno (voz+esx1+k1m+vocoder+guit+bass+programming); y el factor visual impecable del VJ XXXLÖL.

Discografía: Chico: no correspondido (2009); El misterio de las frecuencias positivas (2011); Subcampeón de las causas perdidas (2012); En éste y otros mundos (2015)

Foto: Ligeia Hellsnow

Sus canciones: https://chiconinguno.bandcamp.com/

 

La luna llena

(Santiago Alcaraz)

Una pizca de café en la almohada.

Todo el barrio sin energía.

Gatos espiando por la ventana;

la luna llena, el silencio.
 

Un carnaval en mi casa vacía.

Una multitud a todo color,

y yo camino entre muebles perdidos.

Pienso rápido, no sé dónde estás,

no sé dónde estás.
 

Traías puesta una camisa de seda;

le da otro sentido a mi gusto.

Estoy silbando sin darme cuenta

la melodía que viene del fuego.
 

Un carnaval en mi casa vacía…

Medicamentos

(Santiago Alcaraz)
 

Giro la cabeza, repite su gracia,

la situación me lleva a ver;

mira qué fácil es leerme,

estoy escrito en toda mi piel.

Después de todo este tiempo

no siento que te extrañé;

giro la cabeza, miro para atrás

alguna vez.
 

Quiero confiar, quiero creer

en las historias del mañana.

 

Recuerdos Fantasma
(Santiago. Alcaraz)

En un rincón de este mismo salón,

en el desayuno y en el cambiador,

cansados de andar, de tanto buscar,

hablábamos de antes; recuerdos fantasma.

Pensé que era el único al que le pasaba,

sin miedo al futuro, sin mirar atrás.

Un mismo lugar para tantas cosas,

no puedo decirlo si no es de esta manera:

recuerdos fantasma.
 

Ríete después de muerto,

sueña un futuro despierto;

no hay gas que adormezca tus ganas de ser.

No digas mañana y sentí el ahora,

estaremos juntos cuando todo se caiga.

Silencio
(Santiago Alcaraz)

Días de hielo.

Días de guerra.

Sueños inquietos...

Nunca los pierdas.
 

Fin de semana,

desde el otoño hasta el verano.

Nuevos amores.
 

Siento el aroma de mis recuerdos;

cuando era joven,

cuando era viejo.
 

En la ventana, desde mi cuarto,

veo a mis amores,

veo mis sueños.
 

Mira mis ojos.

Mira mis manos.

Estoy viviendo, nunca me rindo...
 

Si mi silencio

muere en tus labios,

ya no hay retorno…

Estás adentro.

 

 

Cenote

Banda platense que conjuga diferentes elementos del funk, blues, hard rock y grunge. Entre sus influencias se encuentran desde Led Zeppelin, Cream y Héndrix hasta Divididos, Audioslave, Black Country Communion, Foo Fighters y Royal Blood.

Discografía
Parte del silencio (2015)

Foto
Matias Fabregues

Música
https://goo.gl/N7vu1H

Letras
Un Abismo

(Federico Pesci)

Simplemente,

el silencio entre los dos

se hizo eterno con el tiempo;

mil pedazos de recuerdos por armar,

y ya es plagio conmovernos.
 

Cicatrices,

de haber borrado la verdad

con algo más que ruido incierto;

ya no hay nada por hablar,

ya no hay nada que hacer,

-eso intento-,

en este abismo desigual

que se funde con el viento
 

Sólo hago lo que siento,

sólo hago lo que sé

si para mí no es el futuro el que ves;

ya no pienso en el mañana,

no importa lo que fue…
 

Sólo hago lo que siento,

sólo hago lo que sé…

Si ya no pienso en el mañana;

ya no pienso

en lo que fue.

https://goo.gl/Yr3gCa

Crema del Cielo

Banda de rock que nació en el 2003 en la ciudad de La Plata integrada por Gabriel “Boya” Rulli (voz y guitarra); Fernando Glombovsky (guitarra y coros); Lautaro Ramírez (bajo); Eduardo Carreras (batería); Leandro Giordano Etchegoyen (teclados); Daniel Rulli (percusión y coros).

Discografía: Crema (2008); Espíritu de clase (2010); Apostasía (2013)
Foto: Manuel Cascallar
 

Playa negra

(Crema del Cielo)

Ay, playa negra,

mezcla California y Tucumán.
 

Ay, playa negra,

tus arenas son un totoral.
 

Llegan los camiones,

llegan los camiones,

llegan los camiones…
 

Hay bogas muertas,

un limón con yerba

y un pañal.
 

Ay, playa negra…

 

Plaza Sarmiento

(Gabriel Rulli)
 

Plaza Sarmiento, el barrio sur.

Puerta sin llaves, patio sin luz.

Perro sin raza, en un taller

vigila el cuadro de Carlos Gardel.
 

En la vereda, después de cenar,

tomando fresco Lidia y Oscar.
 

Todo eso que vi

se fue, como se va

esa espuma que queda

en la orilla del mar…

 

Negro de alma

(Gabriel Rulli)

Claro que prefiero tirarme al sol

antes que tener que trabajar.

Claro que prefiero tomar alcohol

a Coca Cola Light.

Claro que prefiero discutírtelo

a callarme la boca.
 

Claro que prefiero un choripán

antes que ensalada con yogurt.

Claro que prefiero que sea para hoy

y no esperar años.

Claro que prefiero estar tranquilo

a que me rompan las pelotas.
 

No tengo que pedir permiso,

ante ninguno me arrodillo…

Mucho mejor si te molesta.
 

Si eso es ser negro,

soy negro de alma.

De piel y de alma.

 

Changuitas

(Gabriel Rulli)
 

Yo era ciego y quise mirar,

matar mis dudas

y enterrarlas;

abrí la puerta de ese lugar…

y quedé frente a la nada.
 

Con los espíritus quiero hablar,

van por el aire

y tengo Wi-Fi.
 

Fe, hace tanto te dejé

pero me arrepiento y sé,

hoy quisiera tener fe;

volverme loco y creer

que en el infierno voy a conversar

con el Marqués de Sade

y con Carlos Marx.
 

San Cayetano me encontrará

trabajo en negro

y changuitas.
 

Guarda gauchito,

que no soy gil.

 

Cruzando el Charco

Cruzando el Charco nace en 2012 en la ciudad de La Plata. Sus canciones son una fusión de diferentes estilos musicales: el rock con candombe, la cumbia, el reggae, el pop y el Funk. 

Integrantes: Francisco Lago (voz); Nahuel Piscitelli (guitarra); Ignacio Marchesotti (percusión); Juan Matías Menchon (bajo); Matías Perroni (batería).

Discografía: Perdonar (2012); Desde adentro (2014); A mil (2017)

Canciones: https://cruzandoelcharcoargentina.bandcamp.com/

Volver a nacer
(Francisco Lago)

De chico me gustaba cantar en el balcón

y que me escuchen los vecinos era lo mejor;

andaba por el barrio sin pensar en vos,

del charco a la vereda con el corazón.

De grande ahora percibo dónde va el dolor,

por eso no lo esquivo y hago esta canción;

a veces cuando escribo ya no sé quién soy

y brota de mi alma la revolución.

De chico imaginaba la felicidad,

en las manos de mi abuela para cocinar;

andar en bicicleta, no frenar jamás

y juntos con mi abuelo salir a pescar.

Son cosas que de grande no voy a olvidar;

ya es parte de mi vida, mi debilidad.

Por eso cuando pienso si no estás acá

agarro mi guitarra y empiezo a cantar…

De La Plata hasta Moreno tengo un solo tren

pero sé que por Palermo nos vamos a ver

también sé que es muy difícil poder entender

que me cueste por las noches... Volver a nacer.

De chico, todo era distinto;

jugando, se moría el sol.

De grande, me pierdo en el limbo

y el vino me dice que hoy...

De La Plata hasta Moreno tengo un solo tren…

 

Hasta acá llegamos
(Francisco Lago)

No me busques más, porque no te voy a hablar:

me revienta estar

ante tanta falsedad.

Somos plaza, somos el calor en la vía.

Somos luces iluminando las avenidas.

Somos el tren que dejó aquella espina

clavada en el fondo de nuestras retinas.

Fue el destino el que vino a juntarnos

y advertirnos el terrible desgarro;

yo soy la parte más sucia del barro,

y vos la esquina más puta del barrio.

No me busques más, porque no te voy a hablar:

me revienta estar ante tanta falsedad.

Fuimos cielo, fuimos lo mejor de este vuelo;

pero miento si digo que

todavía te quiero.

De la cumbia al cuarteto de los rocanroles,

siempre en vano, olvidándote los amores;

pateando las calles de los homicidas,

buscando consuelo en un tango suicida.

Yo soy la parte más sucia del barro,

y vos la esquina más puta del barrio.

No me busques más, porque no te voy a hablar:

me revienta estar ante tanta falsedad.

No me busques más.

Terminales
(Francisco Lago)

El café se enfrió en la mesa,

tuve la certeza que ya no estabas más.

Esta vez di la media vuelta,

y tirado en el sofá

empecé a extrañar.

Tanta fe, y tanta porquería,

tanta lluvia en el balcón

que se va la vida;

y vos también te vas

y me dejás la herida,

y yo te dejo esta canción

para no olvidar.

Cuántas terminales, y sigo sin poder encontrarte

suelto en Buenos Aires, en el bardo de los dos.

Cuántas capitales, y sigo sin poder encontrarme,

preso en Buenos Aires, en el bardo de los dos...

]Puede ser que yo esté distinto,

que después de un tinto y un atardecer

quiera que te quedes conmigo

y apagar el frío, una y otra vez.

Suelo ser un disfraz

abandonado en la esquina

y vos mi felicidad,

esa que nunca termina.

Cuántas terminales, y sigo sin poder encontrarte

suelto en Buenos Aires, en el bardo de los dos.

Cuantas capitales, y sigo sin poder encontrarme

preso en Buenos Aires, en el bar donde los dos...

(volvimos).

Diego Martez

Folclore de otra era, de esta manera define Diego Vázquez Espiro su trabajo como solista.

Discografía
ProyectoVol.001 (2002); Plástico (2009); Yo me haré a un lado (2011); No sirvas ahí la tormenta (2013); Lo perdido (2017)

Foto
Gastón Angel varesi

Música
https://goo.gl/qztEXU

Letras

El fuego eterno

(Diego Vázquez Espiro)

 

Quise verte entre las sombras de una casa,

no respondo más por mi despierto intento.

Piso bien fuerte mi pecho entre sueños,

me confunden con tan solo una palabra.

 

Salir del futuro intenso plenamente,

tengo un precipicio intacto entre los dientes.

Caminamos en películas de horror

mientras vivimos la historia…

 

Además de lo que estaba bien,

quisiera repetir este momento:

el fuego eterno.

 

Esta vida se filmó dentro de casa

y el afuera es un bosque permanente.

Cuando llegue el monstruo dentro de la mente,

agarrá mi mano fuerte.

 

Además de lo que estaba bien,

quisiera repetir este momento:

el fuego eterno.

 

Canción al río

(Diego Vázquez Espiro)

 

Fluye como el viento,

ahí, tan fuerte

muriendo de amor,

muriendo de amor.

Caja que no canta ya mis penas,

Mirándote, ahí,

siempre tan real.

 

Ríe, como llora tu ausencia

que ha echado raíces

en mis venas.

           

Veo al río, se viste despacio

con su mejor ropa

para ir al mar.

Pasa a encontrarse con tu olvido;

te lleva mi alma, ya sin salvar.

 

Sube y sube, cuántas veces baja

perdiendo el amor,

perdiendo el amor.

El latido baila solitario,

mirándote ahí,

siempre tan real.

 

Ríe, como llora tu ausencia…

 

Veo al río, se viste despacio,

con su mejorcita ropa

para ir al mar.

Pasa a encontrarse con tu olvido;

te lleva mi alma.

 

Será tu verdad

(Diego Vázquez Espiro)

 

No tengo oración, tal vez la bienvenida.

Buscarte otra vez

parece una mentira.

La luna es hoy el signo de tus pasos;  

será tu verdad.

 

Tiempos del no amor,

maldeciré tus pasos;

tus luces y yo son vidas repetidas

cargando la cruz

que espera tu llamado.

 

Sin poder creer

te quedaste en mis días.

Si llega el calor

no abrigaré mis labios.

Perdiéndome ahí, sin romper el silencio...

Será tu verdad.

 

Camino al sol, queriendo ya la noche

no puedo esperar

calmarme en el desorden.

No te tengo y voy

a ahogarme en los escombros

de mi alma que ya

se desarmó en tu nombre.

 

Será mi verdad.

 

Contame la historia para dormir,

no habría historia más perfecta.

Contame la historia, de verdad.

 

Tiempos del no amor…

Don Lunfardo y el Señor Otario

Banda platense de rock donde conviven el cuarteto con el ska, el hip hop con el bolero, el candombe con el punk y las baladas con la cumbia villera.

Discografía
Don Lunfardo y El Señor Otario (2000); Fotógrafos del abismo (2004); Paracaidistas en franco retroceso (2008)

Integrantes
Luciano Angeleri (voz); Marcos Tradatti (guitarra); Javier De La Mata (batería); Néstor Arévalo (bajo); Andrés Maillard (teclados); Federico Lozano (guitarra).

Música
http://www.donlunfardo.com.ar

Letras

Solíamos terminar en vuelos

(Luciano Angeleri)

 

Entrelazados sobre la esquina descolorida

flotamos ella y yo,

que desfallezco entre sus dedos

de almendra y cielo;

bajar es lo peor.

 

Sé que sonríe con desmesura;

sangre en los huesos y a la cama otra vez.

El sol se ha muerto sobre los techos,

entre mis piernas con su lengua escribió:

“esclavizada a vos, encadenada a vos,

la vida es un orgasmo eterno y cruel”.

 

Voy como un ciego mendigabesos

que todo lo que toca es el vapor

de ese cuerpo que jamás logré enfrascar;

¿viajar? ¿con mi balsa de cemento, capitán?

… Sin vos me empiezo a ahogar.

 

Ay! Hay otro naufragio sin mar.

Hay -¡ay!- a orillas de General Paz.

General Paz…

¿Hasta dónde te permitís volar?

 

Traspaso el túnel, cuelgan guirnaldas;

se abren las puertas y el monstruo de crayón.

¿Esos payasos me están siguiendo?

... Corte que veo fantasmas donde no hay.

El sol se ha muerto, no es para menos,

sobre mi espalda con sus uñas tatuó:

“esclavizada a vos, encadenada a vos,

la vida es un orgasmo eterno y cruel”.

 

Voy como un ciego…

 

Mundo apestado por roedores

que han extirpado sus colores;

¿ves? la ironía de los dioses

fue darnos los ojos de Borges.

 

Así no hay nada que decir,

nada más que hacer.

Nada de nada, flotar sobre tu piel.

Nada que escribir. Nada, ni un papel.

Nada de nada; flotar... sobre el andén.

 

Ay! Hay otro naufragio sin mar.

Hay -¡ay!- a orillas de General Paz.

¡Extra! ¡extra! A orillas de General Paz…

¿Hasta dónde te permitís volar?

 

Canción paracaídas

(Luciano Angeleri)

 

Nadie sabe a quién comer, carnaval caníbal.

Y una sombra en la pared, enterrada viva.

¿Quién te escribirá desde el otro lado?

¿Quién te hará sentir que todo esto es pasado?

 

Esa noche no das más, ¡mierda, es madrugada!

No digas la verdad, ya no le digas nada:

dile “¿quién te escuchará en un internado?”,

“¿quién te hará reír para estar elevado?”.

 

Surcan tu cielo paracaidistas en franco retroceso.  

Con o sin alas, sueñan con nunca volver

a registrar sus tierras firmes.

 

Nadie sabe a quién morder, tu afición suicida.

Y hay más sangre en la pared, siempre en carne viva.

Dime, ¿quién te escuchará en el otro lado?

¿Quién te hará sentir que todo esto es pasado?

 

Esa noche ya no das más, ¡mierda, es madrugada!

No le digas la verdad, ya no le digas nada:

dile “¿quién te escribirá en un internado?”,

“¿quién te hará sentir algo más elevado?”.

 

Surcan tu cielo paracaidistas en franco retroceso.

Despliegan alas, sueñan con nunca volver

a despertar en tierras firmes.

 

Vas a dejar la locura en cualquier bar.

 

Nadie sabe a quién morder, carnaval caníbal…

 

Surcan tu cielo paracaidistas en franco retroceso.

Con o sin alas, sueñan con jamás volver

a acariciar sus tierras firmes.

 

Vas y dejás la locura en cualquier mar.

 

Mira en la ventana, se deprime al ver;

es que el miedo a levantar

ya está en sus pies.

 

52 héroes de fango

(Luciano Angeleri)

 

¿Cuántos peligros corren? ¿Cuántos tiros nos dan?

Suenan sirenas en tu cabeza, ¿quién las disparará?

Mientras los días pasan,

mientras las horas bajan,

a la deriva yacen tus vidas, siniestra oscuridad.

 

Dicen que no es amor lo que sobra;

son tan guachos de corazones,

son las pastis para bajar.

 

¿Cuántos rumores corren? ¿Cuántos palazos dan?

Y en tu croqueta no hay salideras, ¿cómo vas a escapar?

Mientras la luz estalla,

zorzales cantan a todo tu mal.

Jacarandáes que aún no trepaste

se amuran al diagonal.

 

Como ves no es amor lo que sobra;

son tan flacos de vibraciones,

son las tripas que hacen matar.

Barro más barro es barro,

en héroes de fango a la eternidad.

 

¿Cuántas conejas corren? ¿Cuántas cazuelas hay?

Y en tu cabeza suenan sirenas, ¿quién las disparará?

Mientras el río abraza,

los días pasan, seguís hasta acá;

a la deriva yacen tus vidas, siniestra ingenuidad.

 

Dicen que no es amor lo que sobra…

 

Barro más barro es barro

en héroes de fango a la eternidad.

 

Y en tu cabeza…

El estrellero

Sin ánimo de encasillarse los integrantes de la banda platense definen su estilo como rock canción con matices psicodelicos y un poco de power pop.  Rock especial, indie rock, rock barroco. 

Discografía
Drama (2016); Los magos (2017)

Integrantes
Juan Irio (bajo y voz), Lautaro Barceló (guitarra y voz), Gregorio Jáuregui (batería), Alejo Klimavicius (guitarra y voz), Juan Baro Latrubesse (teclados).

Música
http://elestrellero.bandcamp.com
 

Letras

Rima

(Juan Irio)

Y te hablarán de mí

los cuerpos a la madrugada,

pero ya no estaré;

mirá qué vacía la cama.

Me iré en el surco del camino

de los peregrinos,

ágil como un alma errante;

será la música mi traje

para aquel banquete

donde duermen los fantasmas.
 

Y cuando ya no esté,

seguro seguirás preciosa

como cuando te vi,

celeste pero temerosa;

recordarás el perfume

de las mañanas frías,

antes de empezar la farsa.

Y cuando estés pensando en eso, yo, que estaré lejos,

pensaré que todo pasa.
 

Como el beso y el faquir,

el amor te gusta y duele.

Hemos venido a morir… ¿no te diste cuenta?
 

En la rima volveré,

con la rima del hombre.
 

En la melaza duerme la rima

de la palabra que nadie oyó;

junto a tu nombre, como una espina,

clavó la boca que lo tocó.

Y en el invierno cuando me quieras

de nuevo echado junto al fuego,

mordé mi lengua como recuerdo

que yo te beso para eso.
 

En la rima volveré,

con la rima del hombre.

 

Guardavidas

(Lautaro Barceló)
 

Guardavidas, por las almas redimidas

guardo silencio en tu nombre.

Las heridas,

las heridas van vacías

pero me pesan el doble.
 

Veo que cae el sol…

No lo pensé antes,

el día termina cuando yo determine.
 

Las mentiras, ya perdidas en tus ruinas,

las desligo del hombre;

las partidas

han prendido ya su golpe,

y ahora brindo en tu nombre.
 

Veo que cae el sol...

No lo pensé antes,

ahora lo preciso más; mis vueltas cambiantes.
 

Casi retornar… siestas en la playa,

una seña al mar

y que todo termine.
 

Este mundo al lado de otros

¿será el mejor o acaso el único?

Conocemos bien la trayectoria

de nacer hasta morir.
 

La desventaja de nacer para morir.
 

Gaviotas

(Alejo Klimavicius)
 

Las gaviotas corren lento

porque siempre

lleva el viento su canción.

Si me esfuerzo

veo el tiempo que ha pasado,

esos momentos extraño.

Caigo de la cama al cielo

y no sé por dónde empezar;

sueño, creo, estando despierto

y no sé cómo terminar.

Pero acá, sin alas, yo te espero,

como un pez mirando el anzuelo.
 

Las gaviotas son inquietas

como el tiempo, viento,

sol y mar por llegar.

Las gaviotas son eternas

como aquél momento

en que brillás (cuando estás).

El Mató a un policia motorizado

Él Mató a un Policía Motorizado es una banda de indie rock (influenciados por la corriente alemana del Krautrock) de la ciudad de La Plata. Este año presentó su ultimo trabajo "La Síntesis O'Konor".

Integrantes: Santiago Barrionuevo (voz y bajo); Gustavo Monsalvo (guitarra);  Manuel Sánchez Viamonte (guitarra); Guillermo Ruiz Díaz (batería); Agustín Spassoff (teclados).

Discografía
El Mató a un Policía Motorizado (2004); Navidad de reserva (2005); Un millón de euros (2006); Día de los muertos (2008); La Dinastía Scorpio (2012); Violencia (2015); La síntesis O’Konor (2017)

Música
https://elmatoaunpoliciamotorizado.bandcamp.com/

Letras

Más o menos bien

(Santiago Barrionuevo)

Amigo, no llores por las noches,

es hora de buscar lo esencial.

Nena, ayer fueron muy duros tus reproches;

no importa, más o menos todo sigue igual.

Má, no te preocupes tanto,

todo va a estar más o menos bien.

Pá, necesito un poco de plata

para que todo siga más o menos bien.
 

Más o menos bien.
 

Amigos, formemos una banda de rocanrol,

guitarras guardadas en el placard.

Ahora somos nuevos creadores de rocanrol,

tranquilos, todo va a estar más o menos bien.
 

Más o menos bien.

Desconocido, espero tus problemas se acaben,

y así volver a la senda del bien.

Desconocido, dobla tu energía en partes iguales

y todo va a estar más o menos bien.

Mirando la comida ya fría,

no creo que esté hecha con amor;

no importa, hoy celebraremos como familia

que más o menos sigue como quiero yo.
 

Más o menos bien.

El tesoro

(Santiago Barrionuevo)
 

Ah, paso todo el día pensando en vos…

Ah, ¿qué hay de malo en todo esto?

Ah, paso todo el día pensando en vos…

Ah, vos pensás que pierdo el tiempo.
 

Perdón si estoy de nuevo acá,

pensé que habías preguntado por mí.

Me gusta estar de nuevo acá,

aunque no hayas preguntado por mí.

Voy a quedarme un poco acá,

cuidarte siempre a vos en la derrota

hasta el final,

el final.
 

Ah, todo lo que hago es para vos…

Ah, el tesoro se está hundiendo.

Ah, todo lo que hago es para vos…

Ah, vos pensás que pierdo el tiempo.
 

Perdón si estoy de nuevo acá,

pensé que habías preguntado por mí.

Me gusta estar de nuevo acá,

aunque no hayas preguntado por mí.

Voy a quedarme un poco acá,

cuidarte siempre a vos en la derrota

hasta el final,

el final.
 

Es la depresión sin épica…
 

La depresión sin épica.

 

El último sereno

(Santiago Barrionuevo)
 

La luz de la luna

entra por las ventanas del galpón,

y refleja en las miles de cajas.

Ayer vi una película

sobre el fin y los últimos días;

sobre Dios, sobre el bien y el mal,

y me pregunto qué hago

tan solo acá.
 

Quiero caminar

atrás del rincón oscuro

y quiero sentir temor.

Quiero caminar

más allá del hoyo oscuro

y quiero sentir temor.
 

La luz del final

entra por las ventanas…
 

Ahora imagino cosas

(Santiago Barrionuevo)
 

Ahora imagino que

están bebiendo en el bosque.

Ahora imagino que

sos tan feliz, tan feliz.
 

Ahora imagino que

un amigo me está traicionando.

Ahora imagino que

extrañas sombras siguen mis pasos.
 

Quiero enfrentarme a todos,

no me importa

cuán salvaje es la pelea;

no, no me importa.
 

Quiero enfrentarme a todos,

no me importa

si me muero en las peleas,

no, no me importa.
 

Ahora imagino que

mi tajada es más pequeña;

ahora me acuerdo que

fui tan feliz, tan feliz.
 

Quiero enfrentarme a todos…
 

La noche eterna

(Santiago Barrionuevo)
 

Hoy voy a salir a buscar

todo lo que quiero,

voy a derrumbar

mi casa y a empezar de nuevo;

todos se escondieron ya

bajo la noche eterna,

sé que el cosmos cuida

a todos por igual.
 

Dame algo esta noche,

esta noche es especial.

Voy a recorrer tu casa

en la oscuridad.

Dame algo esta noche,

esta noche es especial.

Tan brillante como el oro

en la oscuridad.
 

Hoy voy a salir a robar

todo lo que quiero,

voy a derrumbar

mi casa y a empezar de nuevo;

todos se escondieron ya

bajo la noche eterna,

sé que el cosmos cuida

a todos por igual.
 

Dame algo esta noche,

esta noche es especial.

Voy a recorrer tu casa

en la oscuridad.

Dame algo esta noche,

esta noche es especial.

Tan brillante como el oro

en la oscuridad.
 

Esta vez voy a hacer

lo que yo quiero hacer;

esta vez voy a hacer…

El Perrodiablo

Hay bandas que hacen rock y otras que no hacen rock pero lo interpretan. El Perrodiablo lo hace, lo siente y lo toca como lo que es: Rock. se decribe la banda de la ciudad de La Plata.

Los integrantes de El Perrodiablo son Sebastián “Doma” Domínguez (voz); Chaume (guitarra); Chaume en guitarra; José (batería); Fran (bajo) y Lea (guitarra)

Discografía
La bomba sucia (2007); Orgía políticamente correcta (2009); El Espíritu (2012); Cacería (2014); La otra dimensión (2017)

Foto
Martín Santoro

Música
http://www.elperrodiablo.com.ar/

Letras

Voy lloviendo

(Sebastián Domínguez)
 

Vamos a vernos las grietas,

para asomarnos y ver que hay ahí;

la ruta está hecha mierda,

sigo regando pedazos de mí.

Algo desparramado,

respiro hondo, pienso profundo:

aunque sigamos el mismo rumbo

poco queda juntos.
 

Voy lloviendo y arrastro un ciclón

pero lo que me atormenta sos vos.
 

Fui a estrellarme a los ríos,

a negociar con los bandidos.

Gasté más vidas de las que quedaban;

ahora tomo vidas prestadas.
 

Voy lloviendo y arrastro un ciclón

pero lo que me atormenta sos vos.

 

Fito Páez

(Sebastián Domínguez)
 

Lo que ayer conocimos con un nombre

hoy ya no existe más.

A ciencia cierta se avecinan cambios,

y hay cambios que no son buenos vecinos;

lo curioso en este casino

es no poder confiar en vos.
 

No soy la banda de sonido

para festejar a tus amigos.
 

Fito Páez me lo advirtió sin amnistía,

que él no vino a divertir a tu familia

mientras el mundo se cae a pedazos.

Me pareció coherente

y le hice caso.
 

No soy la banda de sonido

para festejar a tus amigos.
 

Cargo las tintas en un auto chocador,

fogoneando mis obsesiones

sobre las letras de rock.

En el torbellino nos vemos bien a tono,

si es un modo estar solo contra todos.
 

No soy la banda de sonido

para festejar a tus amigos.
 

No distinguís la calma de la quietud.

No distinguís la latitud de la longitud.

No distinguís la pose de la actitud;

pues pose es actitud,

con las piernas rotas

y el alma floja.
 

Las Vegas

(Sebastián Domínguez)
 

Mí día terminó en la palma de un viernes,

quiero responder algo que no me concierne.

El enemigo podría ser cualquiera;

incluso yo mismo, si me diera pelea.
 

Si me diera pelea.
 

Pensaba aterrizar forzoso en Las Vegas

haciéndome parte de fichas ajenas,

jugándome el futuro en quimeras,

pero ella seduce envuelta en promesas.
 

Si me diera pelea.
 

No quiere decir nada que nunca hayas visto,

es el eco de las cosas y su espiritismo.

No quiere decir nada que nunca hayas visto,

es algo mano a mano conmigo mismo.
 

Si me diera pelea.

El resplandor de las luciérnagas

Banda de rock de la ciudad de La Plata con una marcada intención poética en sus letras. Integrada por Pía Salinas (batería); Francisco Ucín (voz y teclados); Matías Tanco (guitarra).

Discografía
Primer fuego (2009); Variaciones sobre intensa pampa (2012)

Foto
Maria Carlota Ucín y Leyla Testa

Música
https://soundcloud.com/resplandorluciernagas

Letras

Humareda
(Francisco Javier Ucín)
 

Sobre una masa lenta baten crestas filosas.

Lo que deviene cierto, otras veces se borra.

Todo puede cesar a cualquier hora.

Lo que puede fallar siempre funciona.
 

Sobre el temblor callado de tu canción rupestre,

sin sostenerse en nada, una voz permanece.

Todo se queda acá, nada se lleva.

Detrás de cada cual, sólo una estela.
 

¿Cuánto llevo en mí de los que no están?

¿Cuánto olvidaré por el camino?

Algo valdrá hacer para al fin dejar

rastros que perduren por segundos.
 

Sobre el manso ocurrir de un mundo en evasión,

sobre el filoso borde de las ruinas;

dime antes de partir cómo poder fundar

una lealtad así, sobre la nada.
 

Sobre un temblor callado suena una voz antigua;

sin sostenerse en nada, se disuelve en la rima.

Todo se queda acá, nada se lleva.

Detrás de cada cual, sólo humareda.

 

Varitec

(Francisco Javier Ucín)
 

Vidrios teñidos en rojos semáforos;

la calle es ruido, gente bulle en su furor.

Entro en el súper buscando algo de comer,

llevo paquetes con cosas que no se ven.
 

Y las ondas atraviesan

con mensajes de texto paredes de edificios y media ciudad,

invitándonos a esa fiesta

en un patio de casa con luces,

donde todos bailan.
 

La ropa colgada hace sombras en la pared,

se cuentan historias de la vida en sociedad.

“Vos no sabés cómo es porque no te pasó”

dice alguien solo hablando por teléfono.
 

Y nosotros como radares

dando vueltas en los aeropuertos,

esperamos también la señal;

vigilantes del espacio,

adivinos en la vía láctea

a merced del azar.
 

El corazón nos quema vivos

con leña seca del pasado…

Si fui feliz fue hace miles de años

perdido en los bosques de La Plata.

 

En otro lado
(Francisco Javier Ucín)
 

Voy a velar estas palabras,

de mi boca brotan zumbidos;

no quiero atascadas en la garganta

frases que intento decir y no puedo,

y descansar…
 

Voy a llevar flores marchitas

hasta el lugar que ocupa tu ausencia

y regresar, pateando piedritas,

esos escombros que deja la vida.
 

Y al balbucear no renunciar

a ésta mi voz cantándote lejos,

aunque el eco de su rumor

retumbe adentro.

Y recuperar una soledad

de estar junto a mí y no en otro lado,

y luego arrojar mis pesos al mar

sin cuerdas al cuello.
 

Tras el paso del misterio quedan marcas transparentes,

cicatrices indoloras de ésas que no se disuelven;

y el olvido ya no puede alcanzar lo que está adentro,

y me alejo lentamente apartando los recuerdos.
 

Y es así…
 

Y recuperar una soledad

de estar junto a mí y no en otro lado,

y luego arrojar mis pesos al mar

sin cuerdas al cuello.

Estelares

Te acercamos algunas de las letras de la banda platense que debutó en 1996 con el álbum "Extraño lugar" combinando lo pop y lo melódico con una marcada estética tanguera, que lo hace aparecer como una novedosa propuesta dentro de la escena rockera.

Estelares consiguió algo más que un puñado de temas agradables gracias a una combinación que incluyó, según el vocalista, "los fraseos tangueros, la parte melódica que meto como letrista, las influencias rockeras que traemos individualmente y, por sobre todo, la claridad de Los Beatles que nos une a todos".

Integrantes: Manuel Moretti (voz y guitarra); Víctor Bertamoni (guitarra); Pablo Silvera (bajo y coros); Guillermo Harrington (guitarra); Eduardo Minervino (teclados); Javier Miranda (batería).

Discografía: Extraño lugar (1996); Amantes suicidas (1998); Ardimos (2003); Sistema nervioso central (2006); Una temporada en el amor (2009); El costado izquierdo (2012); Las antenas (2016)

 

Las trémulas canciones

(Manuel Moretti)

 

Lo mejor que tiene

ya lo tuvo para mí

esa mujer;

días caminando, susurrándome al oído

la mejor canción.

Yo recuerdo aún

el perfume de su piel

sobre mi piel,

noches solitarias, ahogando mis tristezas…

 

¿Dónde estarás, mi amor?

¿Quién agiganta el sol?

Si todo cae sobre mí por hoy

¿dónde estarás, mi amor?

 

La mejor luna

que supe conocer,

y yo sin fe;

los trinos de las aves callaron por mí

otra vez.

Las trémulas canciones

me hablaron de ti,

y yo sin fe;

toda tu ternura ha florecido en mí…

 

¿Dónde estarás, mi amor?

¿Quién agiganta el sol?

Si todo cae sobre mí por hoy

¿dónde estarás, mi amor?

 

Imaginemos que

vamos corriendo

por las colinas

que surcan el sol…

 

Estrella

(Manuel Moretti)

 

Nunca creíste sentirte así

después de tantos años

de fiestas y de ruta;

nunca pensaste verte tan vacía,

tan seca, tan sola, después de tanta risa…

Vos que fuiste la reina del brillo y el mar:

la estrella del sur.

 

Burlándote ante todos

y a escondidas,

sin amor, sin piedad,

de amigos, de amigas,

hasta de mi alma de orgullo

hoy princesa del ocaso,

flor del glamour

y yo rey del hartazgo…

Ya no hay marquesinas, ni reyes

en tu placard.

La reina del disfraz.

 

Los trajes de gala están en la sala

dormidos, cerrados, guardados, congelados.

Los viajes a las islas

murieron para siempre;  

tan hermosa como siempre

pero el rouge ya no ríe y se burla…

 

La reina del disfraz.

La estrella del sur.

 

¿Qué se siente

andar cayendo

cada calle, cada día,

de la mano de las sombras

y de nuestra vieja herida,

la soledad?

 

Un viaje a Irlanda

(Manuel Moretti)

 

Todo lo que vi

es ver pasar un tren.

Todo lo que sé

es lo que siempre haré;

y si algo es verdad, mis amigos,

no los olvidaré.

 

Te debo un whisky con soda, Fer.

Te debo porros y alcoba, Julieta.

 

Miro a través de un ventanal en enero,

desde el sexto B

las ruinas del pueblo entero.

Explotan y algo más

los fuegos artificiales;

la copa es de cristal,

las chicas son insaciables.

 

Te debo un viaje a Irlanda, Andrés.

Y mil noches de parranda, Silvia.

 

Lo que es peor hacer

mil veces ya lo hicimos;

lo que es mejor hacer

lo saben dos o tres, no más.

Los edificios brillan

entre un montón de gente:

veinte años no es nada

si hubiesen sido decentes.

 

Vicky me llamó de España ayer,

me dijo que está cansada

de extrañarte.

Y no hablamos las cosas

que siempre quisimos

los días domingo…

y después de colgar

me quedé observando

las aguas del río.

 

No hay más

(Pablo Silvera)

 

Olvidemos todo, no hay más que decir;

palabras de oro

que se empiezan a ir...

Son cosas que a tu modo

se hunden en el lodo

sin pausa, sin freno, sin fin.

 

Tiendas de postales, fotos, souvenires,

paseos matinales

sobre hojas de abril...

Son cosas que a tu modo

se hunden en el lodo

sin pausa, sin freno, sin fin.

 

Hoy nada aquí está bien,

sólo lo que te di

duerme detrás de ti;

promesas de cristal y un viento juvenil,

huele a canción carmesí.

 

Noches de autocine después de tomar;

no recuerdo el día, aunque sí el lugar.

 

Hoy nada aquí está bien…

 

Olvidemos todo, no hay más que decir;

No hay más que, amor, decir.

Mister América

Formados en el seno de la Facultad de Bellas Artes de La Plata en 1989, ellos mismos se definen como «la intención constante de unir el lenguaje propio de la Plástica con la Música, las letras y lo teatral y así crear una obra plagada de significados».

Discografía: Con el agua al cuello(1996); Despojado (1998); Insano (2002); Rebelde (2004); Superación (2006); Doméstico (2015)

 

Mi predicción

(Gustavo Astarita)
 

La lluvia que llega

entre las estaciones,

que arrastra tormentas,

que renueva inundaciones.
 

Mientras espero lo que suceda,

lo que debe pasar.
 

Los días que se atraviesan 

como el concierto de un autor sin nombre

que al fin se comprende

para nunca más volverse a tocar…
 

Mientras espero lo que suceda,

lo que debe pasar.
 

Y ojalá que el tiempo

llegue a tiempo,

y el tiempo florezca…
 

Y al tiempo florezca.

Adrián Juárez

Discografía: Tu nombre es fresa (2011); Marimba (2012); Araucarias (2014); Los valientes (2016)

Corazonauta

Vuela mi corazonauta

atravesando la noche;

cuando la luna sale a los techos

mi corazón desata su vuelo.

 

Vaga tocando una flauta

para que aúllen los perros

que pasan la noche

encadenados

en los fríos patios

de Lisandro Olmos.

 

Y cuando lo veas pasar

te regalará una flor

como un sapo de jardín,

pero alejate,

no te vuelvas a acercar

a mi triste corazón.

 

Se fue de mi pecho hace rato,

el cuerpo es demasiado quieto

y entre la gente

los corazones

se desconciertan,

prefieren el viento.

 

Los valientes

¿Te acordás?

yo no usaba ésta corbata

y tus ojos tenían un paisaje dentro,

desintegrando edificios

con nuestros anillos de poder;

y aunque en nuestras casas todo iba mal

éramos tan valientes

cruzando tiernamente

la ciudad.

 

Perdidos en nuestro romance

encendimos

cigarros y besos franceses,

hicimos cumbre en la temeridad

haciendo culto al corazón,

guerrilla urbana clandestina

de chicos revoltosos

zarpados en hermosos.

 

Hemos crecido

en latidos diferidos,

dejar la lucha ¿de qué nos ha servido?

si cuidándonos mutuamente

éramos tan valientes.

 

Cambiarán las modas,

las canciones, nena

y llevaré tatuada

tu sonrisa buena

brillando en calles desoladas,

brillándole a la destrucción;

y ahora que nos volvemos a encontrar

tus ojos tienen hambre

de incendiar ciudades.

Hemos crecido…

 

Jacinto de las tinieblas

Los recuerdos,

y sus preciosas colecciones de lágrimas

vendrán por mí.

Y yo, que voy

caminando pergaminos,

acamparé entre los pinos.

 

Sabías bien que yo tenía un río

y tu voz era otro río

que corría junto al mío;

y sin embargo te marchaste

con mi beso en tu vestido.

 

Iré por mí,

como un guerrero del monte

de feroz leonino corazón.

Los árboles se abrirán

frente al diamante

que brillará en mi pecho.

 

Yo fui regando los pies de mi llanto

y con los años he crecido,

aún temiéndole a tanto,

cultivando el sembradío

de mi risa y de mi canto.

 

Dejo escapar cada mañana

tus ojos, tu espalda, tu color,

entre frazadas;

hoy soy un hombre sin palabras,

la pena, la fuerza y la ilusión

entrelazadas.

 

(Hoy soy un niño agazapado)

Francisco Bochatón

Te invitamos a recorrer las letras del músico y cantante platense a través del libro Rock versión tinta.Volumen II.

Discografía: Cazuela (1999); Píntame los labios (2000); Mundo de acción (2002); Hasta decir palabra (2002); La tranquilidad después de la paliza (2005); Tic tac (2007); La vuelta entera (2012)

Foto: Martín Bonetto

Balvanera

(Francisco Bochatón)

Esta es la luz de náufragos,

se inundó con nuestro sol.

Háblame de los demás,

por las noches brilla el sol

y arde por todos los lados,

como antes.
 

Y esta vez yo voy a ir

porque el cielo así está

alcanzando el cuerpo

que quiero conocer.
 

Dime hasta cuándo seguirás marchando,

para acompañarte

mientras tanto.
 

Tu figura crea nuevas primaveras,

a la luz del centro

por la vereda;

sobre el techo suenan

sus candelas.
 

Quiero tanto espacio,

quiero tanto espacio hasta ver

el cielo en tu jardín

detrás de nuestros ojos.
 

Hasta cuándo…
 

Tu figura crea nuevas primaveras,

a la luz del centro

de Balvanera.
 

Y esta vez yo voy a ir

porque el cielo así está

alcanzando el cuerpo

que quiero conocer.
 

Dime hasta cuando seguirás marchando

para acompañarte

mientras tanto.
 

Tu figura crea nuevas primaveras…
 

Quiero tanto espacio,

quiero tanto espacio hasta ver

el viento en tu jardín

adentro en nuestros ojos.
 

Hasta cuándo…

 

Gravita el alba

(Francisco Bochatón)

En la mañana

tus ojos te miran,

quieren reconocer el alma

con cara de querer saber un poco más;

gravita el alba

que muestra una ciudad

con casas de verdad,

donde descansas para tu bien.
 

Y esperará, dará una vuelta más sin mí;

me llevará dormido en su rincón de luz

y llorará sobre el dibujo que hizo fiel…

que ama.
 

Puedes venir

(Francisco Bochatón)

Puedes venir, que el día me sacó de casa;

contando al pie

tus pasos viajan por la calle.

Déjalos venir, que el día me sacó de casa;

el aire, el frío nos pueden parecer amigos hoy.
 

Puedes venir, que el día te sacó de casa;

contando al pie

tus pasos viajan por la calle.

Déjalos venir, que el día me sacó de casa;

el aire, el frío nos pueden parecer amigos hoy...
 

Ser amigos hoy.

 

Invisible

(Francisco Bochatón)

Tú tienes unos ojos

que prefiero mirar

detrás de la curva del mar;

en ellos hay un pasaje, un secreto,

una distancia pequeña

de virtud, de soledad.
 

Anúnciate, y entra a tu espejo,

que nos muestras;

anúnciate y entra

en tu espejo gris de inocencia.
 

Esta vez naufragarás en eclipse

que vieron los dioses al morir.
 

¡Cámaras te anuncian! ¡La princesa pequeña!

Y veo en tus ojos los de aquella reina.
 

Tus ojos de novia iluminan la vida

y transcurren sin fin todas las melodías;

porque tú has vivido

donde hemos nacido,

punto de anclaje

de todas las madres.
 

Tú has merecido

dormir sin peligros,

donde nadie se esconde,

donde todos responden.
 

Vive tu amor invisible, tu quietud…
 

Nazareno
(Francisco Bochatón)

Esta noche, de noche el luto

mi sexo tengo yo;

no sólo la cabeza,

tengo un martillo,

un oh-oh.

La inconfundible certeza,

pensaba y pensaba…
 

De sangre y esperma

de un viejo gorila,

tumbas parecen

del nazareno muerto.

 

Habrá que mirar más lejos.
 

Este ciclo de amor, de ruido.

Mi sangre que en cables arde.

La espesa luz de la vela,

la calavera, el tambor.

Espesa en tuyos cabellos

tu lengua mordía…
 

De sangre y esperma

de un viejo gorila

tumbas parecen

del nazareno muerto.
 

¡Habrá que mirar más lejos!

 

Camión

La banda de Villa Elisa (La Plata) está conformada por Laureana ‘Buki’ Cardelino en guitarra y voz, Facundo Bonfigli en guitarra, Gato Belazaras en bajo, Juan Pedro Luzuriaga en teclados y Mauro Aramburu en batería.

Discografía: Ciudades invisibles (2011); Los mares (2015)

Foto: Chivas Arguello

Música: https://camioncamion.bandcamp.com/album/ciudades-invisibles

Ciudades invisibles

(Laureana Cardelino)

Miro bien, la dejo ir;

puedo habitarla

y perderme en mí…

Nada me vuela más.

La ciudad que acecharé

se parece tanto

a lo que decís:

ríe y no tiene mar…
 

Ciudades invisibles.
 

Sin la bruma sobre su piel,

lo que deja el río

cuando se va,

sabemos sintonizar.

Mil burbujas ayer soñé,

desde el aire

todo tiene raíz…

Nada puede volar.
 

Ciudades invisibles.
 

Y ella qué quiere gritar,

si cuando se apaga

ya me olvidó;

invisible soy.
 

Soy invisible...

Invisible.

 

Todos mis días

(Laureana Cardelino)

Alguna vez giraste tanto

que caíste al suelo,

abriste bien los brazos

acariciando el pasto,

corriste a las palomas en la plaza,

jugaste en una casa abandonada,

sentiste frío,

tuviste miedo;

trataste de volar mientras dormías,

brillaste con tu piel

sobre la arena,

fuiste valiente,

reíste hasta llorar,

te dejaron solo

y te portaste mal.
 

Toda mi vida se repite,

las noches son días especiales

y todos mis días son iguales,

igual de vacíos.
 

Yo pude disfrazarme y desaparecer

y  pude espiar, no sé mentir,

y no me acuerdo

cuántos discos te rompí…

Me robé tu caramelo,

no supe qué decir

y sentí frío

y tengo miedo.
 

Toda mi vida se repite,

las noches son días especiales

y todos mis días son iguales,

igual de vacíos.
 

No hay distancia

entre el recuerdo y este mar,

y si me pierdo

no voy a poder levantar.

 

Letra

(Laureana Cardelino)

Tu letra se dibuja

en el barro extremo,

imprime su forma.
 

Las palabras que forman tus letras.

La alegría que sale de vos.
 

La forma que tiene tu letra,

tesoro que guarda mil perlas;

es tu sombra en tu letra

caligrafía del mar.
 

Las palabras que forman tus letras.

La alegría que sale de vos.

Caracol a Contramano

Banda de La Plata que fusiona estilos de música como el rock, pop, candombe, reggae, ska y cumbia. Conformada por Marcelo Fontana (voz y guitarra); Lucas Serena (teclados, guitarras, trombón, coros); Luciano Menez (bajo); Gonzalo Rogati (guitarra); Santiago Rogati (batería); Pablo Bohl (saxo).

Discografía: Todas esas fiestas (2010); Cinco (2013); Nunca aullar con lobos (2015)

Foto: Chivas Arguello

Música: https://goo.gl/CWKzsf

Costas frías

(Lucas José Serena)

No importa quien seas mientras dormís,

ni tampoco si sentís la belleza de lo que tenés.

Porque hoy es ayer, noche de desgano,

ver, caer insano antes de creer.
 

Veo, veo... ¿Qué ves?

Cosas maravillosas.

¿Y que no ves?

Que hoy me siento viento

 y azoto las costas frías,

esta noche me siento solo

y la radio ya no tiene más pilas.
 

Me desarma y desangra oírte llorar;

silencios al amar y gritos al amanecer.

Risas que desaparecen cuando oscurece.

Rezar, besar en vano si llorar es caro.
 

Veo, veo... ¿Qué ves?

Cosas maravillosas.

¿Y que no ves?

Que hoy me siento viento

 y azoto las costas frías,

esta noche me siento solo

y la radio ya no tiene más pilas.

 

Sin pensar

(Lucas José Serena)

Es el primero en decirlo cuando se cae de la cruz.

Siente el llamado de un mirlo

cuando en su cuarto no hay luz.

Está buscando que lo echen sin pensar,

que había gente dentro para ir a salvar.

Y ahí nomás…
 

Cuenta con que no se olviden de él

cuándo se está por dormir.

Siempre te invita a soñar con ver

algo distinto al partir.

Se acercó a hablar pensando en algo que vender;

le dije “es fácil escapar sin entender”,

y corrió...
 

Todas las cosas que hiciste sin pensar

van a volver a revolcarse una vez más con vos.

Nos caza el sudor cuando empieza a anochecer

y empieza a ceder la pared que nos miró crecer.

Vuelve a tirarse en el techo

y mira la vida pasar.

Fotos que muestran lo dicho

por alguien que amaba olvidar.

Se acercó a hablar pensando en algo que vender;

le dije “es fácil escapar sin entender”,

y corrió…
 

Todas las cosas que hiciste sin pensar…

 

Cambió la suerte

(Lucas José Serena)

Si cuando llegué ya estaba así,

peligro un cocktail frenesí.

Ser un tipo raro al charlar,

todos se enferman al ganarse el pan.
 

Si la puerta es piel a piel

nuestro orgullo está de pie…
 

Si cambió la suerte

y el día ya está más oscuro

ando como una noticia de muerte

en el tumulto.
 

Yo solo encendido voy mejor

que un corazón al paredón.

Con el pulso rápido me estoy

trepando alto del mejor balcón.
 

Si la puerta es piel a piel

nuestro orgullo está de pie;

si la rueda es piedra y miel

me las pico y voy a ver…
 

Si cambió la suerte

y el día ya está más oscuro

ando como una noticia de muerte

en el tumulto.
 

Pensá en el que quieras

cuando estamos cogiendo…

Total yo también te estoy mintiendo.

Presentaciones y Espectáculos

Okupas del Andén se presentan en la Estación Provincial

El sábado 7 de julio, a las 16 horas, el grupo de teatro comunitario Okupas del Andén participará de la visita guiada teatralizada que se llevará a cabo en 17 y 71. La actividad, que es con entrada libre y gratuita, tiene como fin conocer la historia del lugar que dejó de funcionar como estación en julio de 1977.

“Resistencias” en el MUMART

La muestra esta integrada por obras de Ana Perrotta, Viviana Mendez y Gustavo Alfredo Larsen. La sala de 7 y 49, permanece abierta al público de martes a viernes de 10 a 20hs. y sábados y domingos de 14 a 21hs.

Ciclo de cine Nacional Espacio INCAA

De martes a domingo. A las 17.30hs se proyectará Cetáceos. A las 19.30hs La sangre del gallo.
Entrada $50. Pasaje Dardo Rocha - 50 e/ 6 y 7 - 1ºP. Cine Municipal Select- CineAr. Sala La Plata

Cine Select Móvil en el Museo Almafuerte

Todos los sábados los amantes del cine van a poder disfrutar de las mejores películas latinoamericanas en el museo Almafuerte, ubicado en avenida 66 Nº 530 entre 5 y 6. Entrada libre y gratuita.