Historias para leer y descubrir


Canibalismo stalinista  - Nazino - Mayo de 1933 del libro 
El Plan Grandioso

En vísperas del Día del Trabajador de 1933, Vladimir Novozhilov, un soldador condecorado por la Unión Soviética, se disponía a ir al cine con su mujer. Mientras ella se vestía, él bajó a comprar cigarrillos y fue sorprendido por una redada policial.

La policía de Moscú, que tenía órdenes de limpiar la ciudad de elementos indeseables, le pidió los documentos. Novozhilov se palpó los bolsillos de la chaqueta y los pantalones; en vano intentó una justificación.

Dos días más tarde, Novozhilov viajaba en un tren rumbo a un campo de trabajo en Siberia junto a otros cuatro mil detenidos, en su mayoría carteristas, vagabundos, campesinos hambrientos y gitanos sin papeles, pero también presos peligrosos y trabajadores condecorados como él. Su destino final era Nazino, una pequeña isla en el corazón de la taiga siberiana que pasó a la historia como La Isla de los Caníbales por lo que iba a ocurrir allí.

Encubierto por las autoridades soviéticas durante más de cincuenta años, el episodio de Nazino fue producto de un plan que la policía secreta le propuso a Stalin a comienzos de la década del treinta para reubicar a miles de personas en territorios de Siberia y Kazajistán. La Unión Sovietica se encontraba embarcada por entonces en un ambicioso proceso de industrialización y empezaba a hacerse evidente que parte de su pueblo no encajaba en él.

La construcción de la infraestructura necesaria para convertirse en una potencia industrial le requería una cantidad inusitada de trabajadores y recursos económicos, gran parte de los cuales se extraían del sector rural. Como resultado de esa política, las poblaciones agrícolas habían quedado desguarnecidas y tras una serie de malas cosechas comenzaron a sufrir la escasez de alimentos. La hambruna produjo entonces uno de los mayores éxodos de la historia rusa. Entre 1930 y 1931, diez millones de campesinos del norte del Cáucaso y Ucrania emigraron hacia las grandes ciudades abastecidas por el régimen como Leningrado, Kiev, Odessa y Moscú.

Semejante éxodo interno puso en peligro al complejo sistema de abastecimiento estatal basado en cartillas de racionamiento. Fue entonces que Stalin comenzó a introducir una nueva teoría en sus discursos: el socialismo había logrado imponerse y eliminar a las clases explotadoras, pero los detractores de la revolución no habían desaparecido sino sólo cambiado de rostro. En lo sucesivo, aquellos campesinos desahuciados que llegaban a las grandes ciudades escapando del hambre serían considerados la encarnación misma de la amenaza contrarevolucionaria.

Para combatir aquella amenaza y limpiar las ciudades de “elementos socialmente extraños”, las autoridades impusieron, entre otras medidas, la posesión de un pasaporte interno. Sólo las personas con trabajo y domicilio registrado en las grandes ciudades tendrían derecho a él. Aquellos a los que les era denegado deberían regresar a sus lugares de origen dentro de los diez días siguientes o correr el riesgo de ser detenidos por la policía.

Si bien la gran mayoría de los solicitantes rechazados se resignaba a volver a sus pueblos, cientos de ellos, sabiendo que jamás conseguirían el pasaporte, optaban por esconderse en la ciudad. Así surgió una milicia especial que se dedicaba a perseguir a estos individuos desclasados que conspiraban por su mera existencia contra la revolución.

Quienes eran detenidos por carecer de pasaporte debían enfrentar una suerte de juicio sumario que tenía lugar sin su presencia y que finalizaba generalmente con su deportación dos días después. En pocos meses llegaron a ser decenas de miles las personas condenadas a correr esa suerte. Fue entonces que el jefe de la policía secreta, Genrikh Yagoda, y el director de la GULAG, Matvei Berman, le propusieron a Stalin una solución.

Su plan, al que ellos mismos habían bautizado como el “Plan Grandioso”, proponía aprovechar aquel capital humano remanente para volver productivas vastas regiones del territorio ruso que, aunque muy ricas en recursos naturales, permanecían hasta entonces deshabitadas por tener un clima demasido hostil. Gracias al sistema de campos de trabajo se esperaba que aquellos colonos a la fuerza desbrozaran la taiga, abrieran caminos y construyeran pueblos; o al menos murieran en su intento.

Aunque se dice que Stalin habría rechazado la propuesta en mayo de 1933, para entonces un contingente de seis mil personas detenidas en Moscú en vísperas del Día del Trabajador se encontraba ya camino a Siberia. Entre aquellos deportados iba el pobre soldador Vladimir Novozhilov, de quien no sabremos nada más.

El “Plan Grandioso” no era precisamente innovador. Tres años antes, dos millones de trabajadores agrícolas opositores al régimen habían sido enviados a trabajar a asentamientos especiales en Sibería y Kazajistán. Pero esta vez los recursos de los que se disponía para sostener la experiencia eran ínfimos. El traslado en tren hasta el campo de trabajo de Tomsk, a una semana de viaje desde Moscú, resultaba para los deportados apenas el preludio de una pesadilla aun mayor: hacinados en los vagones debían sobrevivir con una ración diaria de 300 gramos de pan que muchos de ellos no llegaban siquiera a comer.

Y es que para cubrir un número mínimo de detenciones, los funcionarios policiales no habían vacilado en detener a cualquiera que no acreditara pasaporte. Así, los contingentes de detenidos resultaban de lo más variados: en ellos convivían niñas de doce años con delincuentes peligrosos. De modo que frente a la escasez de alimentos, la ley del más fuerte se hizo valer.

Al arribar a Tomsk, en el corazón de Siberia, el estado de muchos de los detenidos ya era desesperante. Pero aunque demacrados y enfermos, las autoridades del campo sintieron temor al verlos bajar de los vagones del tren. Nunca hasta entonces habían tenido que lidiar con deportados urbanos y presentían su volatilidad.

Su instinto de carceleros no estaba en un error. La escasez de alimento en el campo de trabajo hizo que a la segunda noche estallara entre los deportados un furioso motín. Los guardias dispararon contra los que pretendían escapar y aunque lograron controlar el estallido al cabo de algunas horas, el clima de tensión no despareció. Era necesario descomprimir cuanto antes la situación trasladando a los elementos problemáticos a campos de destino definitivo.

Las autoridades de Tomsk enviaron entonces un telegrama a la comandatura de Alexandro Vakhovskaya para avisarle que habían resuelto adelantar el envío de prisioneros. No podían esperar hasta finales de junio a que terminara el deshielo de los ríos, tenían que preparse para recibirlos ya. Más de cuatro mil deportados con “problemas disciplinarios” fueron apiñados en barcazas para su traslado hacia el campo de trabajo del norte. El problema era que no había ningún campo de trabajo allí.

Como declaró Dimitri Tsepkov, el responsable de la comandatura ante una comisión creada para investigar lo ocurrido, los prisioneros “no debían llegar hasta finales de junio. El deshielo acababa de empezar y no teníamos nada preparado. No había dónde alojarlos, dónde hacer pan, dónde ponerlos a trabajar. En el comité todos estuvimos de acuerdo en un punto: no podíamos desembarcarlos cerca de un pueblo. Si lo hacíamos, esos bandidos lo habrían destruído a fuego y sangre. Habrían robado, saqueado y masacrado a toda su población”.

Tras reunirse a analizar opciones, el comité de Alexandro Vakhovskaya resolvió que el mejor lugar para instalar a los desplazados era la isla de Nazino, a unos setenta kilómetros aguas arriba en mitad del río Or. Se trataba de un islote de monte virgen de unos  600 metros de ancho por 3 kilómetros de extensión, donde no había más que álamos y pantanos.

El mediodía del 18 de mayo, cuatro barcazas repletas comenzaron a desembarcar prisioneros en Nazino. Eran tantos que a los guardias les llevó todo aquel día contarlos: había entre ellos 332 mujeres, 4.556 hombres y 27 cadáveres. Se trataba apenas de una parte de los que habían muerto durante el viaje; los cuerpos de otros tantos fueron simplemente tirados por la borda antes de llegar.

Para entonces los desplazados se hallaban ya en un estado calamitoso. Muchos de ellos ni siquiera podían mantenerse en pie. Además de encontrarse desnutridos, habían llegado a la Siberia profunda con su ropa de ciudad, demasiado liviana para protegerlos del frío. Tampoco tenían mantas, herramientas ni ningún otro objeto que les permitiera sobrevivir. “¡Suéltenlos y dejen que pasten!”, habría ordenado el comandante Tsepkov a los guardias al desembarcar en la isla, según señala una versión.

Al quinto día de su arribo, cuando los más débiles comenzaban a morir, fueron descargadas en la playa veinte toneladas de harina. Enloquecidos por el hambre, los prisioneros se abalanzaron sobre ella en una estampida humana, intentando juntarla con las manos. Como no había dónde hacer pan, simplemente la mezclaban con el agua del río y comían aquel engrudo con desesperación, lo que produjo un brote de disentería que mató a decenas de ellos.

Al comprender que en esas condiciones no sobrevivirían demasiado, algunos de los prisioneros se tiraban al río abrazados a troncos intentando huir. Pero los pocos que lograban esquivar los disparos de los guardias sin ahogarse descubrían en la otra orilla que no había a dónde ir. “Nos preguntaban: ´¿dónde está la vía del tren?´. Nunca habíamos visto una. Nos preguntaban: ´¿Para dónde queda Moscú? ¿Para dónde Leningrado?´. Preguntaban a las personas incorrectas: nunca habíamos oído hablar de esos lugares”, relató un campesino ostiaco años después.

Cuando días más tarde arribó a la isla un nuevo contingente de 1.500 prisioneros, los oficiales sanitarios ya habían advertido pruebas de canibalismo. Pero a esa altura, los sobrevivientes no sólo se alimentaban de cadáveres sino que habían comenzado a asesinarse entre ellos para comer. En la realidad demencial que vivían una expresión se había vuelto común: “ordeñar a la vaca”.

Las “vacas” eran los desprevenidos a quienes los prisioneros invitaban a sumarse a sus intentos de fuga para comérselos en el camino. Llegado el momento, sus propios compañeros se abalanzaban sobre ellos para asesinarlos y devorar su carne cruda. En plena huida no podían darse el lujo de encender fuego sin correr el riesgo de delatarles a los guardias su posición.

Pero no eran sólo los desprevenidos los que corrían esa suerte: también las mujeres, los débiles y cualquiera que no se pudiera defender. “Las personas se mataban unas o otras”, atestiguó una sobreviviente al relatar el caso de una joven cortejada por uno de los guardias: apenas este se fue, “la gente agarró a la muchacha, la ataron a un álamo y empezaron a cortarle los pechos, los muslos y todo lo que podían comerse mientras ella aún estaba viva”.

La isla se había vuelto una carnicería donde todos eran predadores y presas a la vez. Al llegar el verano los pantanos estaban regados de cadáveres y podían verse trozos de carne humana envueltos en trapos colgando de los árboles por todos lados. El horror y la voracidad convivían en la mirada de los prisioneros que habían logrado sobrevivir.

A pesar de que hubo una investigación posterior, nunca llegó a saberse cuántas personas fueron devoradas en la isla y cuántas alcanzaron a escapar. Un informe enviado a Stalin señala que al 20 de agosto sólo quedaban unos 2.200 deportados de los más de 6.700 que se envió a Tomsk. Por lo ocurrido en Nazino, las autoridades de la comandatura fueron condenadas ellas mismas a un campo de trabajo y se construyó un nuevo asentamiento para alojar a los sobrevivientes, pero a ninguno de ellos se le permitió jamás volver a su hogar.

 

 

 

Presentaciones y Espectáculos

Teatro Independiente en las salas del Pasaje Dardo Rocha. Entrada gratuita

Jueves 25-21:30hs.Sala B. Vangelina Rimember y sus primas / Sábado 27 - 21:30hs. – Sala B. El éxodo, ficción patria

Domingo 28 - 16hs. - Sala B. Bicicletto / Domingo 28 - 20:30hs.- Sala B. El psicoanalista de Fierro

 

Ciclo de cine Nacional Espacio INCAA

De martes a domingo. A las 17.30hs se proyectará Cetáceos. A las 19.30hs La sangre del gallo.
Entrada $50. Pasaje Dardo Rocha - 50 e/ 6 y 7 - 1ºP. Cine Municipal Select- CineAr. Sala La Plata

Cine Select Móvil en el Museo Almafuerte

Todos los sábados los amantes del cine van a poder disfrutar de las mejores películas latinoamericanas en el museo Almafuerte, ubicado en avenida 66 Nº 530 entre 5 y 6. Entrada libre y gratuita.