"Austral" por Paula Tomassoni


El vacío crece y nos comerá, tal vez infinitas veces
Mariano Dubín

Austral

En la ciudad corre un rumor: la dueña de la estancia estaba loca. Pensás que quieren instalar una leyenda para fomentar el turismo. Esa excursión es la más cara de todas las que ofrecen en la isla.

Hay una ruta por tierra que lleva al lugar, pero el modo tradicional de llegar es en barco. Cruzás el canal, parás en la pingüinera, y al final del recorrido arribás a ese lugar del sur del mundo, no antes de las dos de la tarde, con hambre y la cámara de fotos casi sin batería. Un viejo de pelo y barba rojizos está esperando en el muelle junto a sus hijas, mellizas de unos cuarenta años. No son gemelas, así que no se parecen. La de pelo más largo sostiene una carpeta abrazándola contra el pecho. Sonríe. Los tres, desde el muelle, sonríen. Son los únicos que quedan viviendo en la estancia: la madre murió hace algunos años, ninguna de  las hijas tiene herederos. El viejo tira una soga hacia el catamarán para amarrarlo. La playa está minada de mejillones enormes. Los turistas bajan a tierra firme. El viejo saluda en inglés. La hija anota en la carpeta la cantidad de visitantes.

Todos los guías que trabajan ahí tienen menos de veinticinco años y estudian Licenciatura en Turismo en alguna universidad del continente. Ninguno es de la isla, pero viven en la estancia la temporada completa. Acompañan a los visitantes en el recorrido, contando de memoria (en inglés y español) la historia de la familia que hace doscientos años vino de Europa a poblar estos campos australes: “Los primeros habitantes del lugar”. También sirven las mesas del Restaurant y la Casa de Té. Barren, y lavan la vajilla. Sonríen.

En la entrada del Restaurant hay una valija abierta. Es, en realidad, un baúl antiquísimo. Hay algunos libros y sombreros puestos como adorno. En la pared, un espejo, y al lado, un cuadro con un mapa de la isla. Es un mapa educativo. Tiene un título: Flora y Fauna del Sur de América. Hay dibujitos de animales y plantas con sus nombres, desperdigados por toda la superficie, terrestre y marina. Te sorprendés: los onas y yamanes figuran como parte de la fauna, dibujados con sus canoas y armas de caza.

A la vivienda de la familia la trajeron hace más de cien años, en barco, desde Inglaterra. Tiene dos pisos. Es de madera. Sobre un costado ostenta un balcón cerrado. Está rodeada por un jardín maravilloso, cultivado trabajosamente. Más arriba, al final de un camino quebrado que se pierde entre rocas, está el cementerio.

En el cementerio están enterradas las cuatro generaciones de irlandeses dueños de las tierras, y sus sirvientes.

En la estancia hay un museo de huesos marinos con esqueletos de animales en exposición. Pingüinos, orcas, lobos de mar. Es un lugar moderno y bien ambientado, pero todo ahí adentro huele a muerte, o a como te imaginás que puede oler la muerte. Es un olor fuerte, pringoso, que invita al mal gesto y a la arcada. Además de haber uno de cada uno en exposición, ejemplares de todas las especies del mar del Sur están desarmados, clasificados y guardados en ese almacén de huesos. Cada uno en su caja, con sus etiquetas. De algunas especies, hay más de mil.

Cerca, la Casa de los Huesos: una construcción pequeña en donde esperan que los cadáveres terminen de pudrirse para poder limpiar la osamenta. La guía del museo, bióloga marina, explica su trabajo: encuentran a los animales muertos en la playa, aceleran el proceso de descomposición, los limpian, clasifican sus huesos, los guardan. Caminás por los senderos de piedra que enmarcan las instalaciones. Alrededor de la Casa de los Huesos hay grandes tachos tapados, algunos sobre hogueras apagadas, otros a ras del piso. Tienen agua y cuerpos pudriéndose. Si destapás alguno, cualquiera, vas a ver eso: cuerpos pudriéndose. Tejidos, dice la bióloga becada por el Conicet. Cuerpos pudriéndose, y su hedor.

Toda la estancia es un lugar de muerte. Si sos un animal, vas a parar a una caja en el ropero. Si sos un familiar, al cementerio. Si sos un yamán, no queda claro adónde.

Si la pasaste bien, dicen los guías, podés comprar un souvenir. Hay remeras, mates, imanes. Tienen distintos motivos: faros, pingüinos, toninas overas. También hay alfajores y peluches.

La mujer se volvió loca, dicen, cuando se le murió el hijo. Seis años tenía, y nadie lo vio caer del muelle, pero apareció un tiempo después en la playa. Intacto, porque con las bajas temperaturas, en la isla los cuerpos no se pudren fácilmente. Hay que hervirlos y hervirlos en los tachos gigantes hasta llegar a los huesos.

Hervir los huesos es todo un programa. Lleva muchas horas y obliga a turnarse en la vigilia, tomando mate, té con limón, echando leña para que el fuego no afloje. A veces la mujer, que compartía esa ronda con los empleados del museo, hablaba de Thomas, su niño. Era más chico que las mellizas, muy rubio y con pecas en la cara tan blanca. En el relato no lo llamaba por su nombre, cuando hablaba de él, con la mirada perdida en el frío, decía “el hijo”.

La isla es la única superficie terrestre de esa latitud austral, y las corrientes marinas, con la fuerza del mundo, llevan a los animales muertos a sus playas. Cuando había pasado un día entero y el chico no aparecía, fueron a buscarlo a  los acantilados, a unos cuantos kilómetros de la estancia. Esperaron, hasta que el mar se los devolvió allí, pálido, congelado, intacto.

De tanto juntar huesos y de tanto no saber qué hacer con la plata que había heredado en Irlanda, la señora fundó ese museo, para investigar la fauna fueguina. Los museos, sabés, son los lugares donde nada cambia, son templos de lo inalterable. Escuchás atentamente a las guías, dos jovencitas que te cuentan con adoración cada fase de la construcción del proyecto y el lugar. En la pared principal, en la entrada, hay una foto de la señora con su familia. En la escena ya no está el hijo.

Subvencionó científicos, montó un laboratorio, mandó a construir la Casa de los Huesos. Nadie supo que estaba loca hasta sus últimos días. Ya vieja, se paseaba por el parque, alta, flaca, vestida con un pantalón de jean de tiro alto. Siempre usaba poleras oscuras y el cabello gris sujeto en la nuca con un gancho plástico. Paseaba como perdida, como buscando algo. Rondaba las construcciones, se enredaba entre los esqueletos de ballenas exhibidos para los turistas. Levantaba las tapas de los tachos hasta que el olor a muerte le avisaba a alguno de los guías que la señora otra vez estaba tocando lo que no correspondía. Entonces avisaban al viejo, o a alguna de las hijas, que se la llevaban con cuidado a dormir.

Una vez la descubrió Lucas, un cuidador, junto a uno de los tachos, con los brazos bien metidos en el agua podrida. Revolvía y hurgaba como si algo se le hubiese caído. Cuando le preguntó qué buscaba, ella, sin mirarlo, respondió que al hijo.

La enterraron en el cementerio de la estancia. El viejo sabe que, cuando se muera, también va a ir a parar ahí, que es el lugar adonde las cosas cambian despacio. Van a enterrarlo en la ladera de la colina: al lado de su esposa, debajo de sus padres, arriba de su hijo. Es injusto, cree el viejo, que la tumba del niño esté allí mientras la suya sigue vacía.

Paseando entre los lupinos de colores, le preguntás a la guía si puede visitarse el cementerio. Te mira extrañada, como ofendida. Te dice que no. Por respeto a la intimidad de la familia, solo los puntos que están marcados en el folleto son los que pueden recorrerse. Te gustaría ver esas tumbas, ver el lugar que espera al viejo, y más abajo, los lugares que ocuparán las mellizas. Te preguntás si eso será todo, si serán las últimas enterradas allí, si sobrará tierra sin muertos, ahora que la familia se acaba. La guía gira sobre sus talones y en voz alta convoca al resto del tour, para invitarlos a aprovechar la promoción de dos por uno que entra en vigencia, en unos minutos, en la Casa de Té. Hay tortas de chocolate y nuez. Infusiones varias. Una salamandra encendida te invita a sacarte el abrigo. Anochece tarde, en la isla. En la estancia, hasta el dulce de algarroba huele a muerto.

 

Sobre la autora

Paula Tomassoni. Nací y vivo en La Plata. Los primeros libros en los que hurgué fueron de la colección Robin Hood. En la escuela secundaria leí a los clásicos mientras, paralelamente, en el taller de Gabriel Báñez iba completando mi biblioteca con los otros: Vian, Sarduy, Briante. Un amigo entrañable me hizo conocer a Walsh, cuya lectura jamás abandono. Estudié Letras en la UNLP y gracias a ese título tengo un trabajo que me encanta: doy clases de Literatura. Durante muchos años escribí cuentos, pero cuando finalmente publiqué un libro, fue una novela: Leche Merengada, que salió por EME en el 2015. El mismo año la editorial Modesto Rimba publicó Pez y otros relatos, mi libro de cuentos. Algunos de mis relatos han salido en colecciones y antologías colectivas. También escribo reseñas de libros para la revista Bazar americano. Eso, y alguna otra cosa más, arman mi recorrido. “Leo y escribo”, lo resumen.

Presentaciones y Espectáculos

Okupas del Andén se presentan en la Estación Provincial

El sábado 7 de julio, a las 16 horas, el grupo de teatro comunitario Okupas del Andén participará de la visita guiada teatralizada que se llevará a cabo en 17 y 71. La actividad, que es con entrada libre y gratuita, tiene como fin conocer la historia del lugar que dejó de funcionar como estación en julio de 1977.

“Resistencias” en el MUMART

La muestra esta integrada por obras de Ana Perrotta, Viviana Mendez y Gustavo Alfredo Larsen. La sala de 7 y 49, permanece abierta al público de martes a viernes de 10 a 20hs. y sábados y domingos de 14 a 21hs.

Ciclo de cine Nacional Espacio INCAA

De martes a domingo. A las 17.30hs se proyectará Cetáceos. A las 19.30hs La sangre del gallo.
Entrada $50. Pasaje Dardo Rocha - 50 e/ 6 y 7 - 1ºP. Cine Municipal Select- CineAr. Sala La Plata

Cine Select Móvil en el Museo Almafuerte

Todos los sábados los amantes del cine van a poder disfrutar de las mejores películas latinoamericanas en el museo Almafuerte, ubicado en avenida 66 Nº 530 entre 5 y 6. Entrada libre y gratuita.